Tribunas

En recuerdo de Alfonso Pérez de Laborda y Pérez de Rada

 

 

José Francisco Serrano Oceja


Alfonso Pérez de Laborda.

 

 

 

 

Me enteré de casualidad, de purita casualidad, como dicen en la otra España, que en el mes de agosto falleció Alfonso Pérez de Laborda y Pérez de Rada. Si no se dedican profesionalmente a la filosofía, ustedes se preguntarán, ¿y quién es ese señor?

Pues les diré que fue el sacerdote filósofo más original que haya conocido nunca. Una personalidad singular como no habrá otra.

Para que se hagan una idea, ofrezco los solos datos de sus tesis de su biografía que, por cierto, sigue colgada en la red en una web que él alimentó y en la que aún están algunos de sus libros. Dice así:

“Estudié teología en Lovaina. Bachiller en teología en septiembre de 1970 en el Institut de Théologie, Eegenhoven-Leuven, de los Jesuitas. Licenciado en teología el 27 de enero de 1973 en la Facultad de Teología de la Université Catholique de Louvain.

Doctor Ingeniero Industrial el 26 de agosto de 1975 en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Bilbao. La tesis fue dirigida por el catedrático de dicha Escuela Luis de León Vigiola.

Doctor en Teología el 18 de diciembre de 1978 en la Facultad de Teología de la Université Catholique de Louvain. La tesis fue dirigida por el catedrático de dicha Facultad Adolphe Gesché y mi ‘raporteur’ fue el profesor Roger Aubert”.

De una forma u otra estuvo en las siguientes universidades: Université Catholique de Louvain, Universidad Pontificia de Salamanca, University of Pittsburgh, Universidad Católica de Ávila, Pontificia Università Lateranense, Instituto Filosófico Pedro Francisco Bonó,  de la provincia antillana de la Compañía de Jesús tiene en Santo Domingo, y la Universidad Eclesiástica San Dámaso.

Sacerdote inicialmente, o siempre, de la diócesis de Ávila, ejerció también su ministerio en la diócesis de Madrid, a la que llegó después del periplo salmanticense, “acogido” por el cardenal Rouco Varela, que de personalidades singulares también sabía un rato.

Alfonso tiene una larga obra escrita, gran parte de ella sobre la filosofía de la ciencia. También sobre cuestiones relacionadas con la teodicea, incluso con la literatura, si me apuran. Su filosofía del “Hay” trasciende la influencia Heideggeriana.

En Dialnet parece como director único de una tesis, la de su amigo y discípulo, mi recordado Esteban Peña Eguren, que anda por no sé qué parroquias de Cantabria.

La singularidad de su ministerio intelectual se compaginaba con su ejercicio del ministerio sacerdotal que, en los últimos años se caracterizó por las horas que pasaba en el confesionario en la Parroquia del Cristo de las Victorias, en Madrid. Representaba esa escena la paradoja sintética de quien había sido, siempre, un espíritu tan libre como inalcanzable e inclasificable. Imprevisible, porque lo que Alfonso siempre fue es imprevisible.

Sus conversaciones eran tan interminables como sorprendentes. Una vez que se jubiló en San Dámaso, o le jubilaron, me contaba un día, en una comida, que se estaba dedicando a ver todo el cine en blanco y negro que tenía preparado para tal menester. Horas y horas analizando escenas, diálogos, vida, porque entendía la realidad como esa manifestación plena de sentido animada por una Presencia significativa.

Desde el punto de vista de la teología cabe destacar su trabajo en la Revista Communio. Y ahí lo dejo.

Son muchos los recuerdos, las conversaciones, que se agolpan a la hora de recordar a Pérez Laborda. Desde los primeros años en Salamanca, “La buhardilla azul”, sección que mantenía en el programa de radio de Merayo, su piso de la plaza de las Carmelitas, en el que viví un par de años, hasta nuestras conversaciones en su restaurante belga preferido en Madrid cuando colaboraba en mi programa de Radio Internacional.

De Alfonso siempre aprendías algo, aunque fuera esa mirada del amor de Dios en la que nunca habías pensado.

No quiero pensar cómo ha muerto a los ojos del mundo, de la Iglesia, no de sus amigos íntimos y de sus discípulos y alumnos, gran parte del clero joven de Madrid que asistía perplejo a sus clases. Como así hacíamos los de la Ponti de los noventa.

Lo importante es la mirada de Dios hacia su vida, una vida que interpelaba.

Descanse en paz.

 

 

José Francisco Serrano Oceja