Opinión
16/05/2026
León XIV y el Rosario
José María Alsina Casanova
Papa León XIV rezando el Rosario.

La vorágine informativa en la que vivimos, la velocidad de los acontecimientos y el incesante flujo de noticias hacen que muchas palabras importantes pasen de largo ante nuestras vidas. Mensajes que merecerían ser escuchados con calma quedan sepultados bajo el ruido de cada día.
A pocos habrá llegado la importante homilía que el Papa León XIV pronunció el pasado 8 de mayo en la Plaza Bartolo Longo, en el Santuario de Pompeya, sobre el Rosario. Vale la pena leerla y meditarla (se puede leer aquí) La fuerza de su mensaje queda condensada en las palabras finales: “Ningún poder terrenal salvará al mundo, sino solo el poder divino del amor; ese poder divino del amor que Jesús, el Señor, nos ha revelado y donado. ¡Creamos en Él, esperemos en Él, sigámosle!”.
El Papa ofrece un diagnóstico certero del mundo contemporáneo: un mundo alejado de Dios y, precisamente por ello, sumido en la tristeza, la desesperanza, las guerras y la destrucción de los más débiles. Pero León XIV no se limita a describir la herida; señala también el remedio. Frente a la violencia, la ambición de poder o la propaganda, recuerda el poder divino del amor de Cristo, que continúa actuando silenciosamente en la historia a través de la oración y, de manera especial, mediante el Rosario, esa plegaria tan querida y recomendada por los Papas de los últimos siglos.
En esa misma homilía, León XIV evocó también a su predecesor León XIII, destacando su abundante magisterio sobre el Rosario. Se ha hablado mucho, y con razón, de la dimensión social de aquel pontificado a propósito del nombre escogido por el nuevo Papa. Sin embargo, apenas se ha subrayado que León XIV ha querido recordar también otro rasgo esencial de León XIII: su profunda confianza en la fuerza del Rosario.
Las palabras del Papa me llevaron a preguntarme qué lugar ocupa verdaderamente esta oración en mi vida cotidiana. La rezo cada día, sí, pero también sé que siempre puede hacerse mejor: con más pausa, con más devoción y con mayor atención interior.
En ese examen acudieron a mi memoria dos recuerdos.
El primero me lleva a los años del seminario. Teníamos la costumbre de rezar el Rosario después de cenar, paseando por los claustros en grupos de dos. En una ocasión, el seminarista que caminaba conmigo me dijo que iba demasiado deprisa y me invitó a rezarlo con más calma. Después añadió una frase que nunca he olvidado: “El Rosario es la audiencia privada que nuestra Madre nos concede cada día para decirle cuánto la queremos”.
Con el paso del tiempo he comprendido mejor la profundidad de aquellas palabras. El amor verdadero nunca tiene prisa.
El segundo me rememora algo sucedido hace catorce años. Mi padre acababa de ser operado de un cáncer de esófago y, por las noches, le rezaba el Rosario de rodillas junto a su cama. Él permanecía con los ojos cerrados, pero seguía cada avemaría respondiendo únicamente con un “Amén”.
En la cama de al lado había otro enfermo, aquejado también de un cáncer grave. Unos días después nos confesó que le había impresionado contemplar a un sacerdote rezando el Rosario junto a su padre. Y añadió que, sin que nosotros lo supiéramos, él también se unía a cada “Amén”, mientras regresaban a su memoria las oraciones de la infancia.
Aquel compañero de habitación pidió poco después recibir la Unción de Enfermos. Pudo confesarse tras muchísimos años alejado de los sacramentos. Mi hermano le regaló un rosario que comenzó a desgranar con enorme devoción. Tiempo después supimos que murió con él entre las manos.
El Papa León XIV ha vuelto a poner sobre el candelero el poder de la oración y del Rosario. Sus palabras me han llevado desde el recuerdo a animarme para, con renovada ilusión, desgranar con cariño de hijo este rezo que tanto le agrada a Nuestra Madre.
A las puertas de la visita del Papa a España, nuestros pastores nos invitan a prepararnos espiritualmente. Cogidos de la mano de Nuestra Señora, recemos en nuestras comunidades, parroquias y familias el “salterio de los pobres”, el Rosario, para “alzar la mirada” y elevar el corazón hacia el Sol que nace de lo Alto.