Colaboraciones

 

Sobre la eutanasia (y V)

 

04 noviembre, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

En el individuo no existe el derecho a decidir el momento de la propia muerte: no existe el derecho a una elección entre la vida y la muerte.

En cambio, se debe hablar de un derecho a morir bien, serenamente, es decir, evitando sufrimientos inútiles. Eso coincide con el derecho a ser curado y asistido con todos los medios ordinarios disponibles, sin recurrir a curaciones peligrosas o demasiado gravosas, y con la exclusión de todo ensañamiento terapéutico. El derecho a morir con dignidad no coincide en absoluto con el supuesto derecho a la eutanasia, la cual, en cambio, es un comportamiento esencialmente individualista y rebelde.

La eutanasia nace de una ideología que reivindica al hombre el pleno poder sobre la vida y, por consiguiente, sobre la muerte; una ideología que confía absurdamente a un ser humano el poder de decidir quién debe vivir y quien no (eugenesia).

Es una vía de escape de frente a la angustia de la muerte (vista como inútil y sin sentido...); es un atajo que no da ningún sentido al morir, ni confiere dignidad al moribundo; es una estrategia de desplazamiento; el hombre que cae como víctima del miedo e invoca la muerte, aun sabiendo que es una derrota y un acto de extrema debilidad.

A veces también es vista como un modo de contener los costos, sobre todo en relación a los enfermos terminales, dementes, ancianos débiles e improductivos..., pesos para sí mismos, para sus familiares, para los hospitales y para la sociedad,

Quien quiere morir deja una marca en nosotros, porque el renunciar a vivir es también culpa nuestra.

En cuanto a la idea que según el catolicismo hasta un minuto más es también importante, se debe pensar cuantas veces el último minuto de vida cambió el sentido de toda la existencia de una persona. Incluso puede suceder que sea el último momento el único con sentido. Por esto, vivir en una sociedad donde todos hacen lo posible para ayudar a vivir, es mejor que vivir en una sociedad donde se sabe que, si en un cierto momento uno se abandona, todos le abandonan.

Además, la eutanasia plantea una serie de angustiosos interrogantes, que ninguno podría darles respuesta en caso de que sea legalizada. Estos son algunos: ¿En base a qué criterios un sujeto puede ser considerado «destruido por el dolor»? ¿Cómo el estado puede determinar la intensidad del sufrimiento que se requiere para legitimar la eutanasia? ¿Y quién está autorizado para decidir por el sí o por el no: el médico o también un amigo o familiar? ¿Quién garantiza que la «muerte dulce» es efectivamente decidida para poner fin a un sufrimiento considerado intolerable y no por alguna otra razón, tal vez por intereses inconfesables (por ejemplo, de índole económico)?

El interrogante más importante, que concierne a todo problema relativo a la vida, es este: ¿la vida del hombre es una realidad disponible que puede ser usada por los hombres o más bien es una realidad de la que no se puede disponer? Este interrogante conduce a una pregunta aún más radical: ¿el hombre pertenece a sí mismo o pertenece a otro?

La conclusión es que no se pueden considerar como valores positivos el sufrir y, sobre todo, el morir. Entonces, el sufrir y el morir deben ser eliminados. En una cultura, que adora y sirve como sus ídolos el tener, el poder y el placer, no pueden sentirse en casa los sufrientes y los moribundos. ¿No es lógico, entonces, en esta visión del hombre, pedir e insistir en que venga legalizada la eutanasia?

La visión cristiana de la existencia es la de Dios que crea al hombre a su imagen y semejanza. Se trata de una dependencia, de una relación, que hacen existir al hombre, que dan al hombre su mismo ser. Se sigue que el hombre en todo su ser y existir, en su vida, en su sufrimiento, en su muerte, no se pertenece a sí mismo, sino a Dios. Entonces la vida y la muerte son propiedad de Dios, porque el hombre como tal es propiedad de Dios, en el sentido liberador y exaltador del término.

Si la vida es un gran bien, es lícita, incluso es obligatoria la lucha contra la enfermedad y contra el dolor. Nosotros los creyentes no estamos por un victimismo. La vocación del hombre no es al sufrimiento; Dios destina al hombre a la alegría. Es necesario luchar con todas nuestras fuerzas contra la enfermedad y el dolor. Nosotros los creyentes no estamos por un victimismo. La vocación del hombre no es al sufrimiento; Dios destina al hombre a la alegría.

Es lícito y necesario morir de manera humana; en la medida de lo posible, la muerte debe ser digna del hombre, conocida, acogida responsablemente, tal vez hasta con fatiga, con sacrificio; como somos responsables en los diversos momentos de la vida, tampoco la muerte debería ser una algo que sucede, sino algo que se vive. Paradójicamente, se dice que es necesario aprender a vivir la propia muerte.

