Colaboraciones

 

Sobre el diablo (y III)

 

11 octubre, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Hace mucho quedó atrás el tiempo en que todo lo relacionado con el diablo recibía el rechazo unánime de la gente. En el mundo occidental y muy especialmente en los países católicos, era obvio que nadie en su sano juicio podía sentir atracción alguna por el demonio, dado que ese ser, según las Escrituras, no abriga hacia el hombre otro sentimiento que el odio.

Pero pasó el tiempo y fue difundiéndose, junto con el ateísmo y el rechazo a toda religiosidad, una especie de contracorriente opuesta al cristianismo que, poco a poco, ha sacado del secreto los cultos satanistas y los ha puesto en el mismo nivel de las doctrinas tradicionales, como si de una opción religiosa más se tratara. De este modo, el satanismo ha invadido rápidamente sectores tan relevantes como los de la música, las artes visuales y los medios masivos de comunicación.

La fascinación que ciertos grupos musicales, películas y programas televisivos de corte satanista tienen en algunos sectores de la juventud es un problema serio.

Algunos consejos útiles que da la Iglesia al influjo del maligno:

- «No buscar las cosas sensacionales y evitar tanto la ingenua credulidad que ve intervenciones diabólicas en cualquier anomalía y dificultad, como el racionalismo prefijado que excluye a priori cualquier forma de intervención del maligno en el mundo;

- estar atentos en relación a libros, programas televisivos, informaciones de los medios de comunicación, que con fines de lucro se aprovechan del interés generalizado por fenómenos insólitos o malsanos;

- no recurrir nunca a quienes practican la magia o se profesan detentores de poderes ocultos o de médium que presumen de haber recibido poderes particulares. En la duda sobre la presencia de un influjo diabólico es necesario dirigirse antes que nada al discernimiento de los sacerdotes exorcistas y a las ayudas de la gracia ofrecidos por la Iglesia sobre todo en los sacramentos;

- conocer el significado auténtico del lenguaje usado por la Sagrada Escritura y por la Tradición de la Iglesia y madurar una actitud correcta en relación a la presencia y a la acción de Satanás en el mundo;

- recordar que la superstición, la magia y, con mayor razón, el satanismo, son contrarios a la dignidad y racionalidad del ser humano y a la fe en Dios Padre omnipotente y en Jesucristo nuestro Salvador».

Hablar del demonio no es cosa del pasado.

Suena a novela medieval, con brujos, calderos, pócimas y cuevas oscuras. Sin embargo, vemos en el mundo claramente la acción del demonio que se refleja en cosas terriblemente malas, espirituales algunas y muchas otras físicas.

Tal vez uno de los mayores triunfos del demonio es hacer creer a muchos hombres que no existe: de esta manera le dejan el camino libre para su acción al no estar atentos para detenerlo.

El Catecismo de la Iglesia Católica, hablando del pecado original nos recuerda que detrás de la elección desobediente de nuestros primeros padres se halla la serpiente, una voz seductora, opuesta a Dios que, por envidia, los hace caer en la muerte.

La Escritura y la Tradición de la Iglesia ven simbolizado en la serpiente a un ángel caído, llamado Satán o diablo. La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios con una naturaleza buena, pero que se hizo malo por la elección libre de rechazar radical e irrevocablemente a Dios y su Reino.

Su pecado no se puede perdonar, ya que, al ser un ser espiritual, sus decisiones son irrevocables. «No hay arrepentimiento para ellos después de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de la muerte» (san Juan Damasceno).

Encontramos un reflejo de esta rebelión en las palabras del tentador a nuestros primeros padres: «Seréis como dioses». El diablo es «pecador desde el principio», «padre de la mentira».

La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama «homicida desde el principio» y que incluso intentó apartarlo de la misión recibida del Padre. «El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo».

El demonio ronda por todo el mundo como un animal herido, tratando de usar todo su poder angelical que recibió de Dios cuando todavía no se había alejado de Él para sembrar la mentira. Es hábil e inteligente, pues conoce bien a los hombres. Sabe atraerles hacia el mal, pues es la única satisfacción que encuentra en la eterna derrota de su lucha contra Dios. Ese es el demonio. Satanás. El padre de la mentira. El tentador.

