Tribunas

Invertir en la Familia

 

 

Ernesto Juliá


El Papa León con una familia.

 

 

 

 

 

“La inmensa mayoría de los encuestados -el 85/100- estaría dispuesto a sacrificarlo todo por la familia”. “La familia adquiere mayor relieve para el 66/100”.

Estas frases aparecidas en una encuesta de hace algunos años, aunque quizá en una encuesta actual fueran algo diferentes, manifiestan una verdad conocida: el orden de una sociedad, y su buena marcha, no descansa en el individuo tomado aisladamente, sino en la familia, en el grupo familiar, primer centro de cohesión social, de formación religiosa y humana; y son una prueba de que la raigambre familiar es profunda, también en situaciones sociales no del todo favorables.

En estos días una abuela me ha rogado que bautizara a un nieto. Al llegar a la parroquia, y charlar un rato con el párroco me comentó, y su alegría era más que visible, que, por estas fechas del año, el número de bautizos había igualado ya el número del total del año pasado, y se preveía que en los meses siguientes seguirían celebrándose bautizos en buen número.

La encuesta a la que me refiero no decía nada sobre las familias numerosas. Conozco un buen número de estas familias, y yo mismo doy gracias a Dios de haber nacido el segundo de ocho hijos, gracias a Dios y a mi madre y a mi padre. Y hay algún espíritu ancestral que se alegra en mi interior cuando me encuentro ante padres que han afrontado un reto semejante, y han decidido invertir en la familia, sobreponiéndose –más que venciendo del todo: ese es su heroísmo- a los miedos presentes y futuros.

En su día, me alegré al saber que en Holanda comenzaba a ser corriente un tercer hijo, y me alegré también al descubrir que un conocido periódico italiano había comenzado a publicar lo que podríamos llamar una galería de familias numerosas.

“Mis hijos son mi mayor satisfacción”. “Sí, ha sido una decisión acertada”. Así respondía una genovesa madre de seis hijos a la pregunta de si estaba convencida de lo que había hecho, o si sentía alguna nostalgia de no haber dedicado más tiempo a sus cuestiones personales.

En estos momentos en los que se nota ya la falta de nacimientos, también en nuestro país, no tengo la menor duda de que es el momento de animar a la gente joven a descubrir el horizonte de una familia numerosa, y no hacer ningún caso al ambiente que les puede querer meter en la cabeza que pasar de la “parejita” es una verdadera locura, una “anormalidad”. He bautizado también, hace poco, el cuarto hijo de unos padres de 29 años.

Conozco un buen número de familias numerosas y los padres no son nada “anormales”. Se necesita una mujer maravillosamente normal para dar a luz cuatro, cinco, seis, siete...veces; y también es preciso un hombre con los pies en la tierra y la cabeza en el Cielo, para lanzarse a esa aventura; y afrontar y convivir las angustias y sobresaltos, las alegrías y las esperanzas de cada día.

Y digo, la cabeza en el Cielo, porque también es necesario, imprescindible, no solo algo de confianza en la ayuda de Dios, sino también la convicción de que los padres y los hijos están cooperando con Dios en la obra continuada de la creación y de la salvación.

Muchos se empeñan en presentar esta “inversión en la familia” como algo arriesgado y peligroso para el equilibrio de la sociedad, y se obstinan en presentar de forma más que exagerada los problemas de la sociedad actual, cuando el gran problema es más bien el invierno demográfico en nuestros países. Arriesgado ciertamente lo es; arriesgado y exigente; y a la vez, posible y reconfortante. Pocas cosas hay en este mundo comparables al amor de los padres a los hijos; y de los hijos a los padres.

El único que es “anormal”, y verdaderamente miserable e indigno, es un gobierno que no apoye generosamente a familias semejantes.

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com