Colaboraciones

 

Isaiah Berlin y ‘Dos conceptos de la libertad’

 

09 octubre, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La «idea europea de libertad», como diría Hegel, es una libertad entendida fundamentalmente como autonomía. Pero la autonomía, en las personas, puede entenderse en clave de independencia o en clave de autoposesión, en un sentido negativo «libertad de» o en un sentido positivo: «libertad para» coger las riendas de mi vida y conducirla hacia algo que valga la pena. La libertad interesa porque hay algo más allá de la libertad misma que la supera y marca su sentido: el bien, todo aquello que, por ser bueno, merece la pena que nos comprometamos. Así, entendemos que la libertad de una persona se mide por la calidad de sus vínculos: es más libre quien dispone de sí mismo de una manera más intensa. Quien no se siente tan dueño de sí mismo como para decidir darse del todo porque le da la gana, en el fondo no es muy libre: está encadenado a lo pasajero, a lo trivial, al instante presente. Libertad y compromiso no se oponen, sino que se potencian.

Se trata, pues, de distinguir dos aspectos de la libertad. La libertad de, que consiste en liberarse de las esclavitudes de la ignorancia, la debilidad, los vicios; y la libertad para, es decir la libertad como meta del actuar humano, que, al ser más plenamente hombre, más virtuoso, no solo más sabio, es más perfecto, más pleno, más logrado.

Dice Isaiah Berlin (1909-1997): «Quiero que mi vida y mis decisiones dependan de mí mismo y no de fuerzas exteriores. Quiero ser el instrumento de mis propios actos voluntarios y no de los de otros hombres. Quiero ser sujeto y no objeto. Quiero persuadirme por razones, por propósitos conscientes míos, y no por causas que me afecten desde afuera. Quiero ser alguien, no nadie; quiero actuar, decidir, no que decidan por mí; dirigirme a mí mismo y no ser accionado por una naturaleza externa o por otros hombres como si fuera una cosa, un animal o un esclavo incapaz de juzgar mi papel como humano, esto es, concebir y realizar fines y conductas propias (...) soy libre si puedo hacer lo que quiera, y quizá, elegir entre dos maneras de obrar que se me presentan cuál es la que voy a adoptar».

Berlin defiende: «La primera consecuencia que se deriva de la autonomía, consiste en que es la propia persona (y no nadie por ella) quien debe darle sentido a su existencia y, en armonía con él, un rumbo. Si a la persona se le reconoce esa autonomía, no puede limitársela sino en la medida en que entra en conflicto con la autonomía ajena. El considerar a la persona como autónoma tiene sus consecuencias inevitables e inexorables, y la primera y más importante de todas consiste en que los asuntos que solo a la persona atañen, solo por ella deben ser decididos. Decidir por ella es arrebatarle brutalmente su condición ética, reducirla a la condición de objeto, cosificarla, convertirla en medio para los fines que por fuera de ella se eligen».

No confundamos las cosas, dice Berlin: «La libertad es la libertad, no la igualdad, la justicia o la cultura, o la felicidad humana, o tener la conciencia tranquila. Si mi libertad, o la libertad de mi clase, o la de mi nación, depende de la miseria de otros seres humanos, el sistema que promueve este estado de cosas es injusto e inmoral».

 

En ‘Dos conceptos de la libertad’, uno de los ensayos políticos más importantes del siglo XX, Isaiah Berlin montó una amplia defensa de lo que él comprendía como la idea liberal de la libertad contra sus principales competidores modernos: el fascismo y el comunismo. Al mismo tiempo, suscitó alarma contra lo que consideraba como la tendencia de la teoría socialdemócrata a debilitar la libertad individual en nombre de otros bienes sociales.

La intención básica de Berlin era distinguir entre la «libertad negativa» y la «libertad positiva» y luego defender la primera como el único concepto de la libertad que podía ponerse en práctica en el «mundo real» de intereses inevitablemente contradictorios, diversos conceptos del bien, y proyectos humanos competitivos.

Para Berlin, la «libertad negativa» era la libertad de: libertad de interferencia en asuntos personales, que implica la limitación del poder del Estado dentro de un fuerte marco legal.

