Colaboraciones

 

La tentación (V)

 

14 febrero, 2021 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La preparación previa es necesaria mucho antes del momento de la tentación, si queremos evitar algunas tentaciones por completo y estar mejor equipados para evitar aquellas que vienen.

Aprender y practicar la virtud fielmente es un gran medio para evitar una multitud de tentaciones.

Ninguno de nosotros escapa totalmente a toda tentación. Cuando lleguen, probar algunas de estas cosas:

- Desarrollar el hábito de centrarnos en lo que estamos haciendo y de no ser fácilmente distraídos. Ser conscientes e intencionales es una forma de disciplinar nuestras mentes. El aprendizaje de la misma nos ayuda cuando surgen tentaciones (muchas de los cuales son formas de distracción). En la medida de lo posible, mantener la concentración y claridad sobre lo que estamos haciendo en todo momento. Nuestra mente puede verse afectada y ayudada incluso por la disciplina física de la limpieza de una cocina o escribir un artículo.

- No vamos a ganar todas las batallas sobre todo al principio. Pero ganar las que podamos y ser agradecidos. Así que no nos desanimemos, ganar lo que podamos y cuando caigamos, caeremos sobre Jesús y conseguiremos hacerlo de nuevo y trataremos de ganar el siguiente round. Una victoria a la vez.

- Resistir la tentación requiere esfuerzo, pero trae recompensas y no facturas más tarde. La Escritura dice: «Bendito es el que soporta la tentación, porque, después de haber superado la prueba, esa persona recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que le aman» (Santiago 1:12).

- La escritura dice, porque «Él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados» (Hebreos 2:18). Tener en cuenta que Él es capaz de ayudar. Pedir confiar y actuar Su Palabra, que dice: «Mayor es el que está en vosotros que el que está en el mundo» (1 Juan 4:4).

- Mantenerse en oración consciente de Dios. La mayoría de la gente vive la vida en el modo de reacción en lugar del modo de reflexión. Aquellos que reflexionan pueden ir hasta un grupo de chismosos, comprender lo que está pasando, y luego dar un paso atrás en lugar de cooperar, quizás incluso dirigir la conversación hacia otro lugar. Los que están en modo de reacción solo se unen de pleno sin pensar. Jesús dice: «Velad y orad para que no entréis en tentación. El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil» (Mateo 26:41).

- Aceptar que vamos a tener que sufrir a veces para resistir la tentación.

Es fácil y muchas veces agradable al pecado. Es difícil y a veces desagradable resistir sus impulsos.

- Si algo nos hace pecar con frecuencia, debemos estar dispuestos a desprendernos de ello, incluso si es difícil.

- Amar a Dios y pidámosle en los momentos de tentación por la gracia de amarlo más que al pecado, más que a nosotros mismos, y más que a nuestro placer.

Mirar el momento de la tentación como un tiempo para demostrar que nuestro amor por Dios es mayor que el que tenemos al mundo. Aceptar el reto y darnos cuenta que cada victoria tenderá a aumentar nuestro amor por Dios y su verdad.

- En algunas tentaciones (como las adicciones) es bueno tener un patrocinador o amigo que podemos llamar cuando estamos luchando.

Ellos nos ayudan a apoyarnos y también a hacernos responsables.

Tener en cuenta que estas sugerencias pueden ayudar, pero la verdadera victoria se basa en que nuestra base sea fuerte. Mantener la construcción de los cimientos y recordar que la santidad es una ganancia a largo plazo.

Al mundo moderno le gusta el microondas, pero el camino de Dios es más como una cazuela de barro.

Aprender a saborear el crecimiento constante de la santidad y ver cómo las tentaciones disminuyen y se vuelven menos irritantes.

Las tentaciones nunca dejarán este lado del velo, pero pueden disminuir de manera significativa y perder su poder para molestarnos mucho, por la gracia de Dios, y en el tiempo de Dios.

