Colaboraciones

 

Responsabilidad (I)

 

22 febrero, 2021 | Javier Úbeda Ibáñez


 

 

 

 

 

La responsabilidad es una virtud que nos lleva a «asumir las consecuencias de nuestros actos intencionados, resultado de las decisiones que tomemos o aceptemos; y también de nuestros actos no intencionados, de tal modo que los demás queden beneficiados lo más posible o, por lo menos, no perjudicados; preocupándonos a la vez de que las otras personas en quienes pueden influir hagan lo mismo» (La educación de las virtudes humanas. David Isaacs. Editorial Bello. Pág 139).

Dicho en otras palabras, es el cargo u obligación moral que resulta para uno del posible yerro en cosa o asunto determinado. Supone el asumir las consecuencias de nuestros propios actos. Ser responsable implica tener que rendir cuentas, no solo aguantar las consecuencias de la propia actuación.

Ser responsable significa obedecer: obedecer a Dios y a Sus leyes, a la propia conciencia, obedecer a las autoridades, sabiendo que esa obediencia no es un acto pasivo, sino la libre respuesta a un compromiso, a un deber. Es la otra cara de la libertad. Somos responsables precisamente porque hemos sido creados libres.

Aparentemente se da por descontado que somos responsables de nuestros actos y ni siquiera los analizamos. No obstante, en la mayoría de los casos, si bien nuestra libertad nos hace a cada uno conscientes de nuestras acciones, cuando nuestros errores traen consecuencias desagradables, no lo aceptamos tan fácilmente y tratamos de endosarle la responsabilidad que nos corresponde al prójimo.

Esto lo hemos visto ya en el Paraíso. Cuando Adán pecó, no asumió la responsabilidad de su falta y, acto seguido, se excusó diciendo a Dios: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y yo comí» (Gén. II, 12), que es como decir: «Fue por ella… ya que yo hubiese sido incapaz». Eva, a su vez (siguiendo la cadena de eludir responsabilidades), al verse acusada como responsable, dijo: «La serpiente me engañó y comí» (Gén. II, 13).

Instintivamente, desde Adán y Eva, buscamos excusarnos de nuestras faltas detrás de responsabilidades ajenas.

Nada ha contribuido tanto a bajar el tono moral de la sociedad como la negación de la culpa personal o pecado. Tendemos, en general, a pensar y a querer demostrar que es el otro el que tiene la culpa de lo nuestro y no nosotros. El psicoanálisis moderno, que niega, en general, la culpa personal o pecado, ha destrozado la virtud de la responsabilidad que al hombre le ordenaba la vida.

La psicología moderna ha hecho un daño tremendo en quitarle al hombre la responsabilidad de su culpa o pecado. Hoy en día, toda la educación gira alrededor de este vivir la vida sin compromiso, sin responsabilidad ni culpa alguna (que es la manera en que la conciencia nos indica que hemos violado la ley de Dios). Y lo más grave es que prácticamente desde la infancia los niños son puestos masivamente hoy en manos de quienes niegan la responsabilidad de la culpa o pecado, lo que repercute en el alma humana.

Una conciencia recta y bien formada es la que nos indica claramente cuándo hemos actuado mal. Si no la tenemos, el remordimiento de haber actuado mal en principios básicos como mentir, robar, asesinar, o quitarle la mujer al prójimo, siempre nos pesarán.

La revolución anticristiana quiere que nos acostumbremos (aún contra natura) a ir viviendo tal cual nos vamos levantando de la cama, sin ataduras, haciendo nuestra propia voluntad y, sobre todo, sin tener que rendir cuentas a nadie de nuestros actos… sin que nos pesen.

En épocas más cristianas la persona tenía una conciencia formada que le dictaba lo que estaba bien y lo que estaba mal, sabía que existía un Juicio Final en el que algún día tendría que rendir cuentas de sus actos, porque había sido creado libre y responsable de sus decisiones.

Es necesario tener la valentía de reconocer nuestra responsabilidad en nuestros actos, ya que, si no lo hacemos, caeremos en la injusticia de volcar nuestros errores y faltas sobre hombros ajenos. A mayor cargo, mayor responsabilidad. No es lo mismo el mal ejemplo que puede dar un hermano emborrachándose, que al mismo hijo ver al propio padre o madre borrachos. No es lo mismo quien conoció la Verdad y quien no fue evangelizado, quien tuvo posibilidades de conocerla y quien la rechazó, quien tuvo poder de decisión sobre las vidas de otros (como maestros, profesores, gobernantes) y quienes no.

Ser responsable significa no solo hacerse cargo de nuestras propias decisiones sino tener que rendir cuentas de lo nuestro a otros o a Alguien. Llámese Dios, nuestros padres, nuestros profesores, nuestros jefes, nuestro marido o mujer, nuestro socio o simplemente nuestra propia conciencia.

La falta de responsabilidad en nuestros actos nos impide totalmente nuestra santificación, porque el primer paso para mejorar es reconocer que hay errores que corregir y que nosotros, libres y responsables, nos hemos equivocado en nuestras decisiones. La excusa es el camino más fácil para eludir la responsabilidad que, si bien en un primer momento nos engaña y creemos que nos salva, nos impide conocernos.

El primer pecado de Adán en el Paraíso fue el de soberbia (por haber querido ser como Dios, conocedor de la ciencia del Bien y del Mal) pero, acto seguido, fue la falta de responsabilidad de reconocer su falta que le hizo excusarse escudándose detrás de Eva. La injusticia que cometió con ella fue que quiso endosarle a Eva su responsabilidad.  Pero, para eso, primero buscó una excusa.

La responsabilidad siempre será mayor cuanto mayor sea el cargo que ocupemos o cuanto mayor peso tengan nuestras decisiones.