Colaboraciones

 

La tentación (III)

 

12 febrero, 2021 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Muchos errores ha habido y hay en la lucha contra las tentaciones, es decir, contra el pecado.

Algunos, como Lutero y Bayo, confunden concupiscencia y pecado, sin saber que no hay pecado en sentir la inclinación al mal, sino en consentir en ella. Y no todos los católicos quedan exentos de ese grave error. En el sacramento de la penitencia —según confesores— no rara vez los penitentes se acusan de haber tenido tentaciones en las que no han caído, como si solo el haberlas tenido fuera pecado.

Otros, al verse tentados, ceden la voluntad, alegando su debilidad congénita o que «todos lo hacen». Incluso algunos, en actitud que recuerda el luteranismo primitivo o el quietismo, creen que no se debe resistir activamente contra la tentación (Errores de Molinos 1687: Dz 2237 ss).

Pero es mayor la corrup­ción de quienes, ante la tentación, ceden también el intelecto, autorizándose a ver lo malo como bueno (2 Tim 3, 1-9; 4, 3-4; Tit 1, 10-16) o, al menos, excusando el pecado como algo sin importancia y en cierto modo inevitable. Mala es la flaqueza de la voluntad, pero en cierto modo aún es peor la corrupción del entendimiento. El hombre queda entonces sujeto del todo al padre de la mentira, cuando no solo le cede su voluntad en la tentación, sino cuando permite incluso que su entendimiento, rechazando la verdad, quede cautivo de sus mentiras. Según esto, puede llegarse a considerar ciertas situaciones de pecado mortal —por ejemplo, el adulterio—, como «un regalo del cielo» (Cardenal Kasper), como «un desarrollo, como un acercamiento personal a Dios» (Arzobispo Agrelo).

El Beato Raimundo de Capua, O.P. (+1399), director espiritual de santa Catalina de Siena (+1380), escribió su biografía, la llamada Legenda maior. Y en una ocasión refiere lo que la Santa le dijo a propósito de una visión que había tenido del purgatorio. «“Me sorprendió de un modo especial la manera en que son castigados los que pecan en el estado matrimonial, no respetándolo como es su deber y buscando las satisfacciones de la concupiscencia”. Le pregunté entonces por qué aquel pecado, que no era más grave que los demás, era castigado más severamente. Respondió: “Porque a ese pecado no le dan importancia, y por consiguiente no sienten dolor por él como por los demás y, por tanto, caen en él más frecuentemente y con más facilidad”» (Legenda 215).

Y no faltan quienes consideran el pecado como una experiencia enriquecedora. Sin el pecado, argumentan, la persona humana no podría llegar a conocerse bien y a experimentar del todo la misericordia de Dios. Por otra parte, toda experiencia, incluso la culpable, implica una dilatación positiva de la personalidad.

Según este enorme error, la personalidad de los santos conversos sería más rica que la de los santos que con la gracia divina mantuvieron la inocencia. Habría que pensar, según esto, que las personalidades de Jesús o de María, al no haber conocido el pecado, serían en algo incompletas. Gran mentira: 1.- El pecador habitual no ve frecuentemente su pecado, ni se considera culpable, porque está plenamente connaturalizado con él. Por ejemplo, el rico gravemente injusto de la parábola no conoce ni reconoce su pecado: no mira al pobre Lázaro con mala conciencia, entre otras cosas porque no lo mira, aunque esté tirado en la puerta de su propia casa. 2.- Nadie conoce el pecado tanto como los santos. Los pecadores, conocen algo de él, en la medida en que se reconocen culpables, se convierten y se alejan de él. Pero en la medida en que siguen pecando, son los que menos saben del pecado: «no saben lo que hacen» (Lc 23, 34; cf. Rm 7,15; 1 Tim 1, 13).