Carta abierta a monseñor Carlos Osoro, arzobispo de Oviedo
 

Pedro Luis Llera
Profesor de Lengua

Querido don Carlos:

El primer motivo de estas líneas es manifestarle mi más sincera gratitud por la labor que como pastor de la Iglesia de Asturias lleva desempeñando en los últimos años. Una tarea sin duda ardua y llena de dificultades, dadas las revueltas circunstancias históricas que le han tocado vivir y el contexto propio de la Diócesis de Oviedo.

Soy un cristiano de base: un simple padre de familia, feligrés de la Parroquia de Sama. Pues bien: como tal cristiano de base, permítame que, ya que estamos preparando el Sínodo, aporte mi pequeño grano de arena.

Los católicos vivimos tiempos difíciles: en las últimas semanas se ha abierto la veda y nos llueven los insultos y las descalificaciones. Algunas ideologías no quieren que los católicos seamos lo que somos. Pretenden apartarnos de la vida pública como si no tuviéramos los mismos derechos que el resto de los ciudadanos. Nos quieren dóciles y en las sacristías. Una vez más, los poderosos de este mundo quieren sustituir a Dios por el culto idolátrico a los nuevos césares; la moral, por el consenso de las mayorías; la verdad, por el relativismo del “vale todo” (o lo que es igual: por el “nada vale”); la razón ética, por el pragmatismo positivista; la defensa de la vida, por la cultura de la muerte que justifica la eliminación del que estorba, del que no es productivo, del enfermo, del niño engendrado al que no se quiere…

En España y en Europa vivimos desde hace tiempo un proceso de secularización. La fe en Jesucristo y la esperanza en el Reino de Dios se han venido sustituyendo por al fe en el progreso, en la ciencia o en los falsos paraísos terrenales prometidos por las ideologías que tantos millones de muertos causaron el pasado siglo. Prometen felicidad y justicia, pero al final sólo dejan desolación y muerte. Ofrecen un nuevo Paraíso sin Dios y nos abocan al vacío y a la desesperación; al sinsentido y a la nada. En consecuencia, creo que la cuestión más apremiante que debemos afrontar los católicos es el reto de la nueva evangelización.

Últimamente no oigo hablar más que de “valores”. Pero los cristianos no somos simples portadores de valores. Nosotros no anunciamos ideas, sino a una Persona: a Jesús, el Cristo, aquel al que crucificaron y que resucitó. En consecuencia, nuestros “valores” no nacen de una filosofía ni de una ideología. Nuestra manera de vivir, nuestra razón ética, nace de la experiencia personal de encuentro con el Resucitado, que hoy se hace visible en los pobres, en los signos de los tiempos, en las Sagradas Escrituras, en la vida de oración y en los sacramentos: muy especialmente en la Eucaristía.

Ahora bien, el peligro de secularización no radica solamente en la oposición que encuentra la fe en el materialismo ateo o en el indiferentismo agnóstico. Otro peligro, tal vez mayor, es el proceso de secularización que se da dentro de la propia Iglesia.

Si reducimos a Jesús a un puro personaje histórico, más o menos pintoresco, con un mensaje revolucionario (casi como si de un precursor de Marx o del Che Guevara se tratara), estaremos dando gato por liebre, engañando y traicionando al verdadero Cristo de la fe.

Si presentamos un Reino de Dios equiparable al paraíso comunista; si jugamos a asumir como propio el discurso del materialismo histórico y aplicamos el principio de la lucha de clases a la relación entre una Iglesia jerárquica, supuestamente opresora y cómplice con los ricos, y otra Iglesia de base comprometida con los pobres, estaremos falseando la verdadera realidad de la Iglesia.

Si la escuela católica olvida a Jesucristo y lo cambia por unos valores light, al gusto del relativismo, de la ideología de género y de la cultura posmoderna hedonista y facilona para seguir “vendiendo” en el mercado educativo, pierde su verdadera identidad y su razón de ser. Si la enseñanza católica se pliega al vale todo; si se adapta a la mentalidad dominante, estaremos estafando a los padres que nos confían a sus hijos para que les eduquemos conforme a los principios de la Iglesia.

Ha llegado también la hora de mirar hacia dentro de casa para reformar y renovar nuestra Iglesia; para volver a la fidelidad al Evangelio y al magisterio de los apóstoles, de los Padres de la Iglesia y de tantos Santos que nos enseñaron a lo largo de la historia con el ejemplo de sus vidas. Desgraciadamente, desde mi punto de vista, hay demasiados cristianos que no sé muy bien si militan bajo la bandera de Cristo o si pretenden enarbolar la de un partido marxista reconstituido sobre los cascotes del muro de Berlín y los escombros del Telón de Acero. Y está lejos de mi intención ahondar en ninguna herida abierta ni hacer más profundas las divisiones que desgraciadamente existen. Al contrario. Lo que quisiera es hacer un llamamiento a recuperar la unidad de los que creemos en Cristo y en su Iglesia, eliminando las intoxicaciones ideológicas y las manipulaciones que fomentan el disenso y el enfrentamiento entre católicos.

Hacer frente a la secularización fuera y dentro de la propia Iglesia. Esos son para mí los grandes retos de nuestra Iglesia en Asturias y en Europa. Seguramente es momento de cambiar para seguir anunciando hoy lo que hemos anunciado siempre. En definitiva, es hora de que todos nos convirtamos para la misión.