Colaboraciones

 

Democracia (V)

 

12 enero, 2021 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Históricamente, ante la experiencia de muchos sistemas de gobierno que lastimaban a las personas y que las excluían de las funciones de gobierno, fue surgiendo la convicción de que se trataba de una injusticia que lastimaba la dignidad y los derechos de los súbditos, en su calidad de personas, quienes tenían que someterse a los caprichos de un tirano, de un monarca, de un señor feudal, etc.

Resultaba prácticamente imposible defenderse de tales despotismos sin poder participar en las funciones de gobierno. Más aun, el hecho mismo de ser excluidos de las funciones de gobierno era ya un atropello a la dignidad y los derechos de las personas.

Era necesario, pues, que a todos les fuera reconocido el derecho de poder participar en el gobierno: ¡solo así se lograría que todos fueran respetados! Y la ley pendular de la historia —que suele llevar las cosas de un extremo a otro— dio lugar a que prácticamente todos quisieran participar o tuvieran la ilusión de participar en las funciones gubernamentales, casi por el solo hecho de que nunca habían participado en ellas. ¿Pero cómo lograr la participación de todos?

No era posible que todos fueran gobernantes, ni siquiera funcionarios de bajo nivel. Pese a ello, parecía muy claro que la norma de gobierno debería ser la voluntad del pueblo. ¿Pero cómo podía manifestarse o conocerse la voluntad del pueblo? La dificultad se agravaba por el hecho de que el pueblo casi nunca está de acuerdo unánimamente en cosa alguna. Y la realidad es que el pueblo no tiene voluntad, porque el pueblo no es persona.

La solución fácil —y falsa— fue considerar que la voluntad del pueblo era la de la mayoría, y que esa voluntad mayoritaria se podía conocer votando, y contando luego el número de los votos. Pero aun así la dificultad persistía, porque el pueblo no podía estar votando cada una de las decisiones de gobierno; además era muy difícil, sin buenos medios de comunicación y cómputo, realizar las votaciones populares y el conteo de las mismas.

Entonces se pensó que la voluntad del pueblo podría expresarse eligiendo a sus gobernantes por mayoría de votos. En adelante ya no se pensaría que la autoridad viene de Dios, sino del pueblo, o, en el mejor de los casos, que viene de Dios a través del pueblo. Obviamente, lo que sucedió fue que los gobernantes, una vez elegidos, empezaron a gobernar como ellos querían, al margen de lo que quisiera el pueblo.

El resultado fue que las personas —el pueblo— seguían siendo atropelladas en su dignidad y sus derechos. Se hacía imperioso lograr elegir a gobernantes que verdaderamente representaran y respetaran la voluntad del pueblo. Resultaba indispensable que quien llegara al poder se comprometiera con el pueblo respecto a lo que haría en sus funciones de gobernante. Entonces, quienes pretendían llegar al poder empezaron a elaborar planes o proyectos de gobierno, a hacerle promesas al pueblo y a buscar el apoyo de los poderosos, los ricos y todos los que de un modo o de otro fueran influyentes. Y así, poco a poco, fueron surgiendo los partidos políticos y las campañas electorales.

¡Ahí tenemos la democracia de los partidos! Y ahí la tenemos junto con la ingenua suposición de que favorece a la democracia de las personas. Pronto se vio que los gobernantes así elegidos tienen más afán de poder que deseos de servir al pueblo, al bien común. Pronto se vio que las campañas electorales habrían de manipular los medios de comunicación para presentar los candidatos al pueblo como ellos quieren ser presentados, y no como realmente son.

Pronto se vio que los proyectos de gobierno habrían de estar destinados a prometerle al pueblo lo que este quisiera oír —para conseguir su voto— aunque no se tuviera el propósito de cumplir tales proyectos y promesas. Y nuevamente las personas —el pueblo— siguieron siendo atropelladas en su dignidad y sus derechos. ¿No es así? ¿No es eso lo que hemos venido viviendo y padeciendo? En mayor o menor medida, en todos los países democráticos ha sucedido lo mismo.

El resultado es que la democracia de los partidos no ha favorecido a la democracia de las personas, sino todo lo contrario. Por eso es necesario que comencemos a cuestionar nuestro sistema democrático, que lo sometamos a crítica y que lo pensemos y repensemos en profundidad. Lo que no funciona es nuestro sistema, y no tanto nuestras personas. Es el sistema el que deteriora a las personas, más que las personas al sistema. Y lo que nosotros hemos venido haciendo ha sido criticar y atacar a las personas, en vez de cuestionar y revisar nuestros sistemas.

Lo fácil es sacar nuestras «tijeras» y hacer pedazos a las personas, sin dejar títere con cabeza; pero se trata de algo muy destructivo. Lo constructivo es mejorar nuestros sistemas y educar a nuestra gente, incluidos los funcionarios y políticos; mas para lograrlo es indispensable atreverse a pensar, incluso contra corriente y contra lo establecido, reconocer errores y omisiones, corregir, afinar, quitar lo que sobra y añadir lo que falta.

