Colaboraciones

 

La tentación (IV)

 

12 febrero, 2021 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

Tenemos una palabra en el lenguaje cristiano que casi nos da miedo el pronunciarla. Es la palabra tentación. Decir tentación es lo mismo que decir prueba, y a nadie le gusta que le prueben, lo mismo en un examen de la universidad que la sangre en el laboratorio.

Pero, al hablar de tentación, hay que partir de la misma Palabra de Dios, la cual nos dice que Él no tienta a nadie, porque no puede pretender ningún mal. Lo que ocurre es que Dios, sabio y bueno, ordena todos los acontecimientos de tal manera que se convierten en demostración de nuestra fidelidad y de nuestro amor al Señor.

Es un hecho constante en la Iglesia que todos los santos han experimentado grandes pruebas.

Para nuestra tranquilidad hemos de saber que san Pablo dice que Dios jamás permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas.

Convivimos con las tentaciones, pero no solo nos pasa a nosotros, a Dios cuando se hizo humano también le pasó. Pero hay formas de evitar que las tentaciones nos hagan hacer cosas de las que nos arrepentiremos y nos pasen la factura.

Una definición de la tentación bastante sencilla y sucinta es que “la tentación es la obra del diablo para arrastrarnos al infierno”. De modo que al luchar contra la tentación estamos en una guerra con un enemigo que quiere destruirnos. Quiere esto porque él tiene envidia de nuestra excelencia ante Dios.

En un sentido más académico, la tentación se define como una atracción, ya sea desde fuera o desde dentro de uno mismo, para actuar en contra de la recta razón y los mandamientos de Dios.

Jesús mismo durante su vida en la tierra fue tentado, tratando de poner a prueba su actitud filial hacia Dios, para manifestar tanto la oposición entre él y el diablo como el triunfo de su obra de salvación sobre satanás (Cf. Catecismo, 538).

Como personas libres que somos invitadas a amar a Dios y decir que sí a su voluntad, debemos estar autorizados a decir que no. Debe haber alternativas reales a lo que Dios ofrece.

Si Dios puede forzar nuestros sí, entonces no seríamos libres y nuestro sí no tendría ningún significado real.

Pero, ¿por qué no limita Dios la tentación para que tengamos más de una oportunidad? De hecho, Dios pone límites a la tentación hasta cierto punto. Y también nos ofrece otras fuentes sagradas de influencia.

Limita la tentación por el simple hecho de que no todo es posible para nosotros. Experimentamos límites físicos, intelectuales, económicos, y así sucesivamente. Tampoco podemos tener cada opción disponible en todo momento; elegir una cosa excluye a menudo otras.

Además, Dios nos envía buenas influencias. Su voz hace eco en nuestra conciencia. Él nos ha dado la inteligencia y la razón para que seamos capaces de descifrar la ley natural. Él nos ha dado una atracción a la bondad, la belleza y la verdad. Él nos ofrece la gracia de la fe y todas las demás gracias necesarias para soportar.

Él nos ha dado la revelación directa en su Escritura para que podamos acceder por la fe. Él ha enviado profetas y aun a su propio Hijo. Y su Hijo continúa su ministerio de la enseñanza de la salvación y la reconciliación a través de Su Cuerpo, la Iglesia.

Así que Dios pone límites a la tentación y nos da otras buenas influencias para equilibrar las tentaciones.

En cuanto a las tentaciones de la carne, “carne” no se refiere al cuerpo físico en sí, sino a nuestras muchas tendencias pecaminosas. La carne es esa parte de nosotros que es rebelde, que no le gusta que le digan qué hacer, que se resiste a la verdad y se eriza a ser menos que Dios y a ser dependiente de Él.

En las enseñanzas tradicionales, los siete pecados más básicos son el orgullo, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la envidia y la pereza. Otras tendencias pecaminosas de la carne incluyen el miedo, el odio, la venganza, la incredulidad y la mundanidad.

Estos sirven como fuentes profundas de la tentación y explican por qué el mal nos tienta, por qué es difícil de resistir, y por qué a menudo nos sentimos abrumados por el diablo y el mundo.

Algunas tentaciones vienen directamente de satanás y los demonios, que nos sugieren malos pensamientos y cosas malas. Satanás también es capaz de manipular el mundo (ya que él es el príncipe de este mundo) y nuestra carne, desde que le abrimos una cantidad de puertas.

Para tener más éxito en resistir la tentación se necesita establecer una base sólida. Hay mucho trabajo por hacer como el cultivo en la virtud, la realización de las purificaciones activas y las mortificaciones, la profundización de nuestra vida de oración y la relación con Dios, aprender a evitar las ocasiones de pecado comunes, enraizar nuestros pensamientos menos en el mundo y más en lo que importa a Dios, y así sucesivamente.

Fielmente y de manera constante, hay una batalla hacia la comprensión de lo que está mal y lo que es bueno y más perfecto.

Si hacemos esto, lo que nos tienta disminuirá y la intensidad de lo que queda como tentación será más débil.  Si nos limitamos a buscar consejo rápido sobre cómo ignorar o resistir pensamientos lujuriosos sin una buena base los resultados pueden ser bastante desalentadores.

Teólogos morales y espirituales hablan de una serie de prácticas que ayudan a superar las tentaciones:

- El crecimiento en el autoconocimiento y el conocimiento de Dios.

- Mortificaciones.

- Centrarse en las raíces del pecado.

- Detectar el defecto dominante.

- El crecimiento de todas las virtudes (virtud de la templanza, fortaleza de la mente...).

- Purificaciones activas: de los sentidos (cuidado de los ojos, oídos, comodidades, placeres corporales…) de la imaginación (pensamientos necios, impuros, profanos…), de la memoria (pecados pasados…), del intelecto (recurrir a la Biblia, a buenos libros teológicos y espirituales, a la vida de los santos, etc.), de la voluntad (practicar cada vez más e intencionalmente la virtud, reforzándola y desplazando las malas tendencias, los vicios. Buscar crecer en el amor a Dios y al prójimo y actuar menos por amor propio. En la medida que la virtud crece se hace más natural y hacemos las cosas buenas con mayor facilidad. Los vicios se atenúan con ello).

Confesión regular.

Santa Comunión.

Oración.