Aunque Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su Reino en Jesucristo, y aunque su acción cause graves daños —de naturaleza espiritual e indirectamente incluso de naturaleza física—, en cada hombre y en la sociedad, esta acción es permitida por la divina providencia que con fuerza y dulzura dirige la historia del hombre y del mundo.

A veces, la gente dice: «Fulanito no cree ni en Dios ni en el diablo». Colocan, así, a los dos en el mismo cesto, lo cual es un grave error, porque, aunque se admita sin dudarlo la existencia del diablo, no se puede creer en él de la misma manera que se cree en Dios. A Este nos entregamos por completo, al diablo, no. Además, si creemos en Dios es porque admitimos mucho más que su simple existencia, cosa que también el diablo es capaz de hacer. Si creemos en Dios es para entregarnos a Él de todo corazón, no temblando de miedo, sino saltando de alegría. No hay que jugar, pues, con el verbo «creer» sin saber bien lo que se dice.

Hoy en día, muchas personas no saben ya a qué Dios entregarse, si: al benéfico o al maléfico. Es curioso, porque en nuestra Iglesia ya casi no se menciona al diablo para nada, si no es para definirle como un mito de los tiempos pasados o un fantasma para «retrasados mentales», incapaces de distinguir lo religioso de lo psicológico. Incluso algunos teólogos han llegado a dudar de la capacidad de Jesús para clarificar este problema.

Sin embargo, estamos oyendo hablar de Satanás continuamente, en las revistas y periódicos llenos de vampiros, brujos, magos y otras especies. Pero, en estas publicaciones, el diablo deja de ser un ángel caído al que Jesús desenmascara y domina, y María aplasta con su calcañal, para convertirse en una cuasi-divinidad, en un competidor de Dios. Por eso, bastantes personas rinden culto a Satanás como el poder que compite con el del Creador.

Algunas de sus preguntas versan sobre Satán:

¿Se cree realmente en el diablo? ¿el demonio es más fuerte que Dios? ¿cuál es su poder exacto? ¿cómo pudo Satanás atacar al propio Jesús? ¿qué es el anticristo?

El tema nos preocupa. Puede que incluso conozcamos a algún amigo/compañero… con teorías y prácticas raras. El satanismo es, al mismo tiempo, un error sobre Satanás, cuyo poder se magnifica, y un error sobre Dios, al que se asimila a un poder anónimo, capaz de hacer el bien y el mal. En el fondo, ciertas personas confunden la religión con la conquista (iba a decir captura) y la explotación de un poder. Están dispuestas a pagar cualquier precio por ello, aunque sea un precio exorbitante y alienante como el don de su alma al diablo. Y este pacto las destruye.

No hay que confundir al Padre de Jesús con un dinamismo impersonal, ni la gracia con una posesión diabólica. Es Cristo que vive en nosotros, no destruye nuestra personalidad. El Otro que nos dirige a donde no queremos ir no nos viola ni nos violenta. Lejos de deteriorar nuestro ser, la vida divina lo restaura. Lejos de coartar nuestra libertad, la gracia la reclama y la activa. No somos el juguete de un mago ni el autómata de un sabio maldito. Jesús no tiene esbirros; sus servidores son sus amigos.

Una de las preguntas que quizás planteamos de distintas formas sea: «¿Cómo podemos saber si Dios nos quiere?». Para hablar de un Dios que nos ama es necesario que ese Dios sea personal. ¡Somos incapaces de imaginarnos la ternura que podríamos sentir hacia nosotros de un espíritu cósmico!

Solo el Dios amor puede abrirnos su intimidad para que la compartamos con él. El don y la gracia constituyen lo más específico del judeo-cristianismo.

Algunas citas de la Sagrada Escritura sobre el demonio:


1. Existencia

«He visto a Satanás caer del cielo a manera del relámpago».

«Vosotros sois hijos del diablo [...]. Él fue homicida desde el principio, no permaneció en la verdad».

«Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que, amarrados con cadenas infernales, los precipitó al abismo donde son atormentados».

«A los ángeles que no conservaron su dignidad, sino que abandonaron su morada, los echó (Dios) en el abismo tenebroso con cadenas eternas».