Los candidatos de los diversos partidos no suelen ser malas personas. Si alguno de ellos nos invitara a comer a su casa, con seguridad nos trataría de maravilla, se comportaría con gran educación y descubriríamos que es una fina persona. En cambio, cuando aparecen en la televisión se muestran como unos verdaderos patanes, que se insultan unos a otros, se atacan en lo personal, sacando a la luz pública incluso defectos y faltas de sus vidas privadas; les importa más desacreditar y desprestigiar al otro que convencer al pueblo de las bondades de su programa político.

Y lo hacen así porque el sistema los empuja a obrar así, porque así es como pueden lograr mayores probabilidades de triunfar dentro de un sistema democrático de partidos políticos en pugna mediante campañas electorales que se deciden por votación. Y cuando los triunfadores llegan al poder, es también el sistema el que los empuja hacia la corrupción. ¡Lo que falla es nuestro sistema democrático!

Es muy importante que los sistemas nos empujen a mejorar; y el sistema que hoy tenemos nos está empujando a empeorar. Sucede como con nuestro sistema escolar, que empuja a copiar en los exámenes, ¿no es verdad? De poco sirve que se les repita a los alumnos —hasta la saciedad— que no deben copiar, si el sistema los empuja a copiar. Si repruebas el examen se te viene el mundo encima, y lo puedes evitar copiando... ¡pues acabas copiando! El sistema te empuja a copiar. De manera semejante, nuestro sistema democrático —la democracia de los partidos— empuja hacia la corrupción.

Los sistemas deben estar diseñados y construidos de manera que ante las desviaciones tiendan a corregirse por sí mismos, casi automáticamente. Este principio se puede apreciar con claridad en todas las embarcaciones, donde lo correcto es que el centro de gravedad esté por debajo de la línea de flotación.

Cuando un barco construido así se ladea, el empuje de su propio peso hacia abajo y el empuje del agua hacia arriba tienden a enderezarlo y nivelarlo; se trata de un círculo virtuoso. En cambio, si el centro de gravedad estuviera por encima de la línea de flotación, al ladearse el barco ambas fuerzas colaborarían para volcarlo por completo; se trataría de un círculo vicioso.

Pues, bien, algo semejante sucede con todos los sistemas: deben estar diseñados y construidos para autocorregirse ante las desviaciones. Los sistemas políticos no son una excepción a esta regla, por muy democráticos que sean; pero la democracia de los partidos es un sistema construido al revés, y que por tanto da lugar a círculos viciosos. Veamos al menos algunos ejemplos.

Los países más pobres son los que tienen menos equipo electrónico y demás elementos necesarios para llevar a cabo elecciones rápidas, claras y limpias; por el contrario, son los más vulnerables a las duplicidades de votos, robos de urnas y todo tipo de trampas; lo cual lleva a que no se acepten las elecciones y a que se exija una segunda vuelta electoral. De tal manera, la multiplicidad de costosas rondas electorales empobrece más y más a un país que ya era pobre, en un círculo vicioso de empobrecimiento democrático, que, por supuesto, tiene lugar en una democracia de los partidos.

También sucede que cada partido político, para lograr mantenerse en el poder, apoya en todo a sus miembros activos en funciones gubernamentales a fin de que aumenten su poder y la fuerza de su partido; con lo cual tales miembros, al verse más poderosos e impunes, se hacen cada vez más corruptos; lo que lleva a que el partido también se corrompa y apoye a sus miembros activos por todos los medios posibles, sin importar lo ilegítimos o inmorales que puedan ser. Y en tal círculo vicioso los gobernantes terminan gobernando con la finalidad de mantenerse en el poder, o de mantener en el poder a su partido, en vez de gobernar con el fin de lograr el bien común o beneficio del pueblo.

Política es el arte de gobernar en justicia y en paz la vida personal, laboral y social de los ciudadanos de un Pueblo, Nación o Estado mirando a su bienestar y bien común. Sin embargo, para ciertos políticos, la política es esencialmente una lucha y una contienda que permite asegurar a los individuos y a los partidos que detectan el poder su dominación sobre la sociedad, y al mismo tiempo, la adquisición de ventajas, beneficios y privilegios que se desprenden de la ostentación del poder político La democracia no está al servicio de la política, sino que la política debe estar al servicio de la democracia.

Los políticos deben ser servidores del pueblo. Las personas que acceden a cargos y destinos de responsabilidad política, sin saber gobernarse a sí mismos ni a su familia, no son los más representativos ni los más idóneos para gobernar democráticamente al pueblo. Los partidos políticos deben buscar personas competentes y honestas que sirvan al pueblo haciendo leyes justas y buenas y aplicándolas correctamente para el bienestar personal y social del pueblo.