16.08.14

Sagrada Biblia

Dice S. Pablo, en su Epístola a los Romanos, concretamente, en los versículos 14 y 15 del capítulo 2 que, en efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza. Esto, que en un principio, puede dar la impresión de ser, o tener, un sentido de lógica extensión del mensaje primero del Creador y, por eso, por el hecho mismo de que Pablo lo utilice no debería dársele la mayor importancia, teniendo en cuenta su propio apostolado. Esto, claro, en una primera impresión.

Sin embargo, esta afirmación del convertido, y convencido, Saulo, encierra una verdad que va más allá de esta mención de la Ley natural que, como tal, está en el cada ser de cada persona y que, en este tiempo de verano (o de invierno o de cuando sea) no podemos olvidar.

Lo que nos dice el apóstol es que, al menos, a los que nos consideramos herederos de ese reino de amor, nos ha de “picar” (por así decirlo) esa sana curiosidad de saber dónde podemos encontrar el culmen de la sabiduría de Dios, dónde podemos encontrar el camino, ya trazado, que nos lleve a pacer en las dulces praderas del Reino del Padre.

Aquí, ahora, como en tantas otras ocasiones, hemos de acudir a lo que nos dicen aquellos que conocieron a Jesús o aquellos que recogieron, con el paso de los años, la doctrina del Jristós o enviado, por Dios a comunicarnos, a traernos, la Buena Noticia y, claro, a todo aquello que se recoge en los textos sagrados escritos antes de su advenimiento y que en las vacaciones veraniegas se ofrece con toda su fuerza y desea ser recibido en nuestros corazones sin el agobio propio de los periodos de trabajo, digamos, obligado aunque necesario. Y también, claro está, a lo que aquellos que lo precedieron fueron sembrando la Santa Escritura de huellas de lo que tenía que venir, del Mesías allí anunciado.

Por otra parte, Pedro, aquel que sería el primer Papa de la Iglesia fundada por Cristo, sabía que los discípulos del Mesías debían estar

“siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” (1 Pe 3, 15)

Y la tal razón la encontramos intacta en cada uno de los textos que nos ofrecen estos más de 70 libros que recogen, en la Antigua y Nueva Alianza, un quicio sobre el que apoyar el edificio de nuestra vida, una piedra angular que no pueda desechar el mundo porque es la que le da forma, la que encierra respuestas a sus dudas, la que brota para hacer sucumbir nuestra falta de esperanza, esa virtud sin la cual nuestra existencia no deja de ser sino un paso vacío por un valle yerto.

La Santa Biblia es, pues, el instrumento espiritual del que podemos valernos para afrontar aquello que nos pasa. No es, sin embargo, un recetario donde se nos indican las proporciones de estas o aquellas virtudes. Sin embargo, a tenor de lo que dice Francisco Varo en su libro “¿Sabes leer la Biblia “ (Planeta Testimonio, 2006, p. 153)

“Un Padre de la Iglesia, san Gregorio Magno, explicaba en el siglo VI al médico Teodoro qué es verdaderamente la Biblia: un carta de Dios dirigida a su criatura”. Ciertamente, es un modo de hablar. Pero se trata de una manera de decir que expresa de modo gráfico y preciso, dentro de su sencillez, qué es la Sagrada Escritura para un cristiano: una carta de Dios”.

Pues bien, en tal “carta” podemos encontrar muchas cosas que nos pueden venir muy bien para conocer mejor, al fin y al cabo, nuestra propia historia como pueblo elegido por Dios para transmitir su Palabra y llevarla allí donde no es conocida o donde, si bien se conocida, no es apreciada en cuanto vale.

Por tanto, vamos a traer de traer, a esta serie de título “Al hilo de la Biblia”, aquello que está unido entre sí por haber sido inspirado por Dios mismo a través del Espíritu Santo y, por eso mismo, a nosotros mismos, por ser sus destinatarios últimos.

La desgracia del impío

Esto está escrito: Sabiduría 2, 1-22

Libro de la Sabiduría

”1 Porque se dicen discurriendo desacertadamente: ‘Corta es y triste nuestra vida; no hay remedio en la muerte del hombre ni se sabe de nadie que haya vuelto del Hades. 2 Por azar llegamos a la existencia y luego seremos como si nunca hubiéramos sido. Porque humo es el aliento de nuestra nariz y el pensamiento, una chispa del latido de nuestro corazón; 3 al apagarse, el cuerpo se volverá ceniza y el espíritu se desvanecerá como aire inconsistente. 4 Caerá con el tiempo nuestro nombre en el olvido, nadie se acordará de nuestras obras; pasará nuestra vida como rastro de nube, se disipará como niebla acosada por los rayos del sol y por su calor vencida. 5 Paso de una sombra es el tiempo que vivimos, no hay retorno en nuestra muerte; porque se ha puesto el sello y nadie regresa.

6 Venid, pues, y disfrutemos de los bienes presentes, gocemos de las criaturas con el ardor de la juventud. 7 Hartémonos de vinos exquisitos y de perfumes, no se nos pase ninguna flor primaveral, 8 coronémonos de rosas antes que se marchiten; 9 ningún prado quede libre de nuestra orgía, dejemos por doquier constancia de nuestro regocijo; que nuestra parte es ésta, ésta nuestra herencia.

