Colaboraciones

 

¿Por qué la Iglesia se opone al «matrimonio» gay? (y III)

 

22 noviembre, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La actividad homosexual viola la ley natural y la inclinación a violar la ley natural es un desorden.

La ley natural no se aplica a los animales, solo se aplica a las criaturas que tienen uso de razón o facultad intelectual. Los animales carecen de esto, por lo tanto, no están sujetos a la ley natural.

Los actos homosexuales son intrínsecamente perversos. Son incapaces de transmitir vida y no pueden lograr la verdadera unión que la complementariedad heterosexual proporciona porque no son actos de autodonación, la entrega total del uno al otro, o abrir la posibilidad de vida.

Todos los actos sexuales deliberados (ya sean hechos solos o con alguien más) fuera del contexto del matrimonio, o que están deliberadamente cerrados a la creación de nueva vida (dentro del matrimonio) son objetivamente material grave y cometer tales actos con suficiente reflexión y pleno consentimiento es pecado mortal.

Cualquier acto que no cumpla con la enseñanza de la Iglesia no es un acto de amor. Es un acto de masturbación, ya sea solo o a través del uso del cuerpo de otra persona.

Algunos argumentos que se repiten como eslóganes:

 

. La prohibición del «matrimonio» gay atenta contra la igualdad de los homosexuales.

No existe ninguna discriminación. Las personas con tendencia homosexual pueden contraer «matrimonio» igual que cualquier otra persona.

Lo que los homosexuales pretenden no es que se les reconozca el derecho a contraer matrimonio, sino cambiar la definición del mismo para acoger a la unión entre dos varones o dos mujeres. La discusión sobre este asunto, pues, se centra en cuál es el concepto de matrimonio que se ha de aceptar en el ordenamiento jurídico.

Y en el concepto de matrimonio es fundamental incluir la capacidad procreadora, y por lo tanto la complementariedad de los sexos, pues es la única posibilidad de que dos personas tengan hijos.

 

. Si dos hombres o dos mujeres se quieren, ¿por qué no se pueden casar?

Al derecho no le interesa el reconocimiento del amor, puesto que para que dos personas se quieran no hace falta ninguna declaración, sino las relaciones de justicia que surgen de las relaciones humanas.

Una argumentación semejante (reconocer el «matrimonio» de los homosexuales «porque se quieren») parece que coloca al matrimonio como una especie de premio a los que se aman.

En este caso —y sin entrar en valoraciones morales— habría que preguntarse por qué solo se reconoce como matrimonio con todos sus beneficios a la relación homosexual y no a otras formas de convivencia, como la de los hermanos (los cuales indudablemente se quieren) o la de los estudiantes o los trabajadores que comparten el mismo departamento (los cuales se quieren como amigos).

Lo único que distingue estas relaciones con la de los homosexuales es que a ellos les une una relación sexual. No se entiende que se establezcan privilegios para el amor en que hay una relación sexual, habiendo otras formas de amor en las que no interviene el sexo.

La argumentación de que los homosexuales «se quieren» pretende establecer un privilegio injustificado, y por ello esconde una verdadera discriminación a otros colectivos que viven juntos y se quieren.

 

. A nadie le hace daño que se reconozca el «matrimonio» de los homosexuales u otros modelos de familia.

A todos nos debe interesar que el matrimonio quede reservado para las familias compuestas de padre y madre y los hijos que vengan. Aprobar otras formas de matrimonio es falsificar su esencia. Ocurre algo similar con la moneda: a todos nos perjudica que se distribuya moneda falsa, aun cuando nosotros solo poseamos moneda auténtica.

El «matrimonio» entre parejas homosexuales perjudica sobre todo a las parejas que quieren contraer verdadero matrimonio, los cuales sí son discriminados, pues contribuyen al bien común de la sociedad sin que esta les ayude a través de beneficios sociales u otras ventajas.

 

. Estamos en el siglo XXI y los modelos de familia evolucionan como han evolucionado tantas otras cosas.

Es cierto que han evolucionado muchas cosas, pero no ha evolucionado la naturaleza humana. Dado que el concepto del matrimonio deriva de esta naturaleza (la complementariedad entre hombre y mujer, indispensable para la procreación) y esta es inalterable, no hay motivos para concluir que deba cambiarse la definición de matrimonio.

Una argumentación correcta sobre el «matrimonio» homosexual no se basa en la opinión pública, sino en la naturaleza del hombre.

 

. El «matrimonio» homosexual es un derecho humano que no se les puede negar a quienes quieran casarse.

En ninguna declaración de derechos humanos está reconocido el derecho de dos hombres o de dos mujeres a contraer matrimonio. Es cierto que muchas veces se afirma que los homosexuales tienen este derecho fundamental, pero lo que cualquiera puede comprobar es que no está reconocido en ninguna declaración de derechos humanos.

La argumentación que hacen los grupos homosexuales se basa en el derecho a la igualdad. Pensamos que no es necesario contestar aquí a esta argumentación, porque ya se ha respondido a esta cuestión.

 

. La Iglesia quiere imponer su moral al prohibir el «matrimonio» homosexual.

La Iglesia no pretende imponer su moral, y de hecho los autores católicos ofrecen una argumentación basada en razones naturales.

Es cierto que existen argumentos religiosos para afirmar que el matrimonio es la unión entre varón y mujer, pero no son los únicos argumentos. Es más, lo que sí es una verdadera discriminación es rechazar la argumentación de una persona solo por su pertenencia a una confesión religiosa, sin escuchar siquiera los argumentos de razón que aporta.

 

. La Iglesia se ha inventado que la homosexualidad esté prohibida en la Biblia.

No es cierto. San Pablo, por ejemplo, condena explícitamente los actos homosexuales: «¿O no sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os forjéis ilusiones. Ni fornicadores, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni sodomitas, ni ladrones heredarán el Reino de Dios» (1 Co 6, 10). En el lenguaje de la época por actos sodomitas se entendía actos homosexuales.

La ley aprobada en España en junio de 2005, a petición del gobierno socialista, no respeta la «configuración objetiva de la institución» del matrimonio, sino que la redefine, al desvincularla de lo que debe ser: la unión de un hombre y una mujer abiertos a la vida a través de la complementariedad sexual. La palabra «matrimonio» queda, así, enmarcada en un nuevo contexto, en el cual el origen del matrimonio no es el amor unido a la complementariedad sexual de los contrayentes, sino solo el amor o el afecto que estos, hombres con hombres, mujeres con mujeres, hombres con mujeres, manifiesten entre sí.

A lo sumo, solo habrá matrimonio en aquellas parejas heterosexuales que cumplan los requisitos que hacen válida su unión esponsal, entre ellos la aceptación de sus dos propiedades esenciales: unidad e indisolubilidad. No lo habrá, aunque abusen del nombre, entre las parejas del mismo sexo.