Colaboraciones

 

La libertad auténtica está ordenada a la verdad

 

07 octubre, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Para respetar la libertad de opinión es preciso tener la modestia —el realismo— de no creerse con el monopolio de la verdad, ni pensar que esta puede imponerse por la fuerza. Pero una cosa es reconocer que caben múltiples puntos de vista, que la verdad a menudo no es inmediata, y otra pensar que no la hay en absoluto y que el acuerdo es imposible. Si no se acepta que hay verdades universales, ¿con qué fundamento opinamos? Si cada uno no sostiene lo que considera que es objetivamente verdadero, ¿tenemos juicios o caprichos?

Insistimos en la dependencia de la libertad con respecto a la verdad. Y si apreciamos la libertad, hemos de saber defenderla con razones.

Reconocemos que la modernidad ha tenido el mérito de dar mucho valor a la libertad. Pero ahora se ha separado la libertad de la verdad, y la libertad no puede sostenerse sola sin degenerar en arbitrariedad. La arbitrariedad, a su vez, es la ruina de la libertad, pues entonces, como reconocieron Nietzsche y otros, toda la vida personal y social se convierte en una pura afirmación de poder. Para que la libertad quede asegurada, el poder —y la libertad misma— tiene que rendir cuentas a la verdad. La libertad auténtica está ordenada a la verdad.

Si la causa de la libertad se separa de la referencia a la verdad, los derechos humanos no son más que una imposición ideológica de Occidente.

Cuando se democratiza la verdad misma —cuando la verdad no es más que la voluntad de cada individuo o de una mayoría de individuos—, la democracia, privada de la referencia a la verdad, queda indefensa ante sus enemigos. Así, la libertad, cuando no está ordenada a la verdad, destruye la libertad.