En una intervención de Juan Pablo II en la Universidad Católica del Sagrado Corazón, al término de una semana de estudio sobre el tema de la vida ante el dolor, la vejez y la eutanasia, el Papa dijo lo siguiente: «El compromiso que se impone a la comunidad cristiana en este contexto socio-cultural es más que una simple condena de la eutanasia o el simple intento de obstaculizarle el camino hacia una eventual legalización; el problema de fondo es cómo ayudar a los hombres de nuestro tiempo a tomar conciencia de la inhumanidad de ciertos aspectos de la cultura dominante y a redescubrir los valores más preciosos por ella ofuscados. El perfilarse de la eutanasia, como un nuevo puerto de muerte luego del aborto, debe ser tomado como un dramático llamado a todos los creyentes y a todos los hombres de buena voluntad a moverse con urgencia para promover con todos los medios una verdadera opción cultural de nuestra sociedad», es decir la cultura de la vida.

 

La controversia sobre la eutanasia

En estos últimos años, la controversia sobre la eutanasia ha salido del escenario tradicional de episodio dramático provocado por sufrimientos insoportables y terminado con un gesto de compasión inverosímil.

Hoy día se propone sobre todo como una elección (death by choice) y se pretende su reconocimiento como expresión del pluralismo, o como una alternativa impuesta por los cambios en la asistencia sanitaria, o como una exigencia de respeto a la voluntad y a la autonomía de quien prefiere la muerte a la vida.

Legalizar la eutanasia significa no solo eliminar las sanciones legales, sino sobre todo predisponer estructuras y procedimientos sanitarios que la hagan «accesible y segura» para todos.

Como ya ha sucedido con el aborto, una ley tolerante ofrecería una solución permisiva incentivando una costumbre inhumana en perjuicio de otras soluciones éticamente más justas.

Los partidarios de la eutanasia se han dado cuenta de que era necesario volver a definir el papel del médico para que no sea él, sino el paciente, el que disponga la acción letal. Se han acercado así a la noción de suicidio.

De esta forma, el concepto tradicional, pero ambiguo, de mercy killing (eutanasia) está cediendo el paso al más racional y engañoso de «suicidio asistido».

El concepto de «suicidio asistido» se sitúa a medio camino entre el suicidio y la eutanasia voluntaria, que presuponen la clara voluntad de morir por parte del sujeto.

El concepto de suicidio asistido deja muchos interrogantes abiertos. No es creíble que, como en el caso del aborto, una eventual legislación pueda servir solamente a quienes libremente quieran hacer uso de esta. Cualquier ciudadano correría el riesgo de «ser suicidado».

¿Cómo impedir que no se convierta en el subterfugio de una engañosa eutanasia involuntaria dirigida a eliminar a los disminuidos? ¿Por qué razón un médico no debería considerarse autorizado a llevarla a cabo en casos extremos incluso prescindiendo de la voluntad del paciente?

El quinto mandamiento prohíbe, como gravemente contrarios a la ley moral: el homicidio directo y voluntario y la cooperación al mismo; el aborto directo, querido como fin o como medio, así como la cooperación al mismo, bajo pena de excomunión, porque el ser humano, desde el instante de su concepción, ha de ser respetado y protegido de modo absoluto en su integridad; la eutanasia directa, que consiste en poner término, con una acción o una omisión de lo necesario, a la vida de las personas discapacitadas, gravemente enfermas o próximas a la muerte; el suicidio y la cooperación voluntaria al mismo, en cuanto es una ofensa grave al justo amor de Dios, de sí mismo y del prójimo, por lo que se refiere a la responsabilidad, esta puede quedar agravada en razón del escándalo o atenuada por particulares trastornos psíquicos o graves temores.

La encíclica Evangelium vitae, en su número 52, nos dice que «nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo».

La eutanasia es un acto criminal y homicida, pero si se hace además en contra de la voluntad del paciente, se trata de algo todavía peor. El crimen es crimen, se haga físicamente o desde un sillón parlamentario, o desde un despacho, como hacía Heinrich Himmler, siendo por cierto los nazis pioneros en la eutanasia.

La realidad de la eutanasia y del suicidio asistido muestran en toda su crudeza la precariedad del valor de la vida humana cuando el hombre prescinde voluntariamente de Dios. Son el fruto maduro de una sociedad secularizada y paganizada, donde la vida carece de sentido en sí misma, solo vale el goce que pueda producir.

No puede ser de otro modo. Si no se acepta el carácter sagrado de la vida y no se la respeta en todas sus manifestaciones, entonces la sociedad —o la cultura dominante— se erige en juez supremo y dictamina qué tipo de vida merece la pena ser respetada.

La vida humana es un don, es algo precioso que nos es dado, que recibimos gratuitamente de Dios a través de nuestros padres. En el camino de la vida adquirimos la conciencia de ser personas y también sujetos individualizados e irrepetibles. Desde el punto de vista cristiano, estamos hechos a imagen y semejanza de Dios; nuestra vida procede del Ser Supremo y, por la creación, somos verdaderamente sus hijos. Esta filiación es elevada sobrenaturalmente por el sacramento del bautismo, que nos asocia a Jesucristo con una nueva creación y un nuevo amor.