10 Oprimamos al justo pobre, no perdonemos a la viuda, no respetemos las canas llenas de años del anciano. 11 Sea nuestra fuerza norma de la justicia, que la debilidad, como se ve, de nada sirve. 12 Tendamos lazos al justo, que nos fastidia, se enfrenta a nuestro modo de obrar, nos echa en cara faltas contra la Ley y nos culpa de faltas contra nuestra educación. 13 Se gloría de tener el conocimiento de Dios y se llama a sí mismo hijo del Señor. 14 Es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible, 15 lleva una vida distinta de todas y sus caminos son extraños. 16 Nos tiene por bastardos, se aparta de nuestros caminos como de impurezas; proclama dichosa la suerte final de los justos y se ufana de tener a Dios por padre. 17 Veamos si sus palabras son verdaderas, examinemos lo que pasará en su tránsito.

18 Pues si el justo es hijo de Dios, él le asistirá y le librará de las manos de sus enemigos. 19 Sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar su entereza. 20 Condenémosle a una muerte afrentosa, pues, según él, Dios le visitará.’”

21 Así discurren, pero se equivocan; los ciega su maldad; 22 no conocen los secretos de Dios, no esperan recompensa por la santidad ni creen en el premio de las almas intachables.

Este Libro de las Sagradas Escrituras también se atribuye a Salomón. Y, como pidió sabiduría a Dios, eso obtuvo del Padre. Por eso lo que nos dice en estas pocas pero sustanciosas líneas, tiene mucho que ver con nuestro hoy. Queremos decir que nos vale perfectamente para nosotros. Así se prueba, una vez más, que los Libros Sagrados fueron inspirados por Dios.

Pues bien, en estos versículos del capítulo segundo del Libro de la Sabiduría, su autor nos muestra a la perfección cómo no hay que ser. Y por eso termina lo aquí traído diciendo que los que son impíos no pueden esperar recompensa alguna de Dios en quien no creen.

Este texto muestra, exactamente, cuál es el comportamiento de aquellos que no creen en Dios o lo tienen por un ser que no puede hacer nada por ellos.

El impío suele tener pensamientos muy acertadamente aquí descritos. Y, además, tiene la tendencia de echar unas risas a costa de quien es pío y tiene por verdad que Dios existe y que es su Padre. Y esto, al parecer, era algo ya común en tiempos de Salomón como lo es, exactamente igual, hoy día.

Resulta curioso que aquel hombre sabio escribiera que el impío cree que viene al mundo por azar. Eso pasa hoy día. Se le da al azar, así lo cree quien no tiene a Dios por Creador, un papel tan importante que todo pasa por eso: lo que existe es por azar, lo que pasa es por azar, estamos aquí por azar…

En fin… lo bien cierto es que el impío no cree en el más allá ni en que haya una vida después de esta vida terrena en la que habita y vive. Así se creía, al parecer, entonces, por parte del mismo y así se cree, hoy día, por parte del impío. No tienen por verdad que Dios ha previsto un más allá donde irán las almas que luego, tras la resurrección, se unirán con los cuerpos que ha quedado atrás tras la muerte. Pero eso no lo puede comprender quien no tiene por buena la verdad según la cual el Creador, que es Todopoderoso, está construyendo mansiones en el Cielo para los bienaventurados.

Pero el impío incurre en más fallos espirituales que son, por decirlo así, fatales para él mismo.

Tiene por obligado el acumular en este mundo. Nada para el que ha de venir tras la muerte. Por eso sólo tiene en mente disfrutar de lo disfrutable mientras vive esta vida que, como es sabido y él mismo sostiene, ha de pasar de forma irremediable. No siente necesidad alguna de darse cuenta de que le conviene creer en la Verdad. Ni siquiera por egoísmo…

Por eso busca, el impío, abusar de quien es justo y sí cree en Dios y lo tiene por Padre misericordioso. Y se aprovecha del poder que pueda ostentar para oprimir al pobre y a todo aquel que caiga bajo su bota de abuso. Ni temen a Dios ni a nadie en este mundo y, por eso, tienen por mejor hacer todo lo que mejor le viene en contra de toda Ley de Dios y de todo derecho natural que el ser humano tiene por ser hijo de Dios.

Pero, como hemos dicho arriba, el impío tiene a bien tomarse a burla al creyente. Y se mofa de él aduciendo que como Dios lo tiene por hijo seguro que le echa una mano y le ayuda en los momentos difíciles. Y eso lo dicen sabiendo que no creen eso pero ignorando, a la vez, que es totalmente cierto que el Todopoderoso ayuda a sus hijos y les echa una mano. Pero, para eso, al menos, hay que creer que es posible y que así pasa. Y por eso utiliza el condicional “si” pues no está nada seguro de que, en efecto, el justo, el pío, sea hijo de Dios. Y deja caer, el impío, que es probable que todo eso no sea más que un cuento o una ensoñación de quien cree.

Pero, para el autor de este libro de las Sagradas Escrituras, que conocen más que bien la naturaleza del impío y conoce a Dios por ser su Padre y él su hijo, sabe que hay gran equivocación en el impío pues no tiene por cierto que existe la santidad y que es Dios quien la quiere de cada uno de nosotros.

Y por eso no conseguirán alcanzar la vida eterna.

Eleuterio Fernández Guzmán