Colaboraciones

 

Sin sonrojo alguno

 

24 noviembre, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

En general, lo que todo padre busca es que sus hijos sean hombres y mujeres con calidad humana, personas íntegras, que hagan el bien; tanto a ellos mismos, como a la sociedad.

La educación es indispensable para el desarrollo de los individuos, de las familias, de la sociedad entera.

La educación que se da a cada uno de los seres humanos es, sobre todo, un derecho y una obligación que compete en primera instancia a los padres. Como recuerda el Concilio Vaticano II: «...puesto que los padres han dado vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole y, por tanto, hay que reconocerlos como primeros y principales educadores de sus hijos...».

Nadie en la sociedad tiene un derecho primario sobre la educación de los hijos. Ni el Estado, ni la Iglesia, ni las instituciones educativas, pueden olvidar que la tarea educativa tiene su raíz en la vocación primordial de los esposos de participar en la obra creadora de Dios.

¿De qué le sirven los conocimientos al ser humano si no están orientados para que sea esta una mejor persona en función de la sociedad? La herencia afectiva, espiritual, y psicológica que transmite una familia es insustituible.

Qué escuela tan fecunda es la de la pareja que construya la persona del hijo en el servicio y la caridad, en un hombre íntegro comprometido con la verdad y el bien. ¿Qué mejor legado podemos dejar a la sociedad?

Siempre he defendido la dignidad inviolable del ser humano y los principios democráticos. La democracia implica respeto a quienes piensan distinto, a quienes no están de acuerdo contigo. No se puede imponer, en un país democrático, una ideología, unos principios, una moral obligatoria y una determinada visión del hombre y del mundo. Y cuando se impone una ideología como obligatoria, ya no hay democracia, sino dictadura; ya no hay libertad, sino imposición y tiranía.

Yo jamás estaría de acuerdo con alguien que quisiera imponer la religión católica a todo el mundo.

La enseñanza de la religión católica en la escuela es necesaria para que el alumno adquiera una formación plena e integral, que es lo que pretende la escuela. Para que el alumno alcance esta formación plena debe desarrollar todas sus capacidades y entre ellas está la dimensión religiosa y moral que le aporta el sentido a su vida, las respuestas a sus grandes preguntas, así como orientación, ejemplo y palabra del mismo Dios sobre su crecimiento en el bien y la verdad.

En España, la asignatura de religión es optativa. La escogen los padres que, desde sus principios y desde su fe, quieren que sus hijos sean educados en los valores de la moral católica. Pero respeto a quien profese otra religión o a quien no profese ninguna (faltaría más). Sin respeto a la libertad y al pluralismo, no hay democracia. El conflicto surge cuando el Estado se empeña en imponerles a mis hijos una manera de pensar que es contraria a la mía. Si los «progresistas» pretenden que todos comulguemos con sus ideas y que en España ya no haya sitio para conservadores o liberales o para cualquier otra opción distinta a la suya, a esto ya no se le puede llamar «democracia». A eso se le llama dictadura.

Lo que pretenden imponer es el llamado relativismo moral. Esto consiste en afirmar que lo que está bien y lo que está mal lo determinan las mayorías a través de las leyes aprobadas en el parlamento. Sería el consenso de las mayorías el que determinaría la moral. Por lo tanto, ya no cabría hablar de principios inmutables ni de ley natural. El bien y el mal dependerían de la mayoría que gobernara en cada momento. Las mayorías, en lo que a moral se refiere, nunca han tenido la razón. La moral siempre ha sido asunto de personas especialmente virtuosas: los maestros en asuntos morales han sido siempre los santos y los sabios. Y santos y sabios auténticos siempre ha habido pocos. Pero han sido esos pocos los que nos han enseñado a los que no somos tan santos ni tan sabios la diferencia entre el bien y el mal.