«Apartáos de mí, malditos, al fuego eterno, que fue destinado para el diablo y sus ángeles».


2. Oposición entre Jesús y el diablo

«Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo [...]. El diablo le dijo: “Todas estas cosas te daré si postrándote ante mí me adorares”. Respondióle Jesús: “Apártate de mí, Satanás”».

«El enemigo que sembró la cizaña es el diablo».

«Los escribas decían: “Está poseído de Belcebú, y así por arte del príncipe de los demonios es como lanza los demonios”. Mas les contestaba con estos símiles: “¿Cómo puede Satanás arrojar al mismo Satanás? Si un reino se divide no puede subsistir”».

«Curó (Jesús) a muchas personas, afligidas de varias dolencias, y lanzó a muchos demonios, sin permitirles decir que sabían quién era».

«Señor, ten compasión de mi hijo, porque es lunático [...] y lo he presentado a tus discípulos y no han podido curarle. Jesús dijo: “Traédmelo acá”. Y Jesús amenazó al demonio y salió del muchacho, que quedó curado».

«Los que creyeren lanzarán los demonios en mi nombre».

«Señor, hasta los demonios mismos se sujetan a nosotros por la virtud de tu nombre».

«Un hombre poseído del espíritu inmundo exclamó diciendo: “¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, oh Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos”?»

«Ahora “el príncipe de este mundo” va a ser lanzado fuera».

«¿Qué compañía puede haber entre la luz y las tinieblas? ¿qué concordia entre Cristo y Belial?».


3. Su actuación sobre el hombre

«Sed sobrios y vigilantes: porque vuestro enemigo el diablo anda girando como león rugiente alrededor de vosotros, en busca de presa que devorar».

«Quisimos pasar a visitaros y en particular yo, Pablo, lo he resuelto varias veces; pero Satanás nos lo ha estropeado».

«Los que contradicen la verdad [...] están enredados en los lazos del diablo, que los tiene presos a su arbitrio».

«Dijo también el Señor: “Simón, mira que Satanás va tras de vosotros para zarandearos como el trigo. Mas yo he rogado por ti”».

«El que oye la palabra del reino y no para en ella su atención, viene el mal espíritu y le arrebata aquello que se había sembrado en su corazón».

«Se me ha dado el estímulo de mi carne, un ángel de Satanás para que me abofetee».

«Satanás se apoderó de Judas, el cual fue a tratar con los príncipes de los sacerdotes».

«Temo que, así como la serpiente engañó a Eva con su astucia, así sean manchados vuestros espíritus».

Diversos textos sobre el demonio:

1. Escogió el mal

«Si miras hacia el sol serás inmediatamente iluminado; si miras hacia la sombra, necesariamente quedarás rodeado de tinieblas. El diablo es malo por haber escogido la maldad libre y conscientemente, no porque su naturaleza esté de por sí en oposición con el bien» (san Basilio, «Sermón» 15).

2. Su actuación constante cerca del hombre

«Siempre está ojo avizor contra nosotros el enemigo antiguo; no nos durmamos. Sugiere halagos, pone celadas, introduce malos pensamientos y, para llevarnos a dolorosa ruina, pone delante lucros y amenaza con perjuicios. Todos ahora y cada uno es probado, cada cual a su modo» (san Agustín, «Sermón» 6).

«Las cosas que proceden de la naturaleza y las que parten de nuestra voluntad, son de poca importancia, comparadas con la guerra implacable que nos tiene declarada el demonio» (san Juan Crisóstomo, Catena Aurea, vol I, p.374).

«Nos dice también San Pedro: “Vigilad constantemente, pues el demonio está rondando cerca de vosotros como león rugiente, que busca a quien devorar”. Y el mismo Jesucristo nos dice: “Orad sin cesar, para que no caigáis en la tentación”: es decir, que el demonio nos acecha en todas partes. De manera que es preciso contar con que, en cualquier parte o en cualquier estado que nos hallemos, nos acompañará la tentación» (santo Cura de Ars, «Sermón sobre las tentaciones»).

«Nuestro enemigo el diablo nos rodea siempre, tratando de quitarnos la semilla de la palabra que ha sido puesta en nosotros» (san Atanasio, Catena Aurea, vol. Vl, p. 396).

