Tribunas
16/06/2026
Sobre el viaje apostólico del Papa León XIV a España
Mons. Adolfo González Montes
El Papa a su entrada en el Bernabéu.
Foto: Gabriel González Andrío.

Si hay que hacer una reflexión sobre el viaje apostólico del Papa a España, hay de decir, aunque sea a vuelapluma, que hemos vivido una experiencia de evangelización en vivo protagonizada por León XIV a la altura de la excelencia. El Papa ha anunciado a Jesucristo sin complejos y lo ha presentado ante las multitudes como centro de la vida humana y de la historia, porque en Cristo, en su muerte y resurrección, Dios ha manifestado su amor por el mundo que él creó. El Papa nos ha presentado a Jesús como medida de humanidad consumada, que da sentido a la vida de los hombres.
También hay en sus discursos una predicación clara y sin equívocos de la fe católica. En esos discursos el Papa ha incluido una amplia orientación moral de la conducta verdaderamente humana, que recibe de la fe importante inspiración que no contradice, sino que confirma la ley natural impresa en el corazón del hombre. Su discurso en el Congreso así lo demuestra, poniendo de relieve que es preciso observar la ley moral inscrita en el corazón del ser humano, como motivación para defender la vida y los grandes valores de la convivencia, y para orientar las acciones ciudadanas al bien común, superando sectarismos y egoísmos partiditas que corroen y pudren la vida política.
El eco social del anuncio del Evangelio de Cristo por León XIV ha sido muy grande, y nos ayuda a los católicos y cristianos en general de España, y también a hombres y mujeres de buena voluntad que reconocen la autoridad mora del Papa, a actuar sin complejos y a no sucumbir a los tópicos y prejuicios anticlericales y laicistas.
La secularización en España, como en los países del occidente cristiano en general, ha sido también muy grande, pero las raíces del cristianismo que han inspirado nuestra historia siguen vivas, aunque a veces ocultas y reprimidas. Algunos de estos tópicos son reclamos de la modernidad, recibidos como ciertas enfermedades que parece imposible curar; como, por ejemplo, el reclamo laicista reiterativo de que hay que privatizar la religión, si queremos una sociedad plural y democrática. La religión por ser un fenómenos humano universal no es privatizable, ni se puede reprimir ni expulsar de la vida pública. La libertad religiosa es el derecho de prueba real de una democracia.
La religión mayoritaria de los españoles sigue siendo el cristianismo, y lo democrático es reconocerlo así y obrar en consecuencia. Digo esto sin detrimento de las demás confesiones religiosas, que los católicos respetamos y con las que estamos llamados a una colaboración bien articulada, animada por el diálogo ecuménico con los cristianos de otras confesiones, y con las religiones en favor del bien común, de la humanización de la vida, y sobre todo para proponer la necesaria orientación de nuestra vida a Dios como creador y redentor del hombre.
La beligerancia de un laicismo agresivo persistente deja ver la intolerancia de algunas élites y minorías sociales poco democráticas. La visita del Papa ha puesto de manifiesto que la mayoría de nuestra sociedad así lo desea, porque sigue alimentándose de sus hondas raíces cristianas, aunque a veces no hay una conciencia clara de esto, incluso en los cristianos más secularizados. Con las encuestas tenemos el problema de su planteamiento: qué se pregunta y cómo se pregunta. Hay una propaganda reiterativa de resaltar mediante estadísticas bien cocinadas la disminución de la razón y de los sentimientos cristianos de la vida. La valoración que desde el poder se suele hacer de la piedad popular, tan rica en España, se hace por lo general desde su dimensión cultural.
Había cierto temor a ver cómo hablaba el Papa del complejo fenómeno de la emigración. El Papa no ha venido a respaldar ningún tipo de política migratoria. Su pensamiento es bien claro, porque es el pensamiento de la Iglesia: existe el derecho de los países a controlar y defender sus fronteras y a regular los flujos migratorios. Lo ha dicho en distintas ocasiones antes del viaje a España.
En Canarias el Papa ha reclamado una llamada a los países receptores y ricos a colaborar con los países de origen de los emigrantes, para crear las condiciones que hagan posible que nadie se vea forzado a salir de su país. Este es un derecho fundamental. Al mismo tiempo ha insistido en que no podemos dejar de socorrer, ayudar e integrar socialmente a las personas que huyen de situaciones marginales de pobreza y persecución; personas que tienen igualmente derecho, como todos lo tenemos, a buscar una vida personal y familiar digna del ser humano encontrando un trabajo ajustado a sus capacidades y preparación. El Papa ha denunciado la acción de las mafias y de la trata de personas, que arruina y lleva a la muerte a tantos miles de seres humanos aprovechándose de su huida de la pobreza y la marginación.
Finalmente, me gustaría resaltar que el Papa ha hablado de España con amor, como conocedor de la obra evangelizadora, de civilización y encuentro realizada por España en América. Ha hablado de nuestra tradición misionera y de nuestra tradición humanista histórica, que dio lugar al nacimiento del derecho internacional. Hay pocas culturas tan críticas consigo mismas como la nuestra,
Podemos por esto resumir este viaje con algunas palabras a modo de clave de acceso a su lectura: evangelización de nuestra sociedad actual; España como país de raíces cristianas, protagonista de una gran obra evangelizadora; presencia pública del catolicismo sin complejos; dimensión humanizadora de la religión cristiana; colaboración ecuménica y diálogo interreligioso en favor del bien común de la sociedad; apertura social y atención a los pobres, a los necesitados y a los inmigrantes, porque el Evangelio es caridad que manifiesta en Cristo el amor de Dios por la humanidad.
Adolfo González Montes
Obispo emérito de Almería