Opinión
28/07/2026
Dios escribe con “renglones pequeños”. La Consagración de Inglaterra y Gales al Sagrado Corazón de Jesús
José María Alsina Casanova
Persona rezando ante la
imagen del Corazón de Jesús.

Hay noticias que apenas ocupan unas líneas y, sin embargo, contienen una fuerza capaz de abrir una ventana de esperanza en medio de un panorama desolador. Mientras este verano en España contemplamos con el corazón encogido el drama de los incendios que arrasan miles de hectáreas de nuestros montes, destruyen hogares y obligan a evacuar a centenares de familias, la actualidad nos ofrece también una de esas noticias discretas que hablan del modo en que Dios sigue actuando en la historia.
Hace apenas unos días conocíamos que los obispos de Inglaterra y Gales han decidido consagrar solemnemente ambos países al Sagrado Corazón de Jesús. Lo verdaderamente llamativo no es solo la decisión, sino el origen de la iniciativa. No nació en una comisión episcopal ni en un gran movimiento eclesial. Surgió de la carta de una sencilla fiel laica, Sarah Scott, que, inspirada por la reciente consagración realizada en Estados Unidos, preguntó a la Conferencia Episcopal si Inglaterra y Gales habían sido alguna vez consagradas oficialmente al Corazón de Cristo. Tras comprobar que, desde la Emancipación Católica de 1829, no existía constancia de una consagración nacional de este tipo, los obispos aprobaron por unanimidad llevarla a cabo.
La noticia encierra una enseñanza que quizá pase desapercibida. Vivimos acostumbrados a pensar que los grandes acontecimientos solo nacen de grandes estructuras, de personas influyentes o de complejas estrategias. Sin embargo, una vez más, el Señor parece complacerse en escribir la historia con instrumentos humildes.
No deja de ser significativo que una simple feligresa haya movido a toda una Conferencia Episcopal. Pero, en realidad, no estamos ante una excepción. Es un modo de actuar que atraviesa toda la historia de la espiritualidad del Sagrado Corazón.
Todo comenzó con santa Margarita María de Alacoque (1647-1690), humilde visitandina del monasterio de Paray-le-Monial. Entre 1673 y 1675 recibió las revelaciones del Corazón de Jesús que darían origen a una de las grandes corrientes espirituales de la Iglesia. Murió con tan solo cuarenta y tres años, sin imaginar la difusión universal que alcanzaría aquella devoción.
A su lado estuvo san Claudio de La Colombière (1641-1682), jesuita, director espiritual de la santa y gran propagador de este culto. Enviado a Londres en 1676 como capellán de María Beatriz de Módena, duquesa de York, llevó consigo la misión de difundir la devoción al Sagrado Corazón. Su intensa labor apostólica y una grave enfermedad pulmonar, contraída durante su estancia en Inglaterra, quebrantaron su salud en los últimos años de su vida. Falleció con apenas cuarenta y un años. Resulta providencial que, tres siglos y medio después, Inglaterra vuelva a aparecer unida a esta devoción.
En España encontramos otra figura decisiva: el beato Bernardo de Hoyos (1711-1735). Su frágil salud estuvo a punto de impedir su ingreso en la Compañía de Jesús y murió con solo veinticuatro años. Sin embargo, el 14 de mayo de 1733, mientras oraba en el Colegio de San Ambrosio de Valladolid, recibió la célebre locución: «Reinaré en España, y con más veneración que en otras muchas partes». Aquellas palabras impulsaron decisivamente la expansión de la devoción al Corazón de Jesús en nuestra patria.
Algo semejante ocurrió con la beata María del Divino Corazón Droste (1863-1899). También consumida por la enfermedad y fallecida prematuramente, fue el instrumento elegido para pedir al papa León XIII la consagración del mundo entero al Sagrado Corazón. El Pontífice respondió con la encíclica Annum Sacrum y realizó solemnemente aquella consagración el 11 de junio de 1899, considerando aquel gesto el más importante de su pontificado.
La lista podría continuar. Santa Teresita del Niño Jesús murió con solo veinticuatro años; santa Faustina Kowalska, marcada también por el sufrimiento físico, falleció a los treinta y tres. La historia de la devoción al Sagrado Corazón está llena de personas jóvenes, enfermas, frágiles o socialmente irrelevantes que acabaron transformando la vida espiritual de millones de creyentes.
Quizá esa sea precisamente la gran noticia escondida tras la información llegada desde Inglaterra y Gales. Dios continúa confiando sus proyectos a quienes el mundo apenas considera importantes. Mientras nosotros solemos fijarnos en las grandes cifras o en las grandes estrategias, Él sigue mirando a los corazones disponibles. Basta la docilidad de una mujer corriente para poner en marcha un acontecimiento histórico.
En un verano marcado por el fuego que devora nuestros bosques y por tantas noticias que alimentan la inquietud, esta decisión de los obispos ingleses y galeses tiene algo de agua fresca. Nos recuerda que el Corazón de Cristo sigue atrayendo almas, abriendo caminos de esperanza en una historia en la que Dios escribe con “renglones pequeños”.
Esta noticia nos puede ayudar, en medio del descanso veraniego, a releer y meditar aquellas palabras del Evangelio: «Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25).