Opinión

Tierra Santa, geografía de la fe (I)

 

 

José Antonio García Prieto Segura

Altar en la Gruta de la Anunciación. Basílica de Nazaret.

 

 

 

 

 

Hace poco más de un año tuve la alegría de peregrinar por segunda vez a Tierra Santa alojándome junto al Saxum Visitor Center, cercano a Jerusalén. De allí han tenido la amabilidad de sugerirme si no tendría inconveniente en enviarles las impresiones y recuerdos más vivos de aquella peregrinación. No lo he dudado un instante y este ha sido el origen del presente artículo que, por su extensión, ofreceré en dos partes. Su título, al hermanar nada menos que geografía y fe, merece igualmente una explicación.

La fe cristiana tiene su fuente original en la gracia divina, “por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”, como escribe Benedicto XVI en su encíclica “Dios es amor”. Sabemos que esa Persona divina se ha hecho hombre, Jesucristo, y ha pisado y santificado nuestra tierra; por eso la llamamos “Tierra Santa”. El Cielo -dice también Benedicto XVI- pertenece a “la geografía del corazón”, por no ser ningún lugar del universo sino la misma vida de amor divino. Pero nuestra tierra, en cambio, ha sido recorrida por Jesús y es el marco geográfico donde nació la fe de sus primeros seguidores. Hoy, contemplar aquellos mismos lugares, es como asomarse a una ventana abierta a la vida de Jesús. Tierra Santa evoca y suscita en el peregrino creyente, la fe y el amor que ya lleva en su corazón.

Lo confirma, entre otras muchas, la simpática experiencia del primer hombre que pisó la luna: Neil Armstrong. Este astronauta, profundamente cristiano, visitó Jerusalén en 1988 y pidió a Thomas Friedman, profesor experto en arqueología bíblica, que le hiciera de guía, llevándole a lugares donde tuviera la certeza de que allí había caminado el Señor. Le condujo a los restos de las escaleras del Templo, de la época de Herodes el Grande, y le dijo: "Estos peldaños constituían la principal entrada al templo", y añadió: "No hay duda de que Jesús subió por ellos". Al oírlo, Armstrong se concentró profundamente en oración unos momentos, y después se dirigió a Friedman diciendo: "Para mí significa más haber pisado estas escaleras que haber pisado la Luna”.

Huelgan comentarios salvo decir que, en mi caso, no fueron aquellas escaleras -que también pisé en Jerusalén- el punto de Tierra Santa que más me conmovió, sino otros lugares donde, con plena seguridad no solo estuvo, sino que nació, murió y resucitó el Señor. Sólidos testimonios históricos y arqueológicos lo fundamentan. Cinco serán los lugares a los que brevemente voy a referirme: dos, corresponden a Nazaret y Belén; y tres a Jerusalén. Cada uno de ellos merece que el peregrino cristiano, sin prisa alguna, se detenga en recogimiento de oración, para que la gracia divina reavive y fortalezca su fe y amor a Jesús, como le sucedió a Amstrong.

Nazaret: su nombre despierta el eco del mensaje divino a la Virgen María, para ser Madre de Dios. En el subsuelo de la amplia y moderna basílica de la Anunciación, una gruta de siglos y reducidas dimensiones rememora el anuncio del arcángel san Gabriel. El centro de la gruta lo ocupa un pequeño altar donde se leen, escritas en latín, estas palabras: “Aquí el Verbo se hizo carne”. La respuesta afirmativa de María a la llamada divina hizo que el Hijo eterno del Padre empezase a compartir nuestro tiempo y nuestra humana naturaleza. Poco más hace falta para que el peregrino, reviviendo aquellos momentos mantenga encendido su amor a Dios.

Diariamente al mediodía, los franciscanos custodios de la basílica conmemoran con una procesión, cantos y rezo del “Angelus”, aquel momento sublime en que Cielo y tierra quedaron unidos por la Encarnación del Verbo divino. Tuve la suerte de estar presente en aquella procesión y posteriormente concelebrar la Misa en otro altar de la basílica.

Muy cerca se alza la moderna iglesia de san José, en cuyo entorno se piensa que pudo estar emplazada la casa y taller de José, y más tarde la morada de la Sagrada Familia. No lejos de allí, como a diez minutos caminando, corre un manantial subterráneo; durante siglos, sus aguas harían la delicia de los aldeanos nazarenos. Allí, una pequeña construcción conocida como el “Pozo de María”, quiere rememorar la presencia de la Virgen que tantas veces acudiría a aquel o a algún otro manantial cercano, para proveer de agua el hogar de Nazaret.

Dejamos aquí la geografía de la fe, para proseguir su recorrido en un segundo artículo que nos llevará a Belén donde el Señor nació, y a Jerusalén donde completó su obra redentora. Las actuales circunstancias dolorosas de guerra y enfrentamientos en aquellos territorios hacen que termine estas líneas pidiendo al lector unirse a la oración del Papa León, y de tantos cristianos y de gente de bien en el mundo entero, para que el Señor conceda a todos su paz: la que nos trajo a la tierra y anunciaron los ángeles en la noche de su nacimiento en Belén.

 

 

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