Si el parlamento dictamina que matar indiscriminadamente a los niños no nacidos está bien o que matar a los enfermos y a los viejos es bueno y lo hace con el respaldo de la mayoría de los ciudadanos, eso no significa que el aborto o la eutanasia sean moralmente aceptables. El aborto y la eutanasia, para un católico, siempre serán crímenes moralmente reprobables, por muy legalmente que sean perpetrados y por mucha gente que piense lo contrario.

No hay una moral universal. Ni tiene por qué haberla. En un país democrático deben convivir pacíficamente y respetarse las distintas concepciones del mundo y del hombre sin que nadie pretenda imponer sus principios a nadie.

El cardenal Zenon Grocholewski sostuvo, tiempo atrás, que «no debe ser el Estado el que dicte qué contenidos éticos se deben enseñar a todos: el Estado, siguiendo los sanos principios de la democracia, debe, sobre todo, respetar el derecho de los padres a determinar la educación ético-religiosa que quieren para sus propios hijos; es más, debe ayudar a los padres a educar a sus hijos según su conciencia».

¿Por qué se engaña y se miente a la gente de manera tan descarada? Defender la libertad no es asunto que afecte solo a los católicos, sino a cualquier demócrata que siga creyendo en la dignidad de las personas.

Quien crea tanta polémica con la enseñanza de la religión busca la igualdad de un pensamiento único y el detrimento de la libertad de conciencia de la persona y de educación. Y sin embargo la escuela la pagamos todos.

De igual manera se habla de la importancia de la educación integral, pero sin la religión no es posible la educación integral.

La educación no puede darse jamás en una atmósfera espiritual, moral, cultural, de relativismo o de escepticismo generalizado, a no ser que entendamos por educar domar ciudadanos para crear condiciones de orden, de modo que se pueda satisfacer determinadas expectativas políticas o económicas de poder. Por esa doma adquirimos hábitos de obediencia, orden y consumo; un determinado comportamiento social, moral, político y económico. Puro conductismo. Es lo propio del puritanismo y del utilitarismo. Busca conservar el orden para la satisfacción creciente de los intereses. En el fondo, una regulación represión-concesión de los deseos hedonistas siempre insaciables.

La buena educación lleva a descubrir el valor de cada cosa, para dar valor a lo que lo tiene, para reconocer por qué vale lo que vale.

Justo desde esta perspectiva cobra verdadero sentido la adquisición de hábitos, pues estos disponen las potencias del educando —memoria, entendimiento y voluntad—, para poder conocer la realidad de las cosas y desear el Bien.

Solo fundada en el bien la educación mueve el entendimiento y la voluntad y da sentido a todas las pasiones del ser humano. Esta es la máxima garantía de libertad personal y de dignidad. Un pueblo así fundado puede vivir esperanzadamente una vida social, económica y política protegida de los desvaríos totalitarios del poder y de la violencia gratuita del nihilismo.

He entresacado varios párrafos-frases de una entrevista que María Dolores de Cospedal concedió al diario español La Razón, septiembre de 2007:

. «Lo que se pretende es un adoctrinamiento con los valores» que «representa el actual Gobierno (del PSOE)».

. «Todo lo que pretende adoctrinar es una forma de imposición, se llame marxista o fascista».

. «Son los padres los que están preocupados por la educación de sus hijos. Una cosa es que la Iglesia Católica no esté a favor de la Educación para la Ciudadanía y otra que no cuente con el apoyo de los padres, con independencia de que sean católicos practicantes o no».

. «Al Gobierno no le interesa enfrentarse con los padres y tiene que decir que el enfrentamiento es con la Iglesia para así ganar votos. Además, tiene otra rentabilidad que es que adoctrinando a los niños en los valores socialistas hace futuros ciudadanos socialistas. Esa es la rentabilidad más importante de todas», anotó la senadora.

. La senadora de Castilla-La Mancha finaliza explicando que «si el Estado puede educar a los hijos de cualquier materia sin que los padres se opongan, es que estamos viviendo en una dictadura, lo llamen como lo llamen».