Colaboraciones

 

La tentación (X)

 

19 febrero, 2021 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La palabra griega, que en el Nuevo Testamento es traducida a menudo por «tentación», puede tener dos sentidos.

En primer lugar, significa poner a prueba a alguien y testar su resistencia a través del sufrimiento físico o moral. En Getsemaní sobre la cruz, Cristo «ofreció plegarias y súplicas con vehemente clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte; y fue atendido a causa de su abnegación. Aún con ser Hijo, aprendió con la experiencia del sufrimiento la obediencia» (Hebreos 5, 7-8). La misma idea es la expresada por el grito de Jesús en el Calvario: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Marcos 15, 34).

Pero si bien Dios nuestro Padre nos puede hacer pasar por la prueba siempre ayudados por su gracia, nosotros, en cambio, no debemos poner a prueba su eficacia, dándole un ultimátum, para ver cómo reacciona. Es lo que Jesús responde a Satanás para rechazar la película que le presenta: «No tentarás al Señor, tu Dios» (Mateo 4, 7). No se puede probar a Dios, como se prueba la solidez de un puente o se verifica la firmeza de carácter. Hacer eso con Dios sería intentar burlarse de Él. La fe confía y se abandona en los brazos de una persona en vez de verificar la mecánica de un motor.

El segundo sentido de la palabra «tentación» significa ser empujados al mal por una seducción que viene del exterior o del interior y que encuentra en nosotros complicidad. Evidentemente, de esta manera Dios no tienta a nadie (Santiago 1, 12-15). En el Padre Nuestro no le pedimos que «no nos someta a la tentación» (como si fuera Él el que nos diese malas ideas), sino que le suplicamos que no nos deje caer en ella. «No nos dejes caer en la tentación». Le pedimos, asimismo, que nos libre del mal, es decir, del Maligno, de Satanás.

En el desierto (Mateo 4, 1 -11; Lucas 4, 1-13) el diablo no propone el pecado a Jesús: sería algo demasiado evidente. Con Cristo, Satanás utiliza una técnica muy sutil. Diciéndole «si eres el Hijo de Dios», el tentador presenta las cosas de una manera tremendamente hábil; se disfraza de padre espiritual, e incluso de exégeta bíblico o de «ángel de la luz» (2 Corintios 11, 14). Pero sin éxito alguno. Jesús recibe la tentación de frente y sin encontrar en él la menor complicidad. Jesús es capaz de descubrir al primer golpe de vista los sofismas más verosímiles. Por eso responde al diablo en los mismos términos y sin dudar ni un segundo. La respuesta es inmediata y fulgurante.

La tentación de Cristo no es, pues, moral (no se basa en un posible pecado), sino mesiánica, porque plantea la cuestión del verdadero Mesías. Es una tentación teologal, porque pone en juego (durante una fracción de segundo solamente) la legitimidad del plan del Padre, aparentemente inhumano e ineficaz.