Tribunas
03/06/2026
Mi conversación pendiente con don José Andrés Cabrerizo
José Francisco Serrano Oceja
En estos tiempos de desinformación, fakenews, bulos y demás familias, hay determinadas noticias cuya primera reacción al recibirlas lo que provoca es la sospecha.
Me ocurrió el lunes pasado cuando me mandaron un mensaje diciendo que José Andrés Cabrerizo, sacerdote vallisoletano, acababa de fallecer fulminado por un infarto.
No sabemos ni el día, ni la hora. Con demasiada frecuencia lo olvidamos. No hacía ni diez días que don José Andrés había celebrado la misa en la que mis sobrinos habían recibido la primera comunión.
Renfe, con sus inevitables retrasos, impidió que yo llegara a tiempo a misa, venía de la Asamblea de la FAPE de Santiago de Compostela. Por eso no pude saludar a don José Andrés, con quien tenía una larga conversación pendiente que habíamos ido retrasando por mi causa, no por la suya. Esa conversación quedará así ya para la historia de lo humano.
No son pocas las personas que, en Valladolid, en estas últimas horas, han llorado la muerte de quien era el Vicario Judicial, y lo había sido casi todo. Empezando por secretario personal de mi siempre admirado, hasta grados insospechables, don Braulio, un obispo santo donde los haya.
Don José Andrés, sacerdote relativamente joven, había sido también Deán de la Catedral, a la que entregó lo mejor de su vida, entusiasta del derecho canónico, y, sobre todo, del servicio y de la disponibilidad.
Entusiasta de la Reina Isabel, no en vano era miembro de la Comisión de la Causa de Beatificación de la Reina Católica, si tuviera que sintetizar su vida lo haría en clave de conocimiento de la Iglesia, -era una de las personas que estaban más al día de todo lo que se movía-, y de su vida de servicio.
Afirmar que no tenía tiempo para él, que cualquier favor que le pidieras estaba hecho, que su conocimiento de la realidad del tejido social, político, económico de Valladolid era superior a la media, es sólo dar fe de lo que muchos hemos vivido.
Ah, y como me recordó en un mensaje mi querido Manolo Perucho, don José Andrés era también el Consiliario del Centro de la Asociación Católica de Propagandistas de Valladolid.
Es cierto que sus últimos tiempos no fueron los mejores. Que cada uno tiene sus “cadaunadas”.
Con demasiada frecuencia palpamos cómo los sacerdotes tienen añadida tendencia a somatizar sus problemas, sus inquietudes, lo que les está pasando. Forma parte de su sensibilidad sentiente de lo humano en sí mismos. Forma parte de su manera de afrontar los problemas, siempre pensando en el otro en detrimento de sí mismos.
Hasta que uno descubre que todo lo que ocurre ha sido permitido por Dios para el bien suele pasar algo de tiempo. Desentrañar el sentido del bien, en la oración y en la vida, es, no pocas veces, un complejo y costoso ejercicio.
Valladolid no parece que sea un Iglesia sobrada de sacerdotes. Doy fe de ello. Tiene los que tiene. Últimamente pienso que menos mal, aunque tenga que hacer unos cuantos kilómetros añadidos para ir a misa. Perder a uno de sus activos supone siempre un sacrificio. Me vienen a la memoria otras pérdidas destacadas en épocas recientes. La cruz, esa cruz, que procesiona recubierta del frío castellano, siempre está presente en la Iglesia.
No puedo por menos, en este momento de dolor para esa querida Iglesia, tan plural y tan distinta, tan recia y tan fecunda, que acordarme de su padre y pastor, don Luis Argüello, y de los compañeros de José Andrés, y de sus amigos...
Cristo le haya abrazado en su seno.
José Francisco Serrano Oceja