Esa libertad negativa se caracteriza —en nuestra opinión— por la indiferencia hacia los otros y pretender exclusivamente estar libre de obstáculos para hacer lo que yo quiero. Es una libertad sin metafísica, reductiva y naturalista. Su éxito se basa en su simplicidad conceptual y aparente conexión con la vivencia cotidiana. Los demás serían obstáculos más que ayudas a esa libertad, con la desgraciada máxima «tu libertad termina donde comienza la de los demás».

La paz —afirmamos— solo vendrá de un contrato social en el que se cede un poder quasi-absoluto al Estado para asegurar una libertad reducida, eso sí, totalmente suya. El individuo moderno quiere ante todo sobrevivir y ser autónomo. Es escasamente humana e insuficiente, con el evidente peligro del absolutismo político y, además, es inviable.

La libertad de («libertad negativa») —sostenemos— considera que una vez superados los obstáculos ya solo queda seguir los propios sentimientos, mis emociones inmediatas, para realizarme plenamente. Es patente que estas emociones suelen ser superficiales y cambiantes, con lo que poco se puede fundamentar y en realidad suelen ser autodestructivas. Es el caso del alcohólico, el drogadicto, el vanidoso patológico… No incluyen la racionalidad y suelen producir personajes débiles. Falta el coraje cívico ante las injusticias moviéndose en las apariencias de paz y concordia. No importa que una sentencia judicial sea justa o no, sino que se supere la alarma social.

Como sintetiza Ignatieff, el propósito esencial de la comunidad política liberal es crear las circunstancias públicas en las que se deja solos a los hombres para «que hagan lo que quieran, siempre que sus acciones no interfieran con la libertad de los demás».

La «libertad positiva» por otra parte, era libertad para: libertad para poner en práctica algún bien mayor en la historia. En el centro de los proyectos fascista y comunista, advertía Berlin, había una determinación de usar el poder político para liberar a los seres humanos, les gustara o no, con el objetivo de realizar algún fin histórico superior. Esa determinación, decía Berlin, inevitablemente conducía a la represión.

Estos son los «dos conceptos de libertad» («libertad negativa» y «libertad positiva») que defendió Berlin en su influyente ensayo de 1958.

Berlin rompió con la izquierda social-demócrata al insistir en que la libertad, la igualdad y la justicia estaban, están y estarán siempre en tensión mutua. Berlin nunca estuvo dispuesto (o quizás nunca pudo) precisar las tensiones o definir las fronteras entre la libertad y la justicia.

Berlin fue un campeón del pluralismo en una época en que demasiados teóricos políticos habían echado su suerte con monismos de un tipo o de otro, monismos también conocidos como totalitarismos del tipo más letal. Berlin sugería que un robusto pluralismo era tanto una expresión de la libertad correctamente vivida como la garantía más segura de la libertad política.

Isaiah Berlin merece considerable crédito por identificar la perversión de la libertad que se encontraba en la raíz del proyecto totalitario, y por defender un concepto de libertad como no interferencia que, al establecer límites legales al poder coercitivo del Estado, tiene profundas resonancias en la tradición política americana.

Sin embargo, años después de la conferencia llamada ‘Dos conceptos de la libertad’, que Berlin pronunció el 31 de octubre de 1958 en Oxford, Podhoretz se ha preguntado si el análisis de Berlin, sobre el problema de la libertad, es verdaderamente adecuado.

Norman Podhoretz, en «Una disensión sobre Berlin» (Commentary, febrero 1999), ha planteado que, pese a sus importantes contribuciones, el ensayo de Berlin es, en el fondo, intelectualmente insatisfactorio: no propone una defensa de principios del pluralismo sino solo una defensa pragmática. Y no confronta satisfactoriamente un problema que nota pero que nunca aborda seriamente: el problema del relativismo moral. Porque, aunque Berlin reconoció correctamente, en las palabras de Podhoretz, «la flojera que puede desarrollarse a partir del rechazo de cualquier absoluto y la correspondiente incapacidad para desarrollar convicciones firmes», su escepticismo liberal sobre la posibilidad de tener «convicciones firmes» filosóficamente defendibles no podía proporcionar ningún antídoto a esa «flojera».