Colaboraciones

 

Un auténtico programa de acción política...

 

25 octubre, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

El Santo Padre, Juan Pablo II, nos dio una lección magistral de acción política cristiana con su discurso durante su histórica visita al Parlamento Italiano el 14 de noviembre de 2002.

El Santo Padre, en sus breves y sabias palabras, exhortó a políticos de toda índole y condición, católicos, agnósticos y ateos, y nos recordó que la misión civilizadora que cumplen en Europa tanto Italia como otros estados de similar tradición —también España— sería imposible de comprender sin la savia vital que constituye el cristianismo, el cual establece como centro de todo orden civil justo el respeto al hombre, a su dignidad y a sus derechos inalienables. Existe una lógica moral que ilumina la existencia humana y hace posible el diálogo entre los hombres y entre los pueblos.

Esa misma savia cristiana debe aportar a los estados la fórmula para mantener y valorar las diferencias sin que se conviertan en motivos de contraposición y obstáculos al progreso común, fórmula que se basa en una solidaridad sincera y leal y en una visión de la política animada por un auténtico espíritu de servicio a los ciudadanos.

El Papa recuerda a los políticos lo decisivo que representa la presencia, en el corazón de cada uno, de una viva sensibilidad con respecto al bien común: la construcción del bien común debe ser el principal desafío del político de buena voluntad, por encima de la opción que cada uno represente. Naturalmente, la acción política en busca del bien común tiene que estar sustentada en valores éticos fundamentales inscritos en la naturaleza del ser humano.

El Santo Padre, basándose en la Veritatis splendor y la Centesimus annus, vuelve a recordar una vez más, a los representantes democráticos del pueblo italiano, que, si no existe una verdad última que guíe y oriente la acción política, «las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder», de lo que tenemos, desgraciadamente, multitud de ejemplos también dentro de nuestras fronteras.

Pasando a problemas concretos de la sociedad actual que deben preocupar a los políticos, el Santo Padre se fija en la crisis demográfica y en el envejecimiento de la población, en la educación de la juventud, en la atención a los más desfavorecidos, en los retos que plantea la Unión Europea y, en definitiva, en la necesidad de solidaridad y paz entre las naciones.

En el ámbito familiar, el Papa pone como modelo la acción pastoral de la Iglesia a favor de la familia y de la acogida de la vida e insta a los políticos a defender la institución familiar, de forma que se haga menos onerosa social y económicamente la generación y la educación de los hijos.

Para la educación de la juventud, el Papa insta a los políticos a que den apoyos adecuados a la responsabilidad primaria de los padres sobre la misma. En este sentido, es fundamental una educación de calidad, en estrecha unión con las familias, y un fomento de la cultura del ser, en detrimento de la cultura del tener, principalmente a través de los medios de comunicación.

El Papa aconseja a los políticos para que las instituciones públicas apliquen el principio de solidaridad con los más necesitados, fijándose en especial en las situaciones de desempleo y en las lamentables condiciones de las cárceles.

La apuesta del Santo Padre por la Unión Europea es innegable, si bien esta no debe circunscribirse exclusivamente a sus aspectos económicos o políticos. La verdadera unión tiene que tener como pilar fundamental la herencia del cristianismo, apoyarse en sus principios éticos y acoger la diversidad de culturas y tradiciones.

Por último, en cuanto a la solidaridad y la paz mundial, el Papa se muestra muy preocupado por los conflictos crónicos que existen en el mundo (en especial, el de Tierra Santa) y por el terrorismo internacional. Frente a ello, el cristianismo tiene que ser la religión del amor, del respeto recíproco, del perdón y de la reconciliación.

En definitiva, en un lenguaje directo y sencillo, el Santo Padre nos ha presentado con este discurso un auténtico programa de acción política asumible por cualquier hombre de buena voluntad, más allá de siglas políticas. El Papa nos llama, nos exhorta a los cristianos a intervenir en la vida pública y poner en la práctica el programa político del cristianismo. «El que tenga oídos para oír, que oiga» (Mateo, 13, 9).

 

 

Fuente: www.e-cristians.net