Tribunas
01/07/2026
“El Buen Samaritano”, vista por un extraterrestre con sentido común
Antonio-Carlos Pereira Menaut
El buen samaritano (1647),
óleo sobre lienzo de Balthasar van Cortbemde (1612-1663).

El Buen Samaritano está de moda. Ya lo sabemos.
Los Evangelios son agua clara, y tan inagotable que uno puede releer un pasaje un millón de veces y siempre sacará algo. En el actual debate español sobre la inmigración —un monumento a la polarización y la falta de sentido común— esta preciosa parábola está siendo utilizada por algunos como arma arrojadiza. Por tanto, les propongo leerla como la leería un extraterrestre con sentido común, agnóstico (no ateo) pero ansioso, como Aristóteles, de conocer la verdad, y tan honrado que nunca leerá en la parábola lo que no dice ni insinúa.
El Buen Samaritano no es un inmigrante. Es un viajero económicamente solvente; tiene un utilitario y lleva dinero. No es un «extranjero» de hoy (un ciudadano de otro estado soberano), pues es judío, adora también a Yahveh y no está bajo el rey de Judea pero sí bajo el gran paraguas del Imperio Romano; tal vez fuera «extranjero» como un escocés en Inglaterra, por buscar un ejemplo. Tampoco el herido es un inmigrante sino alguien de allí, un israelita de Judea, víctima de los salteadores de caminos, tradicional oficio practicado hasta muy avanzado el siglo XIX. Al posadero —un hombre que gana dinero con su negocio honrado— se le paga por adelantado. Y se sobreentiende que cuando el herido se reponga, cuidará de sí mismo. El buen samaritano se excede con su prójimo, pero no porque haya salido a buscar inmigrantes heridos en los caminos, ni forme parte de lo que hoy sería una ONG, sino que, yendo a sus negocios, se encuentra de bruces, sin buscarlo, a un par de metros, con el herido al que el sacerdote y el levita no habían auxiliado. Se llena de compasión y no tiene duda alguna: ése es su próximo, su plesios (“cercano”, en griego), su prójimo. Se emplea a fondo con él, le lava las heridas con aceite y vino, se excede en caridad, y gasta en él parte de su dinero (se supone que no todo).
Queda también claro, por la respuesta final del escriba, que Jesús aprueba, que «prójimo» es alguien cercano incluso físicamente; no alguien abstracto en las antípodas, como quiere la moda universalista.
Como en todas las parábolas de Jesús —todas joyas literarias, y muy breves—, no hay palabra prescindible, y el posadero, a menudo olvidado, merece también su alabanza. Debía de ser un hombre que lleva bien su negocio y es honrado y a su vez se fía del samaritano, que también debía de inspirar confianza además de dejarle un depósito de dos denarios (el sueldo de dos días de un jornalero), por si acaso. Se deduce que cuida bien al pobre vapuleado y se sobreentiende (pues Jesús no da indicio contrario alguno) que, al regreso del samaritano, hace cuentas y cobra lo que fuera justo.
El Prof. Martí Borbolla (UP, México), alegre defensor del capitalismo, reprocha que a veces nos olvidamos de que, para redistribuir riqueza, primero hay que generarla (me reconozco acreedor al reproche por mi antipatía «a priori» hacia el capitalismo actual). Indiscutiblemente, si el posadero no hubiera montado un negocio que marcha más o menos decentemente, el buen samaritano no tendría dónde dejar al herido. Seguro que éste, cuando se vio con las heridas curadas, transportado en un jumento, y a salvo en la posada, vio el cielo abierto, acabó haciéndose amigo del posadero y quedó eternamente agradecido al samaritano sin importar que judíos y samaritanos (al fin y al cabo, también judíos) no se tratasen. Tal vez, en agradecimiento, lo invitara después a su casa, previa consulta a su mujer, por si acaso.
Conclusiones del extraterrestre imparcial y con sentido común, a efectos de nuestra polémica actual: esta preciosa parábola no trata de la inmigración; como la respuesta sobre Dios y el César no trata de la justicia de nuestra obligación tributaria. Y no hay que leerla con gafas de hoy. Especialmente, si nuestros cristales están tintados.
Antonio-Carlos Pereira Menaut
es profesor de Derecho
y autor de La Sociedad del Delirio