Tribunas
02/07/2026
Los lefebvrianos: “Altar contra altar”
José Francisco Serrano Oceja
Un breviario con la fotografía del fundador de la
Fraternidad San Pío X, el difunto obispo Marcel Lefebvre.
Vatican News.

En la época patrística se utilizaba una expresión para definir el cisma, “Altar contra altar”.
Esto es lo que ha ocurrido con la decisión de los seguidores de Marcel Lefebvre y su pretensión, una vez más, con argumentos discutidos y discutibles de la “necesidad” de ordenar cuatro obispos sin mandato pontifico. Han levantado un altar contra el altar de Pedro, quien nos preside en la comunión y en la caridad, contra el altar de Roma, de la catolicidad.
No se trata, en este caso, del rito que utilizan para la celebración de los Misterios de la Redención. Un rito, el de san Pío V, que es patrimonio de la Iglesia y que da la impresión que están instrumentalizado.
Durante muchos siglos en la historia de la Iglesia, las palabras cisma y herejía eran sinónimas. Santo Tomas de Aquino pensaba que toda herejía es un cisma, pero no todo cisma es una herejía, aunque el cisma conduce fácilmente a la herejía.
Quizá haya que convencerse de que el problema de la Fraternidad de San Pío X es, al fin y al cabo, doctrinal.
León XIV, el Papa de la unidad, también en la Iglesia, a poco más de un año de inicio de su pontificado acaba de recibir en su cuerpo, y en el de la Iglesia, una gran herida, la de la desunión. Si hay un teólogo que reflexionó sobre la unidad, la herejía y el cisma, fue san Agustín, su maestro.
El de Hipona consideraba que “el origen y la pertinencia del cisma no estriba sino en el odio a los hermanos”.
Dice el profesor Vadillo en su tratado de “Eclesiología”, abordando la cuestión del cisma en general, que “el cisma recibió diversa consideración en la edad patrística (ruptura de los vínculos de comunión entre unas Iglesias particulares y otras) o en la edad media (donde se subrayaba más la relación con el sucesor de Pedro, que también se había tenido presente en la época anterior), pero la idea de fondo es que el cismático quiere regularse, siendo parte, como si fuera el todo. Esta ruptura se da especialmente en el nivel del gobierno y la vida social de la Iglesia, pues se rechaza determinada autoridad, aunque, en principio se mantenga la profesión de una fe correcta”.
El cisma en la Iglesia es siempre una falta de amor. Como escribió Orígenes, “donde hay pecados, allí hay desunión, cismas, herejías, discusiones. Pero donde hay virtud, allí hay unión, de donde resultaba que todos los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma”.
José Francisco Serrano Oceja