Opinión

Cuando Dios rompió a llorar

 

 

José Antonio García Prieto Segura

Vista de Jerusalén desde donde, según la tradición, Cristo lloró.

 

 

 

 

 

Hace años tuve la suerte de estar en los lugares donde Dios lloró. Fui desde Jerusalén a Betania y allí, hace 21 siglos, yendo hacia la tumba de Lázaro, las lágrimas del Dios hecho hombre brotaron de los ojos de Jesús. El apóstol Juan presenció la escena, que recoge en su evangelio, y la Iglesia  la recuerda ahora en el Evangelio del 5º domingo de Cuaresma.

La tumba se encuentra cerca de la iglesia construida sobre el lugar que, desde comienzos del siglo IV, la tradición atribuye al emplazamiento de la casa donde vivían los amigos del Señor. Lázaro enfermó de gravedad y aunque sus hermanas informaron a Jesús, cuando llegó ya había fallecido. El episodio es bien conocido, pero vale la pena recordar textualmente una parte del pasaje.

Al llegar Jesús, primero Marta y poco después María, se dirigieron a él con idénticas palabras: “Señor si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano” (Jn 11, 21.32). El panorama de dolor era evidente: “Jesús, cuando la vio llorando y que los judíos que la acompañaban también lloraban, se estremeció por dentro, se conmovió y dijo: - ¿Dónde lo habéis puesto? Le contestaron: -‘Señor, ven a verlo’. Jesús rompió a llorar” (Jn 11, 33-35).

El final feliz con la resurrección de Lázaro no quita el sufrimiento y las lágrimas que precedieron aquel milagro. Pero no fueron las únicas que derramó, porque también lloró en el camino que, atravesando el Monte de los Olivos conducía de Betania a Jerusalén. A pesar de sus abundantes milagros y enseñanzas de paz, muchos fariseos las habían rechazado e intentaron silenciar a la multitud que lo aclamaba. Aquella cerrazón debió causar hondo dolor en el corazón de Cristo; por eso, testimonia san Lucas: “Y cuando se acercó, al ver la ciudad lloró por ella, diciendo: ‘¡Si conocieras también tú en este día lo que te lleva a la paz! Sin embargo, ahora está oculto a tus ojos.” (Lc 19, 41-42). A media falda del Monte de los Olivos y frente a la explanada del Templo, una pequeña iglesia llamada precisamente la de “El Señor lloró”, conmemora hoy día aquel suceso.

Han trascurrido XXI siglos, pero el verbo llorar referido al Señor, hay que seguir conjugándolo en tiempo de presente, porque hoy continúa llorando. Esto hay que entenderlo en su hondura teológica: las obras y palabras de Jesús que, en cuanto hombre tuvieron momentos y lugares concretos, en cuanto Dios y en razón del contenido y trascendencia de sus acciones y enseñanzas, estaban llamadas a ir más allá de aquellos momentos, para hacerse hoy presentes y atravesar la historia hasta su final. Él mismo lo declaró de modo irrevocable: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24, 35). Y no solo permanecen sus palabras sino su entera obra redentora, cuyo culmen celebraremos de nuevo en la cercana Semana Santa.

Por esa pervivencia y actualidad en el sentido indicado, de cuanto Cristo hizo, Blas Pascal escribió: “Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo” (Pensamientos, n. 553), refiriéndose al sufrimiento redentor de Cristo como una realidad espiritual siempre viva que nos interpela. Hoy, las lágrimas del Señor parecen derramarse ante una Jerusalén que abarca el mundo entero, porque buena parte de la humanidad ha excluido de sus vidas la presencia y el amor de Dios, y se debate así en interminables contiendas.

Igualmente, los últimos Papas, con ligeras variantes, han hecho suyo y recordado ese pensamiento porque, en el fondo, es puro Evangelio. Así, Juan Pablo II, en 1994 convocó una jornada especial de oración y ayuno para pedir por la paz en los Balcanes; decía: “Es difícil no vislumbrar en los acontecimientos que vienen sucediéndose desde hace años en la ex-Yugoslavia, precisamente "la agonía de Cristo que continúa hasta el fin del mundo...". (Audiencia, 12-I-1994).

Pocos años después, Benedicto XVI, afirmaba: “La pasión del Señor continúa en el sufrimiento de los hombres. Como escribe con razón Blaise Pascal, ‘Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo’” (Audiencia 8-IV-2009). Y de nuevo, en su viaje al Reino Unido: “En la vida de la Iglesia, en sus pruebas y tribulaciones, Cristo continúa, según la expresión genial de Pascal, ‘estando en agonía hasta el fin del mundo’” (Homilía, Westminster, 18-IX-2010).

El Papa Francisco, por su parte, se refería así al llanto de Jesús: “Alguien dijo que Dios se ha hecho hombre para poder llorar por lo que habían hecho sus hijos. El llanto ante la tumba de Lázaro es el llanto por el amigo”. Y después de recordar el dolor de Jesús sobre Jerusalén y el del padre en la parábola del hijo pródigo, concluía: “También hoy ante las calamidades, ante las guerras que se hacen por adorar al dios dinero, el Padre llora. (…) Llora por esta humanidad que no termina de entender la paz que Él nos ofrece, la paz del amor”. (Homilía de la misa en Santa Marta, 27-X-2016).

Al fin, León XIV, recientemente, ha ido a la raíz última de todas las discordias, desde las que enfrentan a la humanidad a nivel universal, hasta las surgidas en ámbitos más cercanos. Señalaba su causa en los pecados personales que, al romper la unidad con Dios-Padre, quiebran inseparablemente la paz y unidad entre sus hijos de la familia humana. Animaba a la confesión, porque solo quien se reconcilia con Dios, “es capaz de vivir de modo desarmado y desarmante”. E insistía: “¡Solo una persona reconciliada es capaz de vivir con humildad y sencillez! Quienes dejan a un lado las armas del orgullo y se dejan renovar continuamente por el perdón de Dios se convierten en agentes de reconciliación en su vida diaria.” (León XIV, a los participantes del 37º Curso sobre el Fuero Interno, 13-III-2026).

Esa recomendación de León XIV está avalada por las palabras de Jesús camino del Calvario, dirigidas a las mujeres de Jerusalén, deshechas en lágrimas: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos… Pues si al árbol verde le tratan de esta manera, ¿en el seco qué se hará? (Lc 23, 28.31). Era una invitación -como señala san Josemaría en la VIII estación del “Vía Crucis”- a que elevasen su llanto hacia un motivo sobrenatural, llorando por los pecados que fueron, y lo siguen siendo hoy, la causa de la muerte de Cristo.

El Señor lloró porque tenía y nos amaba con un corazón humano, compartiendo todas nuestras desdichas a excepción del pecado. Pero sobre todo y además, porque siendo Dios y hermano nuestro, veía la infinita desgracia de quien vive en pecado mortal, lejos de la casa del Padre, y deseaba su retorno. Sus lágrimas sobre Jerusalén nos invitan hoy a acudir al sacramento de la confesión: será el mejor modo de valorarlas y agradecer el amor con que Él las derramó.

 

 

jagp103@gmail.com