El artículo de L. D. Bedia publicado el pasado día 13 en este diario sobre
las gestiones en Roma del padre Gándara en orden a la erección de la
diócesis de Santander pone al descubierto que la bula papal en cuestión (Romanus
Pontifex, 12 de diciembre de 1754) constituye en realidad el primer
documento por el cual la hasta entonces villa fue distinguida con el título
de ciudad. El autor no ignora que el documento papal 'implicaba la concesión
del título de ciudad', pero no porque éste fuera un paso previo y necesario
al documento real que Fernando VI firmó el 15 de enero de 1755, sino porque
la misma bula ya contenía en sí el referido título. El padre Gándara lo
sabía cuando pergeñó algo así como un borrador que entregó a la cancillería
papal para que ésta procediese a su redacción: «se decorará a la villa de
Santander y a sus vecinos con el título y honor de ciudad y de ciudadanos».
Y el papa Benedicto XIV cumplió con su parte incluyendo en la bula estas
palabras: «por la misma autoridad apostólica concedemos el título y la
denominación de ciudad».
Gándara se dio cuenta también de que si Fernando VI no había hecho ciudad a
Santander con anterioridad a la fecha de la bula, hacerlo después, como en
efecto lo hizo, constituía un acto perfectamente inútil y prescindible,
pues, como el mismo L. D. Bedia señala, el único modo de enderezar el
desaguisado, de acuerdo con el mismo Gándara, consistía en fechar el
documento real «con data anterior a la de la bula».
Santander, pues, era ya ciudad con anterioridad al 1 de enero de 1755.
Ignoro las razones por las cuales Fernando VI llegó tarde a la cita, pero la
bula papal sobraba para hacer ciudad a Santander, como muestran en España y
fuera de ella, de hecho en todo el Occidente Cristiano, los centenares de
sedes episcopales que fueron y son ciudades sin necesidad de documento real;
nunca lo han tenido, entre nosotros, por ejemplo: Santiago de Compostela,
Plasencia, Burgo de Osma, Sevilla, Sigüenza, etc. Por lo demás, la
cancillería papal no gastaba tinta en hacer ciudades si ya lo eran, pero
tampoco desaprovechaba la ocasión de hacer valer su derecho si a ello había
lugar. La diócesis de Valencia fue erigida por bula de Inocencio VIII de 9
de julio de 1492, pero a nadie se le pasó por la cabeza hacer de nuevo
ciudad a Valencia, pues lo era ya. Tampoco tuvo sentido en Calatayud cuando
a finales del siglo XVII se negoció su desmembración de Tarazona, dado que
la primera era ciudad merced al título concedido por Pedro IV de Aragón.
Valladolid, por el contrario, en paralelo con Santander, fue primero ciudad
merced a una bula papal (Pro Excellenti, 25 de septiembre de 1595) y luego
llegó la real pragmática de Felipe II, el cual retuvo el documento llegado
de Roma hasta que su propia cancillería hubo redactado el pertinente título
(6 de enero de 1596). No comment.
De hecho, si se me apura, estaría por afirmar que los títulos papales
'valían' más que los reales en la consideración de las gentes de aquellos
tiempos. Hay razones para afirmar que así podía ser, puesto que
históricamente fueron primero los papas -y sólo tras ellos los reyes-
quienes iniciaron la costumbre de 'condecorar' a determinadas localidades
con el título de ciudad. Accedían a este honor las poblaciones en las que
tomaban asiento las sedes episcopales, y dado que en el caso de España buen
número de estas sedes solían ubicarse allí donde ya habían existido otras
antecedentes en época tardorromana o visigótica, lo que en realidad se hacía
era algo así como vincular al territorio y a sus habitantes actuales con los
más remotos y heróicos tiempos del Cristianismo. Por esto, incluso a la
altura de 1775, en Aguilar de la Frontera se buscaba afanosamente su
relación con una remota sede episcopal a fin de reclamar con el mejor
fundamento posible título de ciudad. ¿Y en Pastrana se repetiría una
historia muy similar nada menos que en 1858, pretendiendo similar
vinculación con los tiempos en los que la villa 'tuvo silla episcopal'! Y es
que, por otra parte, si las mercedes reales, como lo eran los títulos de
ciudad, podían ser revocadas, por contra no conozco ni un solo caso en toda
Europa de revocación de un título de ciudad en sede episcopal, aunque ésta
hubiese dejado de existir. Por ejemplo: en 1541 Enrique VIII hizo catedral a
la abadía de Westminster, erigiendo con ello también una City of Westminster.
