Colaboraciones

 

Las personas mayores y el COVID-19

 

17 octubre, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La crisis sanitaria provocada por el COVID-19, aunque inicialmente parecía un escenario de colaboración y solidaridad, ha abierto finalmente, en una tendencia natural de las personas por el careo, incontables frentes tan reflexivos como irreflexivos armados de toda una palabrería y emisión de juicios sustentados en las supuestas diferencias sociales, controversias políticas e ideológicas, la dudosa anticipación y verdadera motivación del Gobierno, la cuestionable base racional de la toma de medidas, la falta de respeto de unos valores y una moral, y un larguísimo etc.; pero uno de ellos preocupa especialmente por poner en duda la propia condición humana: el trato de los mayores durante la pandemia.

Ya inicialmente escuchamos que, en Italia, los hospitales habían alcanzado tal nivel de saturación que no podían permitirse la acogida de los centenares de personas mayores que morían en sus casas en soledad, para priorizar las esperanzas de vida más altas, y resultaba aterrador. Pero es que, la película que ninguno quisimos ver, comenzó a emitirse en España, a pesar de contar con el ejemplo anteriormente mencionado, y por tanto con un tiempo mayor de reacción para la elaboración de un protocolo de actuación más adecuado.

¿Y si esto ocurrió con los ancianos que se aislaron en sus casas durante el Estado de Alarma, qué aconteció en las residencias de ancianos donde la proximidad supuso un incremento de las probabilidades de contagio? Pues lo mismo, pero en masa.

¿Cómo se gestionó el control de la pandemia en las residencias? Ni idea. A pesar de, sabiendo que el COVID-19 es particularmente peligroso en las personas más entradas en edad, y por tanto las residencias de ancianos suponían el foco más sensible de toda la pandemia, nadie sabe qué protocolos se establecieron en particular, si se cumplieron, si se penalizó a quienes los incumplieron, si se supervisaron, y de nuevo un larguísimo etc. Circulan incontables noticias de supuestos compromisos, posibles medidas adoptadas, reglas, querellas que se han levantado a posteriori, y un incesante traspaso de responsabilidades, pero todo ello incoherente, insuficiente y como prácticamente todo lo llevado a cabo durante el Estado de Alarma, inquietantemente misterioso… o turbio, en palabras más coloquiales.

El 19 de marzo, con el inicio del Estado de Alarma, el vicepresidente del Gobierno Pablo Iglesias asumió públicamente el control de las residencias, aunque a posteriori y frente a la presión, alegó que su misión consistía únicamente en reforzar a quienes sí tenían competencia en este campo, las Comunidades Autónomas. Ante el cuestionamiento de su cometido, puso en duda, a su vez, la gestión de las residencias privadas, en palabras suyas: «Propiedad de fondos buitre sin ética».

A lo largo de la Historia, no importa la cultura, no importa la civilización, las personas mayores han sido siempre los más respetables individuos de cada colectividad, fuente de ejemplo, sabiduría y consejo. Ellos fueron quienes emigraron en tiempos difíciles, quienes levantaron los imperios empresariales que hoy impulsan la economía, quienes fueron a la guerra en defensa de sus patrias y derechos, quienes se han movilizado para construir la maravillosa sociedad global y tolerante que hoy en día disfrutamos, y así ha sido siempre desde tiempos inmemorables.

Sin embargo, es cierto que, durante los últimos años, acompañado de la pérdida de incontables valores familiares y éticos, de la falta de educación y jerarquía de la obediencia ligada a este exceso de libertad tan de moda que la gran mayoría ha confundido con libertinaje, y de unos adultos que no han conocido el verdadero sufrimiento y se vuelcan demasiado en magnificar problemas que no existen como para predicar con el ejemplo ante sus hijos, los ancianos de nuestra sociedad han perdido poco a poco el respeto que siempre se las ha profesado y que realmente merecen, tolerando siempre con buena cara una juventud rebelde y desagradecida con la comprensión que solo alguien muy sabio es capaz de ofrecer.

¿Les ha llevado esto a la muerte? ¿Por qué? ¿Valen más las vidas de los jóvenes o ha sido acaso una estratagema política? Personalmente, me sentía muy orgulloso de la sociedad que nuestros mayores construyeron, pero si esa sociedad es ahora esta, una que retrocede en el tiempo para sacrificar vidas en pos de los intereses de unos pocos, como decía Mafalda: «Paren el mundo que me quiero bajar».