Los sótanos del alma

 

San Pablo le llamaba «el hombre viejo»… Tan viejo, añadiría yo, que es un cadáver aún agonizante, aunque esté dotado de la pestilencia del muerto. Ruge como la bestia, y su zarpazo reclama la atención del escalofrío cada vez que despierta.

26/09/11 10:34 AM


 

Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: ‘Hijo, vete hoy a trabajar en la viña’. Y él respondió: ‘no quiero’” (Mt 21, 28-29).

¡No quiero!”... Cuántas veces brota ese grito de las regiones más bajas y oscuras de nuestro ser. Es un rugido que nace en los sótanos del alma, y cuyo eco resuena, en ocasiones, por toda la casa como un sonido de muerte. Ese eructo del subsuelo va acompañado del hedor pestilente que acompaña siempre a tales emanaciones. Por desgracia, conozco muy bien ese temblor de los abismos. Cada vez que lo siento, tirito como un niño.

La bestia, como he escrito, habita en los sótanos. Parafraseando el reproche con que Jesús se encaró con los fariseos, al llamarlos “sepulcros blanqueados”, podría decirse que hemos empujado toda nuestra basura al sótano, y raras veces nos atrevemos a acercarnos por allí. La casa parece limpia, los espejos brillan y en las mesas y sillas no se advierte ni una mota de polvo; los suelos casi reflejan la imagen de quien los pisa... Pero, de cuando en cuando, desde muy abajo, ascienden vahídos que provocan la arcada, mientras un eco hace temblar las paredes: “¡No quiero”...

San Pablo le llamaba “el hombre viejo”... Tan viejo, añadiría yo, que es un cadáver aún agonizante, aunque esté dotado de la pestilencia del muerto. Ruge como la bestia, y su zarpazo reclama la atención del escalofrío cada vez que despierta.

Quizá por eso, muy pocos se atreven a descender hasta esas oscuras regiones del ser. Silban asustados cuando advierten la presencia de ese monstruo, mientras, con las manos en los bolsillos, simulan mirar por la ventana para calmar el miedo. Otros caen escaleras abajo, y se levantan para volver a subir, pensando que ha sido, tan sólo, un tropiezo; que hay que retomar el camino y seguir intentándolo... Pero muy pocos se atreven a abrir la puerta del sótano para llevar a cabo la verdadera limpieza; esa limpieza, la de lo profundo del corazón, que acabe definitivamente con la bestia que mora en los sótanos del alma. Casi habría que encomendarse a San Jorge.

En ocasiones, se acercan algunos al confesor, y le explican, contritos, que tropezaron y cayeron escaleras abajo. Esperan unas palabras de aliento... ¡Quién no tropieza de cuando en cuando! Pero el olfato del confesor advierte algo más; el “ambientador floral” de esa casa “tan limpia” no consigue ocultar las emanaciones que brotan de debajo del suelo. Y, con cariño de padre que quiere ayudar a su hijo, le dice: “no es que hayas tenido un arrebato de soberbia, es que eres un soberbio”; “no es que hayas tenido una caída de pureza, es que eres un lujurioso”; “no es que hayas tenido un mal detalle, es que eres un perfecto egoísta”. Es entonces cuando muchos penitentes tuercen el gesto, y otros se quejan: “¡Padre, que esto sólo me ha sucedido hoy! ¡Absuélvame y déjeme en paz!”. Es más fácil reconocer que se ha hecho algo mal que reconocer que se es malo. Es más fácil decir que uno se ha caído por la escalera que admitir que tiene una bestia albergada en los sótanos del alma.

Hace falta mucha valentía, o mejor, mucha humildad, para abrir esa puerta secreta. Y no basta con solicitar la compañía de San Jorge; es preciso invocar a San Miguel. Pero cuando esa puerta se abre, y se entabla la batalla definitiva entre San Miguel y Satanás mientras el ser entero tiembla como tiembla el campo de batalla en el terremoto de una lucha a muerte, la victoria, al final, siempre llega. Y el sótano queda perfumado con el Buen Olor de Cristo (Cf. 2Cor 2, 15). Se cumple, entonces, al fin, la bienaventuranza: “Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8 ). Desde ese momento, cada vez que un sonido brota desde los sótanos del alma, su voz resuena en toda la casa. “Serviam!”. Es la hora de los frutos.

 

José-Fernando Rey Ballesteros