Colaboraciones

 

La tentación (VIII)

 

17 febrero, 2021 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

¿Por qué sufrimos la tentación? Porque somos libres. La tentación es la prueba de nuestra libertad. ¿Todos somos tentados? Sí, de modo que todos estamos sometidos a las tentaciones. El mismo Jesucristo se sometió a la tentación. ¿Las tentaciones son malas? Las tentaciones son solo tentaciones. El mal está en cuanto nos dejamos arrastrar por ellas, cuando caemos en su seducción, pero es un bien para nosotros cuando logramos vencerlas.

La tentación se presenta como:

1. Algo muy apetitoso a nuestros sentidos.

2. Un reto a nuestra libertad.

3. Una verdad que va a reafirmar nuestra personalidad.

4. Algo que nos hará disfrutar y ser muy felices.

5. Razones incluso con argumentos religiosos (bíblicos, teológicos o canónicos).

 

En realidad, la tentación es un anzuelo. El que lo muerde se destruye. Aunque quien se deja arrastrar por la tentación tenga una experiencia satisfactoria, esta será fugaz y sus efectos causarán estragos en la persona caída, debilitando su voluntad (la próxima vez caerá más fácil), haciéndole perder la gracia de Dios; ofendiendo a Dios, al prójimo y a sí misma; apartándola de la Iglesia y cavando una brecha entre el sujeto y su familia, entre quien peca y la gente que le rodea.

La tradición de la Iglesia ha identificado siempre tres tipos de tentaciones que se ven reflejadas en aquellas con las que el tentador quiso hacer caer a Jesús en el desierto.

La tentación del poder. Se da en cualquier orden: político, social, familiar, laboral, religioso, etc., y se presenta como una afirmación perversa del yo. Por ejemplo, «Yo puedo todo lo que me dé la gana».

La del tener. Grandemente explotada por la sociedad consumista. Entra por una publicidad despiadada, haciendo creer a la gente que mientras más cosas tiene, más vale.

La del placer. Reduce la vida humana a la sensación placentera. La persona busca disfrutar todo lo que se le ocurre, aunque quede fuera de la voluntad de Dios.

Quien no se entrena para vencer estas tentaciones desde niño, luego le costará mucho trabajo. Se pueden vencer a través de la reflexión, la oración y el ejercicio de virtudes.

Reflexión: Es importante darnos cuenta de qué es lo que más nos tienta; estudiarnos para ver en qué está débil nuestra voluntad; no engañarnos. Distinguir con toda claridad lo que es blanco o negro, sin quedarnos en tonalidades grises, y prever, vigilar y no dejarnos sorprender.

Oración. También es fundamental pedirle ayuda a Dios, porque solo con nuestras fuerzas no podemos vencer la tentación; necesitamos ser muy amigos de Dios para que Él sea quien venza por nosotros; elevar en todo momento nuestro corazón a Dios, frecuentar asiduamente los sacramentos y hacer adoración y visitas al Santísimo.

Ejercicio de virtudes. Debemos ponernos propósitos concretos para fortalecer nuestra voluntad. Con respecto al dominio de nosotros mismos: cuidado con el exceso de la comida y la bebida; responsabilidad en el cumplimiento de nuestros deberes en casa, en el trabajo, etc. Con respecto a nuestras relaciones personales: no olvidar la fidelidad, mejorar la relación con el cónyuge, con los padres o los hermanos y practicar mucho la amabilidad; poner buena cara y ser muy serviciales.

Tentaciones las tenemos todos y a cada paso. A veces las vemos venir, otras nos sorprenden como el ladrón.

Necesitamos de los sacramentos, la oración y el sacrificio para poder vencer las tentaciones.

Cristo es tentado igual que nosotros y entonces se nos hace más cercano, más próximo; sabe lo que sentimos en el momento de la tentación.

Jesús nos dice con claridad que tocarle es amarle, es tener la humildad de confiar en Él, de tratarle con ternura y fe.

Tentaciones las tenemos todos y a cada paso. A veces las vemos venir, otras nos sorprenden como el ladrón. A veces son declaradas, otras como lobos con piel de oveja. A veces las vencemos, otras nos atrapan y nos hacen daño, tanto daño. Por eso Jesucristo nos enseñó a pedir: «No nos dejes caer en tentación».