3. La tentación

«Como general competente que asedia un fortín, estudia el demonio los puntos flacos del hombre a quien intenta derrotar, y lo tienta por su parte más débil» (santo Tomás, Sobre el Padrenuestro, 1. c., p. 162).

«Sus armas son la astucia, el engaño y la torpeza espiritual y sus despojos los hombres engañados por él» (san Beda, Catena Aurea, vol. Vl, p. 30).

4. Trata siempre de sembrar la confusión

«El diablo no permite a aquellos que no velan, que vean el mal hasta que lo han consumado» (san Juan Crisóstomo, Catena Aurea, vol. III, p. 345).

«El lobo roba y dispersa las ovejas, porque a unos los arrastra a la impureza, a otros inflama con la avaricia, a otros los hincha con la soberbia, a otros los separa por medio de la ira; a este le estimula con la envidia, al otro le incita con el engaño. De la misma manera que el lobo dispersa las ovejas de un rebaño y las mata, así también hace el diablo con las almas de los fieles por medio de las tentaciones» (san Gregorio Magno, «Hom. 14 sobre los Evang.»).

«Siendo un ángel apóstata, no alcanza su poder más que a seducir y apartar el espíritu humano para que viole los preceptos de Dios, oscureciendo poco a poco el corazón de aquellos que tratarían de servirle, con el propósito de que olviden al verdadero Dios, sirviéndole a él como si fuera Dios. Esto es lo que descubre su obra desde el principio» (san Ireneo, Trat. contra las herejías, 5).

«Perverso maestro es el diablo, que mezcla muchas veces lo falso con lo verdadero, para encubrir con apariencia de verdad el testimonio del engaño» (san Beda, Catena Aurea, vol. IV, p. 76).


5. En la hora de la muerte

«Debemos procurar pensar con santo temor cuán furioso y terrible se presentará el demonio en el día de nuestra muerte, buscando en nosotros sus obras; cuando vemos que se presentó a Dios al morir en su carne, y buscó alguna de sus obras en Aquel en quien nada pudo encontrar» (san Gregorio Magno, «Hom. 39 sobre los Evang.»).

«Trata de aprovechar cualquier circunstancia y estado de ánimo especialmente la tristeza.

»¿Qué no hará a los pobres mortales el que tuvo la osadía de asaltar, con testimonios de la Escritura, al mismo Señor de la majestad?» (san Vicente Lerins, Conmonitorio, n. 26).

6. El pecador queda, en cierto modo, bajo la potestad del demonio

«De la misma manera que la nave (una vez roto el timón) es llevada a donde quiere la tempestad, así también el hombre, cuando pierde el auxilio de la gracia divina por su pecado, ya no hace lo que quiere, sino lo que quiere el demonio» (san Juan Crisóstomo, Catena Aurea, vol. III).

«Cuando el demonio se aparta de alguno, acecha el instante oportuno, y cuando le ha inducido a un segundo pecado, acecha la ocasión para el tercero» (Orígenes, Catena Aurea, vol. III, p. 346).

7. No tiene tanto poder para vencernos como para tentarnos. Incluso tiene limitado el poder de tentar

«El afirmar que estos enemigos se oponen a nuestro progreso, lo decimos solamente en cuanto nos mueven al mal, no que creamos que nos determinen efectivamente a él. Por lo demás, ningún hombre podría en absoluto evitar cualquier pecado, si tuvieran tanto poder para vencernos como lo tienen para tentarnos. Si por una parte es verdad que tienen el poder de incitarnos al mal, por otra es también cierto que se nos ha dado a nosotros la fuerza de rechazar sus sugestiones y la libertad de consentir en ellas. Pero si su poder y sus ataques engendran en nosotros el temor, no perdamos de vista que contamos con la protección y la ayuda del Señor. Su gracia combate a nuestro favor con un poder incomparablemente superior al de toda esa multitud de adversarios que nos acosan. Dios no se limita únicamente a inspirarnos el bien. Nos secunda y nos empuja a cumplirlo. Y más de una vez, sin percatarnos de ello y a pesar nuestro, nos atrae a la salvación. Es, pues, un hecho cierto que el demonio no puede seducir a nadie, si no es a aquel que libremente le presta el consentimiento de su voluntad» (Casiano, Colaciones, 7).

