El rostro humano de la corrupción

 

 

15/07/2026 | por Grupo Areópago


 

 

 

 

 

 

La corrupción en la vida social se puede afrontar desde muchas perspectivas. Aquí se afrontará desde un valor universal, sin tecnicismos, y los antivalores del mismo.

La corrupción es una gravísima agresión contra la justicia. Modos concretos de darse son el cohecho, la malversación, la prevaricación administrativa, el tráfico de influencias, fraudes y exacciones ilegales, negociaciones y actividades prohibidas, la infidelidad en la custodia de documentos y violación de secretos, los nombramientos ilegales. Todas estas modalidades pueden darse juntas en una misma trama corrupta, como los hijos nacidos de un mismo padre que comparten felizmente la misma casa. Definiendo de modo comprensible a todos esos modos, digamos que son modos de robar y mentir. Si quienes roban y mienten son servidores públicos en el uso de sus funciones – funcionarios y/o los altos cargos del órgano superior del Estado (Ministros y todo su séquito de consejeros) entonces la injusticia pasa a ser corrupción. Ésta es mucho más grave que los mismos delitos materiales cometidos en ámbito civil, ya que conlleva un abuso de poder y una traición tanto a los valores éticos del desempeño de una función pública como a los valores sociales del conjunto de la sociedad.

Ahora pasemos al rostro humano de la corrupción, es decir, a cómo afecta a las personas. Se hará desde un episodio real acaecido en un juicio del Tribunal Supremo que servirá como muestra.

Un ex ministro y ex diputado del Congreso, acusado en una presunta trama de corrupción, en su declaración ante el fiscal banalizaba la desaparición de 94.000€. Le parecía tan poquísimo dinero que ni siquiera sabía cuál había sido su fin, y por supuesto, tampoco sabía cómo justificarlo.

94. 000 € es lo que cobran en cinco años y medio de durísimo trabajo 7,6 millones de asalariados españoles por debajo del salario mínimo (17.094 € brutos al año), 1,7 millones de trabajadores autónomos que facturan menos de 17.000 € al año, 3,1 millones de pensionistas cuya pensión es menor de 17.000 € al año. Si a estos les sumamos los  7 millones de españoles menores de 16 años, y los 8 millones que cursan estudios o buscan trabajo, suman 27 millones de españoles. Tres de cada cinco españoles saben de sobra qué hacen con sus 94.000 € en cinco años y ocho meses porque de sobra saben cuánto cuesta ganarlos y cuántas filigranas hay que hacer para que lleguen a rendir. Precisamente se banalizan y mofan de esos 27 millones de españoles más débiles y vulnerables. Precisamente se miente y roba a esos 27 millones de personas a quienes las políticas sociales prometían promover y deberían amparar “según justicia”.

El rostro humano de la corrupción tiene un número imponente: 27 millones de españoles que lo pasan mal, y a veces muy mal, a quienes roban, mienten, traicionan y se mofan con sarcasmo.

Menos mal que éstos sí que asumen la justicia como único modo de vivir con dignidad humana, la cumplen y la hacen cumplir.

 

 

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