¿Qué hemos hecho para merecer esto?

El Diario Montañés
Orestes Cendrero
13/02/08

Me sugieren la pregunta del título dos noticias difundidas estos días pasados: una es que en ciertos juegos infantiles, como las carreras de sacos o a ver quien se queda sin silla, que se realicen en los colegios andaluces no podrá haber ganadores (ni ganadoras, se entiende, pero déjenme usar el plural genérico de ahora en adelante para abreviar); la otra es que algún eximio cerebro, también andaluz, ha propuesto clausurar las capillas de los hospitales públicos de la región. La primera medida es, según parece, para evitar que los posibles perdedores se sientan frustrados por su inferioridad; el objeto de la otra no necesita explicación.

Son varias las reflexiones que se me ocurren a propósito de estas brillantes ideas que han alumbrado algunos de los incansables políticos siempre preocupados por el bienestar del pueblo al que tanto aman y que tanto les quiere. No permitir que alguien gane en una competición deportiva o en un juego es desvirtuar su propia esencia; los juegos y deportes se han creado para proporcionar una diversión a quien los practica y en muchos casos también a quien los presencia, pero además, precisamente, para estimular el afán de superación personal y demostrar que el esfuerzo puede tener recompensa y casi siempre la tiene, sea material o sea moral; hasta en los videojuegos es así. Si una carrera no puede tener ganador, ¿cuál es su objeto? ¿Hacer ejercicio físico? Entonces, sustitúyase por tablas de gimnasia o cosas parecidas; así no se causarán frustraciones a los corredores menos capacitados y, por eso, perdedores. No se les ha ocurrido a los autores de la ocurrencia que también pueden frustrar a los que, pudiendo ganar, se ven impedidos de hacerlo, pero eso no importa.

Esta memez, y dejémonos de rodeos, es un paso más en el adocenamiento de la gente, en la negación del valor del esfuerzo, en el fomento de la idea de que a la persona se le debe todo sin que ponga nada de su parte y de que la palabra obligación carece de sentido, en el intento de igualar en la mediocridad, que al final parece ser lo que se persigue. Claro que los chicos pueden preguntarse: ¿Para qué correr, si no voy a perder ni a ganar? Más cómodo es quedarse sentado leyendo historietas (ahora llamadas cómics) o jugando con una consola; que corra el profe, si quiere. Y llevado a otro terreno, también pueden preguntarse, y parece que ya lo están haciendo: ¿Para qué estudiar, si aunque me suspendan pasaré de curso? El resultado es el que hace poco ha denunciado el informe PISA: los escolares españoles están entre los peor calificados de Europa.

En cuanto a la intención de suprimir las capillas de los hospitales, es un desprecio absoluto a los sentimientos y creencias de unos enfermos y de sus familiares cuyo número, teniendo en cuenta que el pueblo español sigue siendo cristiano en su mayoría, seguramente es muy elevado; no solo eso, sino que es privarles de la posibilidad de un consuelo en circunstancias que, en algunas ocasiones, pueden ser muy penosas. No duden que hay personas enfermas a las que su fe religiosa les da tranquilidad saber que, si vienen mal dadas, hay cerca un cura al que se puede recurrir con urgencia y seguro que a sus familiares también les ayuda anímicamente tener una capilla a unos metros de su ser querido hospitalizado para encomendarlo a Dios sin tener necesidad de alejarse de aquel. Aunque no fuera más que haciéndose la consideración de que las capillas son un servicio (inmaterial, pero servicio) que los hospitales pueden prestar, y sin costo para éstos, me atrevo a suponer, habría que mantenerlas.

Hace unos años, paseando por el aeropuerto de París Orly para entretener la larga y aburrida espera para el cambio de avión que sufrí en uno de mis viajes profesionales, me encontré con que había una capilla utilizable por todas las confesiones cristianas y una dependencia habilitada como mezquita; no sé si seguirán existiendo, porque llevo bastante tiempo sin ir por allí. Francia es un Estado no confesional bastante antes que España y el aeropuerto parisino es un centro oficial, o eso creo, pero da la impresión de que las autoridades competentes pensaron en su momento que proporcionar un lugar de oración a los creyentes de las religiones mayoritarias en el país no hacía daño a nadie; antes bien, muchas personas lo agradecerían.

En nuestro país todo indica que, en nombre de un laicismo de tufo decimonónico, hay empeño en acabar con cualquier vestigio de uno de los tres pilares que han forjado la identidad de Europa occidental y desde luego la española: el cristianismo (los otros dos son la filosofía y la ciencia griegas y el derecho romano, según personas suficientemente documentadas han dicho en otros lugares y ocasiones); pues a ver cómo nos luce el pelo si se logra, porque además me da el pálpito que no se prevé nada para sustituirlo. ¿Para qué correr, si no voy a perder ni a ganar? Más cómodo es quedarse sentado leyendo historietas (ahora llamadas cómics) o jugando con una consola; que corra el profe si quiere