«El diablo tiene un cierto poder; sin embargo, las más de las veces quiere hacer daño y no puede porque este poder está bajo otro poder [...], ya que Quien da facultad al tentador, da también su misericordia al que es tentado. Ha limitado al diablo los permisos de tentar» (san Agustín, Sobre el Sermón de la Montaña, 2).

«El diablo no puede dominar a los siervos de Dios que de todo corazón confían en Él. Puede, sí, combatirlos, pero no derrotarlos» (Pastor de Hermas, Epílogo sobre los Mandamientos, 2).

8. No conoce directamente la naturaleza de nuestros pensamientos

«Los espíritus inmundos no pueden conocer la naturaleza de nuestros pensamientos. Únicamente les es dado columbrarlos merced a indicios sensibles o bien examinando nuestras disposiciones, nuestras palabras o las cosas hacia las cuales advierten una propensión por nuestra parte. En cambio, lo que no hemos exteriorizado y permanece oculto en nuestras almas les es totalmente inaccesible.

»Inclusive los mismos pensamientos que ellos nos sugieren, la acogida que les damos, la reacción que causan en nosotros, todo esto no lo conocen por la misma esencia del alma, antes bien, por los movimientos y manifestaciones del hombre exterior (Casiano, Colaciones, 7).

9. Es como un gran perro encadenado, que solamente muerde a quienes se le acercan demasiado

«Nos dice San Agustín, para consolarnos, que “el demonio es un gran perro encadenado, que acosa, que mete mucho ruido, pero que solamente muerde a quienes se le acercan demasiado”» (santo Cura de Ars, «Sermón sobre las tentaciones»).

10. Ayuda de los Sacramentos, de la oración, de la limosna y de los sacramentales para vencer la tentación

«Me dices que por qué te recomiendo siempre, con tanto empeño, el uso diario del agua bendita. Muchas razones te podría dar. Te bastará, de seguro, esta de la Santa de Ávila: “De ninguna cosa huyen más los demonios, para no tornar, que del agua bendita”» (J. Escrivá de Balaguer, Camino).

(Más líbranos del mal). «Nada queda ya que deba pedirse al Señor cuando hemos pedido su protección contra todo lo malo; la cual, una vez obtenida, ya podemos considerarnos seguros contra todas las cosas que el demonio y el mundo pueden hacer. ¿Qué miedo puede darnos el siglo, si en él tenemos a Dios por defensor?» (san Cipriano, Catena Aurea, vol. II, pp. 371-372).

«Ningún poder humano puede ser comparado con el suyo y solo el poder divino lo puede vencer y tan solo la luz divina puede desenmascarar sus artimañas. El alma que hubiera de vencer la fuerza del demonio no lo podrá conseguir sin oración ni podrá entender sus engaños sin mortificación y sin humildad» (san Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 3, 9).

11. La ayuda del Ángel Custodio

«Acude a tu Custodio, a la hora de la prueba, y te amparará contra el demonio y te traerá santas inspiraciones» (J. Escrivá de Balaguer, Camino, n. 567).

12. El humilde vence al demonio

«Refiérese en la vida de san Antonio que Dios le hizo ver el mundo sembrado de lazos que el demonio tenía preparados para hacer caer a los hombres en pecado. Quedó de ello tan sorprendido que su cuerpo temblaba como la hoja de un árbol, y dirigiéndose a Dios le dijo: “Señor, ¿quién podrá escapar de tantos lazos?” Y oyó una voz que le dijo: “Antonio, el que sea humilde; pues Dios da a los humildes la gracia necesaria para que puedan resistir a las tentaciones; mientras permite que el demonio se divierta con los orgullosos, los cuales caerán en pecado en cuanto sobrevenga la ocasión. Más a las personas humildes el demonio no se atreve a atacarlas”» (santo Cura de Ars, «Sermón sobre la humildad»).


13. La ayuda de la Virgen

«El príncipe de este mundo ignora la virginidad de María y su parto y la muerte del Señor: tres misterios resonantes cumplidos en el silencio de Dios» (san Ignacio de Antioquía, «Carta a los Tralianos», 9, 1).

