Colaboraciones

 

Los padres, primeros educadores de sus hijos (y IV)

 

04 enero, 2021 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Es importante señalar cómo la llamada escuela privada tiene una función pública, en cuanto que está abierta a todos aquellos que la quieren elegir y ofrece a sus alumnos los mismos servicios que las escuelas estatales. Tienen derecho esas escuelas a la financiación; así lo recordaba la Instrucción de la Congregación de la Doctrina de la Fe sobre Libertad cristiana y liberación: «La tarea educativa pertenece fundamental y prioritariamente a la familia. La función del Estado es subsidiaria; su papel es el de garantizar, proteger y promover y suplir. Cuando el Estado reivindica el monopolio escolar, va más allá de sus derechos y conculca la justicia. Compete a los padres el derecho de elegir la escuela a la cual enviar a sus propios hijos, así como crear y sostener centros educativos de acuerdo con sus propias convicciones. Es Estado no puede, sin cometer injusticia, limitarse a tolerar las escuelas llamadas privadas. Estas prestan un servicio público y tienen, por consiguiente, el derecho a ser ayudadas económicamente» (n. 94).

Al hablar de estos temas parece como si la Iglesia minusvalorara la función de los poderes públicos en la educación, pero no es así. Precisamente en el Concilio Vaticano II se afirmaba que «el Estado debe procurar que a todos los ciudadanos sea accesible la conveniente participación en la cultura y que se preparen debidamente para el cumplimiento de sus obligaciones y deberes civiles. Por consiguiente, el mismo Estado debe proteger el derecho de los niños a una educación escolar conveniente, vigilar la capacidad de los maestros y la eficacia de los estudios, mirar por la salud de los alumnos, y promover, en general, toda la obra escolar, teniendo en cuenta el principio de la obligación subsidiaria y excluyendo, por tanto, cualquier monopolio de las escuelas, que se opone a los derechos naturales de la persona humana, al progreso y a la divulgación de la misma cultura, a la convivencia pacífica de los ciudadanos y al pluralismo que hoy predomina en muchas sociedades» (Gravissimum educationis momentum, 6. Concilio Vaticano II).