Colaboraciones

 

Democracia (III)

 

09 enero, 2021 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La actual Constitución española, a pesar de ser laica, establece: «Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las correspondientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás religiones» (art. 16, p. 3). Los partidos, dirigentes y socios políticos deben tener presentes estos hechos y estas realidades religiosas católicas del Pueblo Español, si pretenden representarle y gobernarle democráticamente y constitucionalmente.

Después del Concilio Vaticano II los católicos sabemos muy bien que lo mismo que existe una libertad religiosa debiera existir una libertad política, que permitiera a cada ciudadano expresar y defender sus preferencias.

¿Tal libertad política existe hoy en España?

En los periódicos y revistas, en la televisión, en las tertulias de radio, en cualquier medio de comunicación público, solo se oyen voces a favor del sistema, ninguna voz crítica. Si alguno de los responsables de estos medios públicos osara salirse de su papel de defensor a ultranza de nuestra democracia, sabe muy bien que tendría los minutos contados.

Nos preguntamos: ¿si hoy estuvieran Sócrates o Platón entre nosotros se les invitaría a los platós de televisión para que expusieran las razones que les impidieron ser demócratas?

La sacralización de nuestra democracia ha llegado a tanto, que incluso dentro del entorno católico no se ve con buenos ojos a quien en este asunto intente nadar contra corriente.

Podríamos poner muchos ejemplos. En nuestro recuerdo ha quedado grabado el entusiasta recibimiento del advenimiento de la democracia en España por parte de alguno de nuestros prelados; pero hemos olvidado que también hubo otros, como Mons. Guerra Campos o Mons. Marcelo González, personas íntegras donde las haya, que no participaron de este mismo entusiasmo, porque preveían lo que iba a suceder y no se equivocaron.

Al final ha sucedido lo que tenía que suceder y mucho nos tememos que no hemos tocado fondo.

Sería oportuno recordar las palabras de Benedicto XVI que dejó escritas en un artículo titulado “Verdad y Libertad”, cuando todavía era el cardenal Ratzinger. Aquí están:

«La sensación de que la democracia no es la forma correcta de libertad es bastante común y se propaga cada vez más. No es fácil descartar simplemente la crítica marxista de la democracia: ¿en qué medida son libres las elecciones? ¿En qué medida son manipulados los resultados por la propaganda, es decir, por el capital, por un pequeño número de individuos que domina la opinión pública? ¿No existe una nueva oligarquía, que determina lo que es moderno y progresista, lo que un hombre ilustrado debe pensar? Es suficientemente notoria la crueldad de esta oligarquía y su poder de ejecución pública. Cualquiera que interfiera su tarea es un enemigo de la libertad, porque después de todo está obstaculizando la expresión libre de la opinión. ¿Y cómo se llega a tomar decisiones en los órganos representativos? ¿Quién podría seguir creyendo que el bienestar general de la comunidad orienta realmente el proceso de toma de decisiones? ¿Quién podría dudar del poder de ciertos intereses especiales, cuyas manos sucias están a la vista cada vez con mayor frecuencia? Y en general, ¿es realmente el sistema de mayoría y minoría realmente un sistema de libertad? ¿Y no son los grupos de intereses de todo tipo manifiestamente más fuertes que el parlamento, órgano esencial de la representación política? En este enmarañado juego de poderes surge el problema de la ingobernabilidad en forma aún más amenazadora: el predominio de la voluntad de ciertos individuos sobre otros obstaculiza la libertad de la totalidad».

Naturalmente que un católico ha de estar abierto al pluralismo político, no faltaría más; pero ello no implica que esté obligado a sentirse orgulloso de una constitución atea que no tiene en cuenta los derechos de Dios.

Naturalmente que un católico debe ser respetuoso con la libertad de elección política; pero ello no significa que tenga la obligación de apoyar a un sistema que vaya en contra de sus principios. Nuestro sistema político está siendo lo que cabía esperar de él.

El tiempo ha ido pasando y las previsiones han dado paso a los hechos consumados, los frutos amargos no se han hecho esperar. Ahí están, cualquiera puede verlos: matrimonios rotos, familias deshechas, escuela en ruinas, sociedad enferma, la identidad de la nación amenazada. ¿Es que cabía esperar otra cosa de un sistema basado en criterios arbitrarios y subjetivistas?

Cuando se abandonan todos los principios absolutos, se olvidan las verdades intemporales, se reniega de los fundamentos últimos del orden jurídico y moral, lo único que nos queda es un relativismo inconsistente que nos hace ir a la deriva.

Esto es lo verdaderamente peligroso. En todos los tiempos se han cometido faltas de ortografía; pero cuando todavía están vigentes las reglas por las que esta se rige, aún es posible la esperanza. Lo malo es cuando las reglas de ortografía han dejado de existir. Entonces es obligado pensar en lo peor y esto es precisamente algo de lo que está pasando. No nos engañemos, el bienestar exclusivamente material y hedonista en el que nos encontramos tan a gusto no nos salvará. El simple desarrollo material no es garantía de futuro para los hombres y mujeres de esta generación, ni de las próximas.

Los católicos vivimos escandalizados por las prácticas criminales, vergonzosas y aberrantes en nuestra sociedad. Los divorcios y los abortos proliferan cada vez más, la violencia doméstica, las perversiones sexuales adquieren carta de naturaleza, las burlas blasfemas hacia lo sagrado son toleradas, cuando no subvencionadas con el dinero público.

Todo esto es muy lamentable, no digamos que no. Lo que sucede es que ello es consecuencia de un sistema que ha relativizado lo absoluto y ha absolutizado lo relativo y de este sistema que es precisamente el culpable de lo que está pasando, no decimos nada, lo bendecimos y hasta nos parece bien. No acabamos de entenderlo; pero es así.

No nos engañemos, la fe y revelación como fuentes de certezas firmes, las verdades absolutas y universales no tienen lugar en las democracias relativistas, como tampoco lo tiene Dios; pero es conveniente que así sea, se nos dirá, porque de este modo no se hieren sensibilidades de los que no creen en esas cosas y así todos podemos vivir en paz.