La cosa duró poco, pero la city en cuestión sigue hoy tan firme como hace
quinientos años, y por eso Londres acoge en realidad dos ciudades: la que
nació junto a la catedral de San Pablo y la que más tarde lo hizo entorno a
la efímera de Westminster. En el Rosellón español pasó algo por el estilo
entre Elna y Perpiñán, cuando el obispo que residía en Elna quiso
trasladarse a vivir a la mucho más cómoda Perpiñan; los vecinos de Elna
advirtieron entonces a su pastor que de ninguna manera estaban dispuestos a
permitir que con él se fuera el título. Y no se fue. También era preferible
el título papal frente al real porque éste, en ocasiones, se obtenía
mediando dineros; y ya se sabe que honores y dineros se repelían.
Logroño, en fin, que era ciudad de título real, quiso en 1633 recuperar su
condición de ciudad de voto en Cortes que al parecer había tenido en tiempos
pasados. Pues bien: don Fernando Alvia de Castro redactó entonces un
memorial que contenía una prolija relación de los méritos de su ya ciudad,
entre los cuales no figuraba, paradójicamente, la concesión real de dicho
título. Por el contrario, el discurso en cuestión comenzaba «por lo
ecclesiástico, como es razón», sacando entonces a relucir el agravio que
según él significaba la cercanía de Calahorra y Santo Domingo de la Calzada,
sedes de otras tantas 'iglesias catedrales' y tan ciudades o más que la
suya. Queriendo emularlas se sacaba luego de la manga una supuesta filiación
entre la colegiata de Logroño y la de Albelda, de la cual decía él que
procedía la primera; lo importante, sin embargo, era que, también según él,
en Albelda había habido «antiguamente obispo», como consta de algunas
escrituras, circunstancia que, a renglón seguido, le daba pie a reclamar un
título eclesiástico de ciudad de más valor que el real del que ya gozaba.
No cabe ignorar o negar los 'efectos civiles' de decisiones eclesiásticas
como la papal de 1754 relativa a Santander. Insisto: hay decenas y decenas
de ciudades en Europa y en España que lo fueron y lo son por razón
eclesiástica y no civil. Además, la razón eclesiástica añadía un plus de
legitimidad que las gentes de entonces no se recataban en señalar. En
aquella Europa incluso existían poblaciones en las que el título de ciudad y
la denominación de ciudadanos sólo se extendía a los barrios y calles
aledaños a la catedral, como era el caso en París, Arras o Praga, compuestas
de una cité y de algo más que desde luego no lo era. La Pamplona de la Edad
Media era una aglomeración compuesta de dos burgos y una ciudad (donde se
asentaba la catedral), y a buena hora permitían los ciudadanos de ésta que
los de aquéllos se llamasen como ellos; hay un precioso documento de 1303
que relata el episodio.
Concluyo: Santander ya era ciudad antes de que Fernando VI firmase el
documento que este año se festeja. Si es razonable 'dar al César lo que es
del César y a Dios lo que es Dios', lo pertinente habría sido conmemorar en
2004, al tiempo que la erección de la diócesis, la simultánea concesión del
título de ciudad, pues un mismo documento, la bula papal de 12 de diciembre,
otorgó a Santander ambas gracias, como en otros tantos casos había sucedido
y habría de suceder. El documento de Fernando VI no habría sido, pues, sino
el excipiente de un remedio cuyo principio activo tenía sabor papal.