«¿Que por momentos te faltan las fuerzas? —¿Por qué no se lo dices a tu Madre: consolatrix afflictorum, auxilium christianorum... spes postra, regina apostolorum?» (J. Escrivá de Balaguer, Camino, n. 515).

«Así cómo Eva fue seducida por un ángel para que se alejara de Dios, desobedeciendo su palabra, así María fue notificada por otro ángel de que llevaría a Dios en su seno, si obedecía su palabra. Y como aquella fue inducida a no obedecer a Dios, así esta fue persuadida a obedecerlo, y de esta manera la Virgen María se convirtió en abogada de la virgen Eva» (san Ireneo, Trat. contra las herejías, 5).

14. Demonio

«Dios clama por sus Profetas, por sus Apóstoles y Evangelistas, y pocos oyen su voz; el diablo llama a los hombres por medio de los bailes, canciones y músicas, y junta una infinidad de gentes» (s. Efrén., Cont. neg. resurrec., sent. 16, Tric. T. 3, p. 80.).

«Cuando los demonios se esfuerzan en abatir al alma con el temor y desesperación, otro tanto la levanta la memoria de la misericordia divina con la esperanza de los bienes eternos. Porque Aquel que nos dijo, que era necesario perdonar, no solo siete veces, sino setenta veces siete, perdonará con más bondad a los que esperan de Él su salud» (s. Efrén., de Humilit. compar., sent. 22, Tric. T. 3, p. 80).


Los escritos de santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz, que son doctores de la Iglesia, hablan de haber tenido innumerables encuentros con demonios y son especialmente esclarecedores de este tema.

Ambos fueron bien conocidos, especialmente san Juan de la Cruz, por sus poderes al exorcizar demonios.  Santa Teresa ha dicho de él: «Juan de la Cruz tiene un don especial para echar demonios. En Ávila exorcizó a muchos de una persona, y él los mandaba en el nombre de Dios que le dijesen sus nombres, y ellos obedecían de inmediato».

Santa Teresa describe en su vida cómo el diablo se le apareció, a veces teniendo: «Una forma abominable; su boca era horrible.  Parecía que de su cuerpo salía una gran llama, que no proyectaba ninguna sombra».

En otra ocasión, vio a un pequeño diablo horrible, gruñendo como desesperado por haber perdido lo que él estaba tratando de ganar. También vio con los ojos del alma dos demonios de aspecto horrible que parecían tener sus cuernos alrededor de la garganta de un sacerdote mientras celebraba misa.  En su vida, santa Teresa describe cómo en 1550 tuvo una visión que llevó su espíritu a un lugar en el infierno.

Santa Teresa descubre que el agua bendita, mejor que cualquier otra cosa, tenía el poder de expulsar a estas apariciones externas y visibles, y señaló que los teólogos estaban de acuerdo con su experiencia.

La destreza y artimañas que el diablo usa para evitar que las almas caminen por el camino de la perfección son terribles.

Para san Juan de la Cruz, el diablo es el enemigo más poderoso y astuto, sus artimañas son más desconcertantes que las del mundo y la carne.  Él es «el más difícil de entender», provoca la ruina de una gran multitud de religiosos que se propusieron ir por la vida de perfección, y ningún poder humano puede ser comparado con él.

El diablo engaña, corrompe, y seduce. Las tentaciones diabólicas son la experiencia ordinaria de la humanidad.

Para el P. Tonquedec, él es el tentador, el seductor, el inspirador de malas acciones. El homicidio, el odio, la mentira, son sus «obras». Él es el «padre» de los asesinos y en general de todos los pecados.

Pero el diablo no es la única causa de nuestros pecados, como santo Tomás de Aquino observa en la Summa y, santa Teresa en su libro Las Fundaciones.

Para santa Teresa, nuestras propias inclinaciones perversas y mal humor, especialmente si sufrimos de melancolía, también nos causan mucho daño.

«Melancolía» fue el término utilizado anteriormente para describir la neurosis.  Es justo decir, sin embargo, que el diablo es indirectamente la causa de todos los defectos que surjan de nuestra naturaleza en el sentido de que, como consecuencia del pecado original, el diablo introdujo el desorden y la concupiscencia de la naturaleza humana.

