Diócesis

 

Iceta reivindica la religiosidad popular como “memoria viva” de los pueblos: “No permitamos que nuestras fiestas pierdan su alma”

 

El arzobispo de Burgos defiende las tradiciones religiosas como una expresión de fe que se convierte en cultura y reclama conservar este “patrimonio espiritual y cultural” frente a las modas que pueden vaciarlo de sentido

 

 

 

18/08/26


 

 

 

El arzobispo de Burgos defiende las tradiciones religiosas como una expresión de fe que se convierte en cultura y reclama conservar este “patrimonio espiritual y cultural” frente a las modas que pueden vaciarlo de sentido

 

 

 

  1. Una fe que sale de las sacristías y se hace cultura
  2. Pablo VI y Francisco: un “tesoro” que debe cuidarse
  3. Las tradiciones no miran solo al pasado
  4. También Jesús participó en las tradiciones de su pueblo
  5. “No permitamos que nuestras fiestas pierdan su alma”

 

 

 


Mons. Mario Iceta, arzobispo de Burgos.

 

 

 

El arzobispo de Burgos, Mario Iceta, ha dedicado su carta de este pasado domingo a reivindicar el valor de la tradición y de la religiosidad popular como parte esencial de la identidad de los pueblos y de la transmisión de la fe.

Bajo el título La Tradición: memoria viva de nuestros pueblos, el prelado invita a contemplar el regreso a los lugares de origen, especialmente durante las fiestas, como una oportunidad para recuperar las raíces y reencontrarse también con Dios.

Iceta parte de las palabras de Jesús en el Evangelio de Mateo —«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos»— para describir esos días como momentos de «encuentro, de memoria y de alegría compartida». A su juicio, detrás de las celebraciones y de las reuniones familiares existe una realidad más profunda: «Dios continúa saliendo al encuentro de su pueblo».

Para el arzobispo, volver a los pueblos supone regresar «al origen de nuestra fe, al corazón de nuestras raíces». Y es precisamente en ese retorno donde, afirma, también «el alma encuentra el camino de regreso a Dios».

 

Una fe que sale de las sacristías y se hace cultura

Iceta recupera una conocida expresión de san Juan Pablo II, quien definió la religiosidad popular como «una fe que se ha hecho cultura». El arzobispo considera que esta dimensión de la fe permite comprender cómo el Evangelio ha ido arraigando en la vida cotidiana de generaciones enteras.

No se trata únicamente de una vivencia interior o de una práctica limitada a los templos. «El Evangelio no permanece encerrado bajo llave en nuestra morada interior y en nuestras sacristías», señala. Por el contrario, encuentra su lugar «entre las calles, las casas, las familias, las conversaciones cotidianas y los corazones».

Ahí sitúa gestos aparentemente sencillos, pero cargados de significado: hacer la señal de la cruz al paso de una procesión, encender una vela o rezar ante una imagen de la Virgen o del Cristo de la infancia. Son expresiones de una fe que, en ocasiones, no necesita «grandes discursos» para mantenerse viva.

El arzobispo de Burgos sostiene que la religiosidad popular cumple así una función fundamental: «nos recuerda quiénes somos».

 

Pablo VI y Francisco: un “tesoro” que debe cuidarse

La carta recurre también a san Pablo VI, quien en Evangelii nuntiandi destacó que la religiosidad popular «refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer». Iceta recuerda además que esta forma de fe puede hacer a las personas capaces de «generosidad y sacrificio hasta el heroísmo» cuando llega el momento de manifestarla.

Precisamente por ello, Pablo VI pedía aproximarse a esta realidad con una mirada agradecida, pero también con responsabilidad. «Hay que ser sensible a ella, saber percibir sus dimensiones interiores y sus valores innegables», señalaba el Pontífice, al tiempo que reclamaba disposición para ayudarla a superar «sus riesgos de desviación».

Una religiosidad popular bien orientada puede convertirse, en palabras de Pablo VI que recoge Iceta, «cada vez más» en «un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo».

El arzobispo incorpora asimismo las palabras del Papa Francisco durante el congreso internacional de religiosidad popular de 2023, cuando definió esta realidad como «un tesoro del Pueblo de Dios». Para Francisco, en ella se expresa «una fe sencilla, arraigada en la vida de las personas», capaz tanto de transmitir el Evangelio como de sostener la esperanza en medio de las dificultades».

 

Las tradiciones no miran solo al pasado

Uno de los argumentos centrales de la carta es que conservar las tradiciones no significa vivir anclados en el pasado. Iceta considera que las costumbres recibidas de los mayores pueden abrir precisamente un horizonte de futuro y conducir hacia Dios.

«Qué hermoso es descubrir que las tradiciones que recibimos de nuestros mayores no nos atan al ayer, sino que nos abren el horizonte del Padre», escribe.

En este contexto, recupera también la llamada de Jesús a la fraternidad: «Vosotros sois todos hermanos». Para el arzobispo, las fiestas y tradiciones populares pueden ser espacios privilegiados para hacer visible esa fraternidad, especialmente cuando «las diferencias dejan paso al encuentro».

La verdadera tradición, sostiene, genera además una cultura de acogida: nadie debe sentirse extranjero y todos pueden experimentar «el gozo de una verdadera hospitalidad». De este modo, la alegría de una persona o de una familia termina convirtiéndose en «la alegría de todos».

 

También Jesús participó en las tradiciones de su pueblo

Iceta encuentra en el propio Jesús una referencia para explicar que tradición y fe no tienen por qué ser realidades contrapuestas. El arzobispo recuerda que Cristo «también formó parte de las tradiciones de su Pueblo»: participó en las fiestas de Israel, peregrinó cada año a Jerusalén y estuvo presente en aquellos gestos que daban identidad al pueblo al que pertenecía.

Con su ejemplo, señala, Jesús mostró que las costumbres y los ritos pueden convertirse en caminos hacia Dios cuando nacen y se viven desde una fe auténtica. El criterio, por tanto, no está simplemente en mantener una determinada costumbre, sino en que esta conserve su raíz.

«Cuando nacen y viven de una fe sencilla, sin máscaras y postizos», afirma Iceta, las costumbres y los ritos «se convierten en caminos verdaderos que conducen al encuentro definitivo con Dios».

 

“No permitamos que nuestras fiestas pierdan su alma”

El arzobispo de Burgos concluye su reflexión con una advertencia dirigida a preservar el sentido religioso de las celebraciones populares. «No permitamos que nuestras fiestas pierdan su alma y su sentido más profundo», reclama.

Iceta pide que «el ruido del presente» no termine ahogando «la alegría de una tradición bien vivida» y alerta igualmente de que las nuevas modas pueden llegar a «vaciar de sentido aquello que, durante siglos, ha alimentado la esperanza de tantas generaciones».

Su propuesta no pasa simplemente por conservar las tradiciones por su antigüedad, sino por reconocer el patrimonio que contienen y mantener viva su dimensión espiritual. «Conservemos, con inmensa gratitud, este patrimonio espiritual y cultural», exhorta, porque en él permanece una memoria que acerca a Jesucristo y que permite «tejer entre nosotros una fraternidad profunda y verdadera».

La misiva termina poniendo esta tarea en manos de la Virgen María, especialmente presente en la devoción de los pueblos. A ella le pide que enseñe a cuidar esta herencia «con humildad, decisión y gratitud».

Y resume el camino que propone en una cadena que une fe, tradición, cultura y fraternidad: «una religiosidad que en sus hondas raíces se hace tradición, de una tradición que se hace cultura y de una cultura que, iluminada por el Evangelio, nos hace más hermanos, más humanos y, sobre todo, más de Dios».