El cristiano lo sabe bien, y por eso está siempre alerta. Un día se le desmorona la salud. Otro, el negocio se le va a pique. De la noche a la mañana, ve su fama, siempre intachable, arrastrada por los suelos. Gozaba feliz del amor y la amistad, y se ve de pronto en el abandono sin saber por qué. La vida le sonreía siempre y en todas partes, y ahora la vida se divierte enseñándole los colmillos y sus garras de fiera. Y todo esto, a pesar de que tiene en su conciencia una limpieza inmaculada...

Claro está que estas cosas las puede padecer cualquiera, y no precisamente el cristiano. Pero, mientras que el hombre sin fe se rebela, el cristiano sabe que con ello demuestra a Dios su fidelidad, y sabe también que se hace más y más agradable a su Señor.

Es una equivocación, cuando llegan estas circunstancias, echar la culpa a Dios. Por lo visto, es una cuestión muy vieja eso de decir que Dios es el responsable de todos los males que nos vienen encima. El apóstol Santiago tuvo que salir en defensa de Dios, cuando escribió al principio de su carta: ¡Dios no tienta a nadie!

Son las circunstancias de la vida las que nos ponen a prueba. Y son las pasiones que llevamos dentro desatadas y mal sujetas desde la caída de Adán y Eva en el paraíso.

Por no traer casos viejos de la Historia, miremos uno del que todos conservamos un recuerdo muy vivo: el del Papa Juan Pablo II.

Aquel 13 de mayo de 1981, el Papa era atravesado por una bala asesina y se debatía entre la vida y la muerte, ante la angustia de todo el mundo. ¿Era Dios quien había afinado la puntería? ¿Se había puesto Dios en el gatillo de la pistola? ¿Quería Dios la muerte violenta del Papa?...

Resulta casi ridículo proponerse estas cuestiones. No; Dios no quería nada de eso.

Sin embargo, ¿qué significó toda esa aventura criminal?... Fue una tentación, una prueba que demostró ser Karol Wojtyla un cristiano y un Papa excepcional.

El perdón generoso que otorga al asesino, al cual visita en la cárcel. La paciencia y humildad que demuestra en toda la enfermedad. La valentía que no le rinde jamás, a pesar de quedar maltrecho su organismo para siempre. El espíritu apostólico en tanto y tanto viaje, con sacrificios evaluados solo por Dios. El abrazarse con una cruz tan pesada, y, clavado en ella, no dejar de cumplir ni uno solo de sus sagrados deberes... No; Dios no quería aquel intento de asesinato. Pero probó, demostró y dejó al descubierto el valor inmenso, la fe inconmovible y el amor ardiente a Jesucristo, de un hombre realmente extraordinario.

Al llegar una de esas ocasiones difíciles, ¿el cristiano se rinde y abandona a su Dios, como una persona sin fe? Entonces la tentación, la prueba, le ha hecho sucumbir, y ha demostrado no estar tan firme en Dios como él se pensaba.

Muchas veces, sin embargo, con la prueba demuestra la autenticidad de su fe, y es cuando sabe decir más que nunca con el salmo veintisiete:

- «El Señor es mi luz, mi salvación, mi defensa, nada ni nadie me hará temblar».

La prueba ha confirmado que está verdaderamente apegado a Dios de manera irrompible.

La tentación o la prueba es la gran maestra de la vida. ¿Qué sabe el que nunca ha padecido una contradicción?

Navegante que nunca ha sorteado una tempestad, ¿qué entiende del mar?...

Atleta sin rival en las olimpíadas, ¿de qué medalla puede gloriarse?...

Soldado que no ha estado en la guerra, ¿qué condecoración merece?...

Las páginas de la Biblia están llenas de recomendaciones para ponernos alerta y estar siempre preparados, pues, si queremos servir a Dios, un día u otro seremos tentados. Y Jesucristo nos previene y amonesta:

- ¡A orar, a rezar para no sucumbir en la tentación!

Y nos hace repetir en su plegaria:

- ¡No nos dejes caer en la tentación!

¡La tentación!... ¡Qué malos ratos que hace pasar! Pero, ¡qué valientes que sabe formar!...