Colaboraciones

 

La tentación (I)

 

10 febrero, 2021 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Demonio, carne y mundo son los enemigos del hombre: los tres obran en coalición permanente, y ellos son los que lo inducen al pecado y a la perdición temporal y eterna. El Evangelio de Cristo lo enseña con toda claridad y lo mismo los Apóstoles (Ef 2, 1-3 et passim). El peor de los tres enemigos es el demonio, «príncipe de este mundo» (Jn 12, 31), «dios de este mundo» (2 Cor 4, 4); y «quien comete pecado ese es del diablo» (1 Jn 3, 8), es decir, está más o menos cautivo de él, bajo su influjo.

«Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros pecados, nos dio vida por Cristo —por gracia habéis sido salvados—, y nos resucitó y nos sentó en los cielos por Cristo Jesús, a fin de mostrar a los siglos venideros la excelsa riqueza de su gracia, por su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús. Pues por gracia habéis sido salvados por la fe. Y esto no os viene de vosotros, es don de Dios» (Ef 2, 4-8).

Así es la vida del hombre en la tierra, y el hecho de que hoy estas cosas apenas se prediquen no cambia en nada la verdad de la realidad. Demonio, carne y mundo son los enemigos del hombre, y los tres han de ser vencidos con Cristo Salvador.

Como las virtudes crecen por actos intensos, y como la persona no suele hacerlos como no se vea apremiada por la situación difícil, por eso Dios permite en su providencia ciertas pruebas que afectan al hombre —enfermedades, riquezas, desengaños, pobrezas, etc.—, dando su gracia para que la dificultad que ha permitido sea ocasión de crecimiento espiritual (Rm 8, 28). De este modo, en una prueba, durante una enfermedad, por ejemplo, la persona puede con la gracia del Salvador crecer más en paciencia y esperanza que en tiempo de salud.

Dios nos pone a prueba para acrisolar nuestro corazón (Dt 13, 3; Prov 17, 3; 1 Pe 4, 12-13). Y con la prueba, da su gracia: «Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que dispondrá con la tentación el modo de poderla resistir con éxito» (1 Cor 10, 13). Por eso, «tened por sumo gozo veros rodeados de diversas tentaciones, considerando que la prueba de vuestra fe engendra paciencia» (Sant 1, 2-3). Y merece el premio prometido: «Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque, probado, recibirá la corona de la vida que Dios prometió a los que le aman» (1, 12). En este sentido, toda la vida del hombre, que incluye por supuesto las consecuencias de los pecados propios y ajenos, es una serie continua de pruebas dispuestas por Dios providente para purificarlo, santificarlo y conducirlo al cielo.

Por la misma razón, Dios permite que el hombre sufra tentaciones, esto es, inducciones al mal que proceden del demonio, del mundo y de la propia carne, y al decir «la carne», en sentido bíblico, nos referimos a la propia naturaleza humana, caída en cuerpo y alma. Estos son los tres enemigos que hostilizan al hombre, según enseña Jesús, por ejemplo, en la parábola del sembrador. Denuncia la acción del demonio: «Viene el maligno y le arrebata lo que se había sembrado en su corazón». Alude a la carne: «No tiene raíces en sí mismo, sino que es voluble»; y es que «el espíritu está pronto, pero la carne es flaca». Indica en fin el influjo del mundo: «Los cuidados del siglo y la seducción de las riquezas» (Mt 13, 1-8; 18-23; 26, 41). Los cristianos, pues, como dice el concilio de Trento, estamos en «lucha con la carne, con el mundo y con el diablo» (Dz 1541).

El proceso de la tentación nos es bien conocido, pues ya desde el principio de la revelación la Biblia nos describe sus fases, tipificadas en el pecado de nuestros primeros padres (Gén 3, 1-13):

La tentación parte de demonio, y se inicia como una sugestión primera, aparentemente inocua («la serpiente, el más astuto de los animales», pregunta a la mujer: «¿Cómo es que Dios os ha dicho “no comáis de ninguno de los árboles del jardín?”»). Tal sugestión, claramente envenenada por la mentira, debería ser desechada al instante. Pero el hombre entra en diálogo, también inocente en apariencia, con la tentación: solo se trata de dejar la verdad en su sitio (Eva responde: «Podemos comer del fruto de los árboles del jardín, pero del fruto del árbol que está en el medio del jardín, ha dicho Dios “no comáis de él, ni lo toquéis, bajo pena de muerte”»).

Viene entonces ya la tentación descarada y punzante («no, no moriréis. Es que Dios sabe que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedo­res del bien y del mal»). He aquí la fascinación de la felicidad, de la autonomía, la gozosa independencia del hombre, a la que se une la propia atracción del fruto del árbol (la mujer ve que el árbol era bueno para comer, y misterioso del consentimiento del mal, de la desobediencia a Dios (Eva «tomó de su fruto y comió»). Pero en seguida, tras el pecado, viene el escándalo, inexorablemente, como la sombra sigue al cuerpo, surgiendo así una nefasta solidaridad en el mal («y dio también a su marido, que igualmente comió»).

Así llega el hombre a la vergüenza inherente al pecado («entonces se les abrieron los ojos y se dieron cuenta que estaban desnudos», desnudos ante todo del hábito de la gracia divina; y «el hombre y la mujer se escondieron de Yavé Dios por entre los árboles del jardín»). Los hombres se separan así de Dios, pierden la relación amistosa que tenían con Él. Y esa separación entraña la dessolidarización entre ellos mismos, las acusaciones mutuas y las excusas («la mujer que me diste por compañera me dio de él y comí», «la serpiente me engañó y comí»). Esta es la sutil gradualidad de la tentación: el hombre puede hundirse en la muerte del pecado con extrema suavidad.

«La vida del hombre sobre la tierra es milicia» (Job 7, 1). Y el cristiano, como «buen soldado de Cristo Jesús» (2 Tim 2, 3), ha de librar «el buen combate» (1 Tim 1, 18). San Agustín dice que «la vida de los santos ha consistido en esta lucha continua; y en esta guerra tendrás que luchar tú hasta que mueras» (Sermón 151, 7).

Los enemigos son el demonio, la carne y el mundo, como hemos visto. Evagrio Póntico, el monje sabio del desierto, señala ocho principales pensamientos malos y deseos pecaminosos: gula, lujuria, avaricia, tristeza, ira, acedía, vanagloria y soberbia (Practicós 6-33; De octo spiritibus malitiæ). Y su enseñanza se hace clásica. También santo Tomás la acepta con alguna variante, y señala siete pecados o vicios capitales: soberbia o vanagloria, envidia, ira, avaricia, lujuria, gula y pereza o acedía (STh I-II, 84). Estos pecados son como principios o cabezas de todos los demás («capitale a capite dicitur», 84, 3). La avaricia (avidez desordenada de riquezas) y la soberbia (afán desordenado de la propia excelencia) son especialmente peligrosos: la avaricia, avidez de criaturas, y la soberbia están en la raíz de todo pecado (1 Tim 6, 10; I-II, 84, 1-2).