Opinión

León XIV despierta a Francia

 

José María Alsina Casanova


La icónica Avenida de los Campos Elíseos
arropó el pasaje del Santo Padre en el papamóvil
el sábado 26 de septiembre por la tarde.
(@Vatican Media).


 

 

 

 

 

He tratado de seguir con atención la visita de León XIV a Francia. No me ha resultado fácil, porque estos días me encontraba inmerso en la vorágine de un cambio de destino: después de veintiún años en una Casa de Formación Sacerdotal en Toledo, me he trasladado a unas parroquias de la diócesis de Pamplona. Entre cajas que todavía esperan ser abiertas, libros buscando su sitio en las estanterías y rostros nuevos que poco a poco empiezan a hacerse familiares, detenerme a leer alguno de los discursos del Papa y contemplar escenas e imágenes de esta visita ha sido para mí un motivo para encontrar sosiego y paz.

Al asomarme a lo que estaba sucediendo en nuestra nación vecina, me han vuelto también a la memoria algunos de los momentos vividos durante su visita a España el pasado mes de junio. León XIV nos ha mostrado de nuevo su capacidad para animar, confirmar en la fe y despertar una esperanza que, en ocasiones, parece adormecida.

Francia sigue siendo, a pesar de su profunda secularización, una tierra marcada por una extraordinaria historia cristiana. El Papa ha querido recordar precisamente esa herencia y la responsabilidad que comporta. La Iglesia francesa tiene una historia de santos, mártires, sacerdotes, religiosos y misioneros que sigue siendo fuente de inspiración y, al mismo tiempo, una llamada a anunciar a Cristo en el presente.

La respuesta de los católicos ha sido uno de los signos más elocuentes del viaje. Los jóvenes han ocupado un lugar central y la asistencia a los distintos actos ha desbordado las previsiones. En la Plaza de la Concordia, unos 800.000 fieles participaron en la Eucaristía presidida por el Papa. La imagen resultaba especialmente significativa: en uno de los lugares más cargados de memoria de la Revolución Francesa, la Iglesia volvía a reunirse públicamente para celebrar la Eucaristía y anunciar a Cristo como fuente de salvación y esperanza.

La vigilia con los jóvenes en el Stade de France ha sido otro de los grandes momentos de estos días. Mientras escuchaba al Papa hablarles de Cristo, de la búsqueda de sentido, de la oración, de la misión y de la santidad, resonaban en mi memoria aquellas palabras que tanto me ayudaron cuando era un joven seminarista: «No tengáis miedo a ser santos». Entonces las pronunció san Juan Pablo II en Santiago de Compostela; ahora es León XIV quien vuelve a poner delante de los jóvenes franceses la misma propuesta exigente y luminosa.

Quizá una de las escenas más hermosas fue la de Lourdes. El sucesor de Pedro llegó a la Gruta de Massabielle y allí hizo sencillamente lo que hace un peregrino: permaneció en silencio ante la Virgen, tocó la roca, bebió del agua de la fuente, encendió una vela y depositó la Rosa de Oro a los pies de María. Después rezó por Francia, por sus familias, por los enfermos y por los jóvenes.

Me emociona esta escena que se repite a menudo en este Papa: su silencio, su recogimiento, sus ojos que se llenan de lágrimas al dirigir su piadosa oración a la Madre, a la que le confía la vida y el destino de esta humanidad dolorida que lleva sobre sus hombros como vicario de Cristo en la tierra.

A mi parecer, el “broche de oro” de este viaje ha sido el encuentro de León XIV con el episcopado francés. En Lourdes, el Papa les recordó la responsabilidad de la Iglesia en la vida pública francesa y los animó a perseverar en la defensa de la dignidad de la persona humana. Reconoció expresamente, además, su testimonio en los recientes debates sobre el final de la vida. Pero, sobre todo, les señaló con vigor y fervor cuál debe ser la hoja de ruta de esta nueva etapa: dar a conocer y hacer amar a Jesucristo.

Quizá ahí esté la clave de esta visita papal. Ha querido recordar a los católicos franceses que poseen un patrimonio espiritual inmenso, pero también una misión concreta en el presente. La historia de sus santos no es solo una página admirable. Más allá de esto, su memoria —como ha recordado repetidas veces León XIV— se presenta como una invitación renovada a seguir escribiendo nuevos capítulos de la historia de la santidad de la «hija predilecta de la Iglesia».

Al terminar estos días, me queda la impresión de que el Papa ha despertado en la Iglesia francesa una renovada conciencia de su misión. Como recordó a los obispos, es hoy un «pequeño rebaño», pero precisamente por ello necesita vivir con la certeza de que su fecundidad no depende únicamente de los números, sino de su capacidad para hacer presente a Cristo en la vida de las personas.

León XIV dejó en España el listón muy alto. En Francia ha vuelto a mostrar esa capacidad de animar y de despertar esperanza, poniendo ante los ojos de todos aquello que está en el corazón de su misión: Cristo, la santidad, los jóvenes, los enfermos, la defensa de la dignidad humana y una Iglesia que no tiene miedo de anunciar aquello que ha recibido.

Y mientras continúo abriendo cajas y buscando un lugar para cada libro en mi nueva casa, recibo la llamada de un amigo de París. Al otro lado del teléfono Jean Philippe, lleno de gozo, me saluda con una frase que resume, quizá mejor que ninguna otra, lo que muchos franceses han vivido estos días:

—Padre, ¡estamos felices! ¡León ha despertado a Francia!

Después de lo que he podido seguir del viaje pienso que León, ciertamente, ha despertado el “alma espiritual” de esta noble nación invitando, una vez más, a levantar la mirada y a señalar esa fuente que como recordó en la Misa de París, «es el Corazón de Jesús traspasado», fuente de agua viva que sigue renovando la esperanza de la Iglesia y del mundo.