Colaboraciones

 

Democracia (II)

 

08 enero, 2021 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Etimológicamente, «democracia» viene del griego «demos» (pueblo) y «Kratos» (poder). Por lo tanto, debe ser el poder del pueblo. Su definición puede ser la forma de organización social y política donde cada individuo participa directa y libremente en todos los actos que benefician y fortalecen la sociedad.

La democracia es un valor humano que la Iglesia valora y aprueba. A medida que la persona humana progresa, surgen hoy nuevas formas de libertad y también nuevas formas de pensamiento democrático. La Iglesia se esfuerza para que se llegue a una libertad basada en la verdad. No puede haber libertad sin verdad, así como no puede haber una democracia verdadera sin libertad auténtica.

Desde Pío XII en la Benignitas et humanitas (1944), la Iglesia se ha mostrado dispuesta a aceptar la democracia con tal de que no sea moralmente relativista, ni se crea —como no debe hacerlo ningún gobierno— fuente de moralidad, pero no ha puesto el requisito negativo de la exclusión de los partidos, ni como aparatos gobernantes, ni aún menos de la existencia legal.

Jacques Maritain escribió uno de los libros más importantes para el estudio y el análisis de la doctrina social cristiana, una obra con el título Cristianismo y democracia. Maritain señala que una de las mayores tragedias que tiene actualmente el mundo llamado «democrático» es que no ha podido realizar la democracia que desea el pueblo.

Dice Maritain que «la tragedia de las democracias modernas consiste en que ellas mismas no han logrado aún realizar la democracia».

El papel principal de la democracia debe ser ocupado por la persona humana. La primacía no es para el Estado, ni para el capital ni tampoco para el mercado, como en otros sistemas. La democracia es también la fe de los derechos de cada persona, para desempeñarse en la vida social. Es la persona cívica, y esos derechos deben desarrollarse en la actividad económica, política y social.

La democracia actual requiere algunas características, entre las que se pueden citar las siguientes:

- Elecciones libres.

- Estabilidad social, económica y política.

- Libertades públicas.

- Pluralismo partidista.

- Libertad de prensa.

- Libertad sindical.

- Defensa de la soberanía nacional.

- Libertad entre los poderes tradicionales, como son el legislativo, el ejecutivo y el judicial.

La democracia debe promover el bien común y la justicia social, valores permanentes para todas las personas humanas.

El sistema democrático debe renovarse constantemente para engrandecerse con los valiosos aportes que hacen diversos sistemas que luchan por libertades y derechos de las personas: las organizaciones intermedias, la sociedad civil y el pueblo en general. «La cuestión no está en encontrar un nuevo nombre para la democracia, sino en descubrir su verdadera esencia y realizarla. Se trata de pasar de la democracia burguesa, aborrecida por su hipocresía y su falta de savia evangélica, a la democracia integralmente humana; de la democracia fracasada a la democracia real», asegura Maritain. Aun con sus imperfecciones, el sistema democrático es el más conveniente para los intereses de las clases populares, pero debe tener representantes fiables para el pueblo.

La vida de un pueblo no se mide solo por las papeletas, sino por la calidad ética de las personas que votan y por la competencia y honestidad de los gobernantes y de los parlamentarios.

En realidad, un sistema político (democrático o de otro tipo) triunfa verdaderamente solo si promueve la justicia social, la paz entre la gente, la solidaridad, la honradez. Y fracasa, con o sin urnas, si promueve lo contrario.

Lo que hoy se pretende es hacer de los valores democráticos un decálogo exclusivo y excluyente.

Tanto se están ponderando las excelencias de nuestra democracia, que pareciera que el simple hecho de su cuestionamiento, fuera ya una intolerable herejía merecedora de mil condenas, cuando lo cierto es que se trata de una realidad relativa, sobre la que se puede e incluso conviene ser críticos.

En la encíclica Pacem in terris en consonancia con las orientaciones políticas de Sto. Tomás se nos dice que: «No puede establecerse una norma universal sobre cuál sea la forma mejor de gobierno, ni sobre los sistemas más adecuados para el ejercicio de las funciones públicas»; si esto es así los católicos deberíamos ser cautos y analizar las ventajas y los inconvenientes de nuestro actual sistema político, para ver si es el que más conviene.

Debiéramos ser también lo suficientemente valientes para ejercer una crítica responsable, aunque sea contra viento y marea. A esto es a lo que llamamos compromiso sin complejos, tan necesario hoy día.