28/09/2026 | por Grupo Areópago
Hay personas que se han pasado toda la vida cuidando de los demás; de sus padres, de sus hijos, de sus nietos… y cuando llega la vejez, se encuentran solas. Vivimos en una sociedad en la que se corre el riesgo de olvidar todo lo que los mayores nos han dado: su trayectoria vital, sus alegrías, sus sacrificios y todos los cambios y avances que han conseguido han hecho posible que nosotros lleguemos hasta donde estamos.
Parece que cuando una persona se hace mayor no tiene nada que aportar. A veces sucede que todo lo que tiene o propone una persona de avanzada edad hay que cambiarlo o que ya no sirve. Se la deja de llamar o de pedir que realicen determinadas tareas porque hay otros más jóvenes que pueden sustituirla. Y es verdad, que, en muchas ocasiones, hay que saber retirarse con dignidad y que el relevo generacional es necesario, pero debemos tener cuidado de no hacer sentir inútil a nadie simplemente por el hecho de haber cumplido una determinada edad o porque sus facultades ya no sean las mismas que cuando era joven. Todos somos necesarios.
Nuestros mayores son memoria viva. En su pasado, y en sus vidas, así como en todo lo que nos han transmitido también está nuestra propia historia; nosotros somos fruto de lo que ellos han vivido y construido. Por eso, prestar atención a nuestros mayores no significa atender únicamente sus necesidades materiales y vitales; significa acompañarlos en la soledad, en la enfermedad, así como protegerlos y escucharlos de manera activa, hacerles sentir queridos y recordarles que siguen siendo importantes y valiosos para nuestra sociedad. Su experiencia no debe ser olvidada ni despreciada, sino valorada y agradecida. Ellos son pilares en muchas familias; su sabiduría y sus consejos son fruto de una experiencia que no debemos dejar pasar por alto.
Por esto debemos honrar a nuestros mayores y no olvidar a quienes están envejeciendo, porque les debemos lo que somos. Respetarles y cuidarles con dignidad y calidad no sólo es una cuestión de humanidad o de responsabilidad social; es una manera de devolver con amor y gratitud, una parte de todo lo que ellos hicieron y hacen por nosotros. Y aunque con los años ya no puedan hacer lo mismo que cuando eran más jóvenes, eso no significa que no hayan dejado de ser necesarios; simplemente sus capacidades y sus formas de aportar pueden ser diferentes.
Porque el valor de una persona no depende de su edad ni de sus capacidades. Nuestros mayores son un referente de vida y de conocimiento; y es nuestra responsabilidad -de la familia y de la sociedad- ayudarles a encontrar y a mantener ese lugar que siguen ocupando entre nosotros.
GRUPO AREÓPAGO