Tribunas

La absolución del cardenal Ouellet

 

 

José Francisco Serrano Oceja


Cardenal Marc Ouellet.
Foto: Vatican media

 

 

 

 

El cardenal Marc Ouellet, que fuera Prefecto de la Congregación de Obispos, acaba de ser absuelto de las acusaciones que una señora, que ejercía diversos trabajos en la Iglesia, le había hecho de “episodios de contacto físico no consentido presentados como violencia sexual”. Actos no consentidos de contacto físico entre 2008 y 2010, cuando Ouellet era arzobispo de Quebec, antes de convertirse en prefecto curial.

La demanda, de la que ya se puede decir según la justicia que no era víctima, por lo tanto, hizo una falsa acusación, se presentó también dentro de una demanda colectiva contra el clero de esa diócesis.

El cardenal Ouellet, como respuesta a esa acusación, presentó a su vez una demanda civil por difamación contra la acusadora. Ahora el Alto Tribunal de Quebec obliga a la persona que acusó al cardenal a pagarle 100.000 dólares canadienses (alrededor de 72.100 dólares americanos) en daños y perjuicios.

El cardenal Ouellet, que, por cierto, habla un perfecto español, y cuya teología admiro, ha declarado a Vatican News que “el sistema de justicia civil de mi país ha reconocido que las acusaciones de agresión sexual hechas contra mí eran falsas y formuladas con 'extrema imprudencia equivalente a malicia', y que la persona en cuestión ha sido considerada responsable de las declaraciones 'infames' y difamatorias hechas contra mí y que han circulado ampliamente por todo el mundo”.

Hay que recordar que el Papa Francisco le encomendó al jesuita belga Jacques Servais una investigación preliminar en 2022. Después de que Servais presentara sus conclusiones, el Papa dijo que no había “elementos suficientes” para abrir una investigación canónica por agresión sexual.

Por cierto, está pendiente que se concluya la investigación sobre el cardenal español de Rabat, Cristóbal López-Romero. Ojalá siga el mismo curso.

Recordemos el caso dramático del cardenal Bernardin, falsamente acusado, en Chicago, o del cardenal australiano George Pell. Ahí está el libro testimonio de lo vivido en la cárcel por este último.

La confianza en la justicia, sea ésta civil o canónica, y no voy a entrar a considerar ahora si es mayor o menor la confianza en la civil o en la canónica, porque, como diría un gallego, “depende”, es básica, elemental, un último reducto, en una sociedad que vive pendiente de las espirales, también temáticas.

Lo que importa en las relaciones humanas es la verdad de los hechos, no las interpretaciones, las percepciones, o las sensaciones. Aunque es innegable que, en la psicología, el mundo de la percepción conforma la intencionalidad. No digamos nada si hablamos de los límites personales, en la percepción, de lo permisible y lo no permisible.

La justicia sirve a la verdad y no es sin la verdad. Por lo tanto, la justicia no está subordinada al poder, sea este duro o blando, eclesial o civil, de la opinión pública, de los climas de opinión o de las instituciones con capacidad de influir y condicionar el curso de los acontecimientos.

El cardenal Ouellet lo tuvo claro desde el principio y reaccionó presentando una demanda por difamación contra quien le acusaba. Pero la campaña que se desató contra él, asumiendo la denominada pena de telediario, le convirtió en culpable al incluirle en esa casilla. La pregunta sigue siendo, ¿quién va a volver a restaurar su fama?

La lucha contra todo tipo de abusos en la Iglesia, absolutamente necesaria, debe hacerse con las garantías de la justicia, que no hace falta decir que es humana.

Otra cuestión que habrá que analizar en el futuro es cómo la necesaria lucha contra los abusos ha modificado las formas de relacionarse en la Iglesia. Para bien, sin duda, pero no descartemos que para mal, cuando se introduce la sospecha y la desconfianza.

 

 

José Francisco Serrano Oceja