Tribunas
09/03/2026
Jorge González Guadalix también es cura de Madrid
José Francisco Serrano Oceja
Don Jorge González Guadalix acaba de escribir un nuevo libro. Éste, a su estilo, se podría haber titulado “Diario de un cura rural”. Pero lo ha llamado “Pastoral rural para urbanitas escépticos” (Amazon).
Cuarenta y cinco años de sacerdote. Los primeros años en Santa María de la Esperanza, luego en la pastoral del colegio de Valdeluz. De ahí a Santa Ángela de la Cruz, luego a Guadalix de la Sierra y Navalafuente. Más tarde en la Beata Ana Mogas, en dónde construyó el templo y diseñó una parroquia de lujo. Y de allí a los destinos de Braojos, Gascones y La Serna del Monte.
Por cierto que a este currículum hay que añadir su otra parroquia, la digital, con su blog y su programa en Youtube “¿Qué pasa en la Iglesia?”, que cuando se conecta ya tiene más seguidores que feligreses reales que en sus parroquias, vamos, un influencer o prescriptor de opinión como se decía antes de libro.
Alguien puede pensar que don Jorge es un hombre inquieto, que lo es. Su bibliografía última así lo indica: “De profesión cura”, “¿A qué hora es la misa de doce?”, “Café y rosquillas con la señora Rafaela” y “Curiosidades del archivo parroquial de Braojos de la Sierra”.
De la lectura de este último, uno saca algunas conclusiones que comparto con los lectores.
Don Jorge es un sacerdote de cuerpo entero y su pasión por las almas, por su salvación, por su desarrollo personal y comunitario, se le sale por los cuatro costados.
Conocedor a fondo de su feligresía, a quien llama por su nombre, está entregado a los suyos hasta extremos sorprendentes.
Don Jorge no es un cura de misa y olla, ni es un expendedor sacramental, algo en lo que se suelen acabar convirtiendo algunos sacerdotes rurales. Don Jorge une lo sacramental con la compañía de vida y de verdad, con lo catequético, con lo caritativo, con el acompañamiento espiritual.
Una entrega que tiene un coste personal y un riesgo, en éste y en los casos de los sacerdotes rurales que conozco, el de la rutina, el de la costumbre, el de la vida de carril, el de “siempre lo mismo”. Patología que puede aparecer tanto en los sacerdotes de más edad como en los más jóvenes.
Si la vida cristiana es un permanente “ahora comienzo”, si el Espíritu Santo hace todo nuevo, estar en esa dinámica con un espacio limitado es un permanente reto.
No se entiende muy bien que, pasado un tiempo prudencial, digamos el que determina una generación, haya sacerdotes, en el contexto rural, lo que se llama ahora la España vaciada, que sigan ahí sin la mínima posibilidad de cambio. A no ser que sea por otros motivos, por ejemplo el clásicamente denominado “estar castigado”.
Al final de libro, don Jorge hace que el lector se estremezca. Después de páginas y páginas de vida, de sentido común, de pasión apostólica, se encuentra con esta reflexión:
“Poco a poco Dios me ha quitado éxitos humanos. Me arrebató los niños de la catequesis, los jóvenes, los grupos pastorales. Apenas gente en misa. Ratos de adoración en soledad. Unas calles semi vacías, la nada. -No temas, te basta mi gracia. Mi mayor aprendizaje es descubrir realmente, como nos recuerda Santa Teresa, que “Solo Dios basta” y que el sentido del sacerdocio es el sacerdocio mismo”.
No sé si a Don Jorge, en el Madrid del todo exposición y espectáculo, le darán una cátedra en el Seminario. Experiencia y verdad de vida, coherencia, tiene de sobra.
José Francisco Serrano Oceja