Cuidar en una sociedad de la indiferencia y el descarte

 

 

16/03/2026 | por Grupo Areópago


 

 

 

 

 

 

Que vivimos tiempos críticos es una realidad evidente. Los expertos en sociología insisten en que hemos entrado en un cambio de época que nos deja paralizados ante nuestras sombras y nos llena de incertidumbres sin saber cómo dar contenido a un nuevo modo de construir nuestra vida en común. Y como en todos los cambios de época que se han sucedido en la historia, estamos inmersos en una crisis sistémica que se manifiesta en todos los ámbitos de la vida sin que pueda ser una excepción la práctica del cuidado.

El cuidado es una de las principales actividades del hombre en su dimensión social y global porque se extiende a todos aquellos aspectos y necesidades que nos permiten sobrevivir: educar, relacionarnos, movernos, curar, aconsejar… Adquiere vital importancia desde una concepción del hombre como ser moral que implica contemplarlo como criatura limitada y vulnerable y consecuentemente necesitada de atención y cuidado. Cuidar es pues, en esta perspectiva, ser consciente de esta vulnerabilidad, preferentemente de los más débiles, que necesita de la atención fraternal de los demás para ser y sentirnos auténticamente humano. ¡Qué valiosa perla nos dejó Benedicto XVI!: El ser humano está hecho para el don, el cual manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente” ¿Cuándo nuestra sociedad moderna reconocerá lo que ha supuesto el cristianismo para hacer realidad esta concepción del hombre tan necesaria para una vida buena?

El ejercicio y la práctica del cuidado vive hoy una situación de profunda crisis. La soledad en la que vegetan muchas personas mayores, el descuido educativo de bastantes niños, el estado de abandono de personas con limitaciones, y otras muchas situaciones necesitadas de cuidado requieren hoy una especial atención. Someterlo a discernimiento es pues tarea prioritaria. Sus causas hay que relacionarlas con el cambio de época que estamos viviendo y buscar sus principales raíces en la cultura dominante que entrecruzada por un nihilismo existencial latente propicia un modelo de hombre sin convicciones compartidas, concentrado en sí mismo, pragmático y hedonista, que consecuentemente recrea la cultura de la indiferencia y el descarte de la que tanto habló el papa Francisco. Las sociedades actuales piden, por una parte, mayor bienestar en sanidad, educación, pensiones y atención a las personas dependientes, y por otra paradójicamente desarrolla actitudes que hacen difícil soportar la dedicación de nuestro tiempo y nuestra vida a atender y cuidar de otros. Otras causas las encontraremos en el ámbito socioeconómico: Tradicionalmente el ejercicio del cuidado se ha realizado principalmente en un contexto familiar teniendo como sujetos la infancia y las personas mayores, enfermas y discapacitadas; y como agentes activos a la mujer y, en las últimas décadas, al trabajo foráneo femenino procedente de la emigración. Actualmente el envejecimiento de la población, los cambios demográficos y el nuevo rol de la mujer en el mundo laboral y en el ámbito familiar necesitan un nuevo paradigma para el ejercicio de los cuidados.

La socialización del cuidado es tarea prioritaria. Es buscar el “nosotros” (FT 17) en todo el contexto situacional de nuestra vida; desde la “casa común” hasta el autocuidado, pasando por cuidar nuestra vida familiar, social, laboral, política…  Ahí, en conjugar el “nosotros” ha de encontrar su centralidad la gran revolución de este nuevo paradigma, y ahí encuentra su sentido el cuidado de los niños, de los ancianos, de los enfermos y discapacitados. El principal motor de este nuevo paradigma se encuentra sin duda en el modelo educativo. Educar para hacer posible el cuidado necesita currículos escolares y proyectos educativos que impulsen el cultivo de la interioridad, el reconocimiento y el valor del cuidado como derecho, y el activismo social en su favor. “Ser profetas y testigos de la cultura del cuidado” fue uno de los grandes sueños del papa Francisco.

 

 

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