Colaboraciones

 

La Ilustración y secularización (I)

 

29 octubre, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La exclusión de los cimientos cristianos y la secularización de la cultura han recorrido un camino complejo. Podríamos afirmar que constituye un proceso poliédrico, acaecido a través de los siglos, durante diversas conmociones espirituales, culturales, políticas e ideológicas. Uno de los impactos decisivos ocurre con el advenimiento de la Ilustración, en el siglo XVIII, cuando empiezan a oponerse, injustificadamente, fe y razón, como manera de reafirmar la secularidad.

La Ilustración constituye un movimiento cultural y social que acompasó diversos personajes e ideologías, relativamente unificadas por la creencia de que la razón bien orientada bastaba para descubrir y desentrañar los misterios de la humanidad. Se denominó a sus ideólogos «philosophes», «ilustrados», porque creían firmemente que podían determinar lo que era correcto y adecuado para el beneficio de la sociedad, que debía regirse exclusivamente por el conocimiento de la naturaleza, y, específicamente, por el empleo de la razón pura. «Todo fenómeno social o espiritual que no pueda ser explicado por la razón humana es, para la Ilustración, un mito o una superstición», sostiene Mariano Fazio.

Los «ilustrados» percibieron que vivían un momento de emancipación para la razón, formando parte de una tendencia histórica que a finales del siglo XVIII recibió la denominación de «Siglo de las Luces». Para algunos de sus proponentes la naturaleza debía reemplazar a Dios como fundamento de la ética y del gobierno político, de donde extraían leyes que creían científicas y positivas, para alcanzar el bienestar material del hombre, pero, a la vez, relativizando que la persona constituya una unidad biológica, psicológica y espiritual, necesidades y anhelos que necesitan respuesta.

Idealizaron el progreso, dinamismo con el cual sustentaron una especie de escatología laica. Su gran proyecto era construir una civilización entendida como un estadio avanzado de la sociedad, que abarcase nuevos conocimientos, valores culturales, desarrollos tecnológicos y una lozana concepción de la civilización, sustentada idealmente en la igualdad, la fraternidad y la libertad.

Paulatinamente esta afirmación de la autonomía total y absoluta de lo temporal respecto a lo trascendente dio lugar a que un segmento dirigente de la sociedad se orientase hacia la autosuficiencia y el materialismo. En su intento de exaltar la razón, estos referentes intelectuales e ideológicos intentaron establecer una especie de «absolutismo» centrado en lo que consideraban el juicio racional, apartando directamente otros valores sagrados para el ser humano. Llama la atención que aquellos personajes, tan apegados a una optimista autosuficiencia intelectual, tan convencidos de su capacidad para construir una cultura dependiente de una confianza desmedida en el progreso impulsado por la ciencia y el dominio cultural y técnico, se hayan mostrado tan limitados para aportarle a la persona respuestas convincentes a las interrogantes fundamentales sobre el ser.

De manera un tanto artificial, los ilustrados atribuyeron los males del hombre, ya no a sus propias faltas o ignorancia, si no a la injusticia y a las corrupciones sociales. En esta dirección de pensamiento, abrieron la puerta a un escepticismo que debilitó los valores sustentadores de la convivencia colectiva.

En su deseo de acentuar el racionalismo, los «ilustrados» exhibieron un prejuicio metafísico que condujo a una aguda secularización, que entendieron como «autonomía total y absoluta de lo temporal respecto a la instancia trascendente». La respuesta del académico Pierre-Simon Laplace a Napoleón, cuando el Emperador le comentó sobre su obra, La exposición de los sistemas del mundo, ilustra aquella actitud: «Ha escrito usted este gran libro sobre el universo sin haber mencionado ni una sola vez a su Creador». Respondió Laplace: «Nunca he necesitado esa hipótesis».