Debemos darnos cuenta que los demonios son seres intelectuales puros, no seres racionales como nosotros. Ellos poseen un conocimiento superior de nuestras debilidades y disposiciones que utilizan para tentarnos.

Santa Teresa es consciente de que, «el diablo sabe muy bien cómo tomar ventaja de nuestra naturaleza y poca comprensión».

En un Cántico Espiritual, san Juan de la Cruz también sugiere que los demonios usan el mundo y la carne para aumentar el poder de su trabajo: «La tentación de los demonios es más fuerte que las del mundo y la carne, porque los demonios se refuerzan a sí mismos con estos otros dos enemigos, el mundo y la carne, con el fin de librar una fuerte guerra».

El diablo sabe cómo explotar nuestros instintos y pasiones, la debilidad de nuestra carne y nuestro orgullo.  

Victor White, en Dios y el Inconsciente, comenta que la desgracia, la enfermedad o la ansiedad mental no son pecados, pero nos pueden inducir a la rebelión y la desesperación. Y Satanás puede tomar ventaja de todo ello para tentarnos a pecar.

Para san Juan de la Cruz, un alma que espera superar la «fuerza» del diablo será incapaz de hacerlo sin la oración.

Sin embargo, para entender sus «engaños», el alma necesita humildad —pues el diablo es el enemigo jurado de la humildad—. El místico español señala que la carnada del diablo es el orgullo —sobre todo el orgullo que surge de la presunción espiritual—.

Santa Teresa y san Juan de la Cruz creen, por la fe en la existencia de demonios. No podían dudar de su existencia.

También sabían que los demonios usan la debilidad humana y los estados mentales negativos como instrumentos de sus tentaciones

Para nosotros, católicos, resulta difícil entender que alguien pueda desear poner su vida en manos del diablo, considerando que todo lo bueno proviene de Dios (amor, alegría, placer, vida, trascendencia, salud, etc.) y que del diablo, como creatura que fracasó radicalmente en su existencia, solo podemos esperar el absoluto vacío. Unirse al diablo es compartir el fracaso completo y la frustración de todas las capacidades puestas por Dios en el hombre para que este llegara incluso a «ser como Dios» y a participar de la Vida Divina.

La concientización de la existencia del maligno no se usa con el propósito del temor; concientizar y realmente concientizar en las personas la existencia de estas polaridades se hace para que a través del libre albedrío puedan decidir sus acciones, conocedores de las consecuencias.

Así mismo también debemos ser conscientes que como bautizados y cerca de Dios, la influencia del maligno sobre nosotros será mucho menor que lejos de Dios.

Para los que tengan duda de la existencia del infierno sería bueno leer las visiones del cielo, purgatorio y del infierno de santa Faustina Kowalska, de santa Teresita del Niño Jesús, san Francisco y de otros santos y pensarán que, si simplemente fuera casualidad, ¡qué extraño que diferentes personajes, en diferentes épocas y sin conocerse hayan escrito cosas tan similares!

 

El tema del infierno y de Satanás es un tema evadido. Estos temas son indiferentes en esta época en que la secularización nos ha llevado a negar lo que es por demás evidente: la existencia del mal y del infierno. El gran éxito del demonio, en nuestra sociedad, ha sido precisamente el ocultar y negar su propia existencia. Nadie habla de él. Si existe lo blanco, existe lo negro; si existe la luz, existe la oscuridad; si existe el bien, existe el mal y, por ende, si existe Dios, existe también el demonio. El objetivo fundamental es crear conciencia sobre la existencia de estas polaridades para que a través del libre albedrío el hombre pueda elegir responsablemente sobre sus actos y sus consecuencias.

El infierno, podemos decir a manera de conclusión, es una realidad espiritual sobre las que se ha tenido evidencia en muchas culturas y en todos los tiempos. Vemos que sobre él se habla en diversas religiones y en varias mitologías. Casi podríamos decir que se trata de una ley psicológica de la naturaleza humana el tener esta evidencia intelectual asentada en la experiencia misma de este mundo.