Colaboraciones

 

Los padres, primeros educadores de sus hijos (I)

 

30 diciembre, 2020 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Quienes han hecho nacer la vida tienen el deber de ayudar a desarrollar la vida según su propia naturaleza. Los padres han dado la vida a sus hijos y son ellos quienes asumen el deber de ayudar a crecer.

De forma solemne se lee en la Declaración sobre la educación cristiana de la juventud del Concilio Vaticano II: «Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, están gravemente obligados a la educación de la prole y, por tanto, ellos son los primeros y obligados educadores. Esta responsabilidad es de tanto peso que, si falta, difícilmente puede suplirse» (Gravissimum educationis momentum, 3). Y el Concilio remite a dos grandes documentos donde, de forma clara y rotunda y en circunstancias adversas, la Iglesia ha defendido la libertad de enseñanza: las encíclicas Divini Illius Magistri (Pío XI, 1929) y Mit brennender sorge (Pío XII, 1937).

Siempre será necesario insistir en las ideas centrales de la libertad de enseñanza, para evitar los atentados que contra ella se cometen con demasiada frecuencia.

La familia tiene prioridad de naturaleza y, por tanto, prioridad de derechos respecto a la sociedad civil. Los padres han recibido directamente del Creador la fecundidad, principio de vida, y, por tanto, principio de educación para la vida. Y los padres, junto con la fecundidad reciben también la autoridad, que es principio de orden.

Recordará Juan Pablo II en la Exh. Ap. Familiaris consortio que «el derecho-deber educativo de los padres se califica como esencial, relacionado como está con la transmisión de la vida humana; como original y primario, respecto al deber educativo de los demás, por la unicidad de la relación de amor que subsiste entre padre e hijos; como insustituible e inalienable y que, por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado por otros». Pero, insiste, el Pontífice, «por encima de estas características, no puede olvidarse que el elemento más radical que determina el deber educativo de los padres es el amor paterno y materno que encuentra en la acción educativa su realización, al hacer pleno y perfecto el servicio a la vida» (Familiaris consortio, 4 y 36). Este amor de los padres se transforma de fuente en alma y, por consiguiente, en norma que inspira y guía toda la acción educativa concreta, siendo enriquecida con los valores de la dulzura, constancia, bondad, servicio, desinterés, espíritu de sacrificio, que son el fruto más precioso del amor de los padres a sus hijos.