Opinión

La edad como defecto

 

Patricia Sánchez Socías


Un teléfono móvil con varias aplicaciones de redes sociales.
(Foto: Saurabh Sirohiya / Europa Press)

 

 

 

 

 

Pocas cosas ayudan tanto a pensar como romper la rutina. Hace poco, me escapé con mi marido para celebrar nuestro aniversario en un hotel de moda y, por primera vez en meses, tuve tiempo para sentarme a mirar sin prisas. Fue ahí donde me impactó algo que ya tenemos totalmente normalizado: casi nadie aparenta la edad que tiene. Me impresionó ver a jóvenes, apenas rondando los veinte o treinta años, con rasgos alterados bajo la misma plantilla: pieles ultra lisas, labios rellenos, pómulos esculpidos y rostros que iban perdiendo su singularidad.

No me interesa juzgar la estética ni a quienes acuden a ella, pues todos cuidamos lo que proyectamos, pero sí me parece importante preguntarnos en qué momento decidimos que la madurez natural es algo que debemos corregir antes de que llegue.

La psicología sabe bien que la imagen corporal nunca es solo física. En ella se mezclan la autoestima, la identidad, la aceptación social y la percepción de nuestro propio valor. Por eso resulta inevitable que una sociedad expuesta a la hiperobservación convierta el rostro en un tribunal permanente. Nos contemplamos mucho y, sobre todo, nos comparamos aún más.

Pantallas, redes, filtros y primeros planos han educado al cerebro para normalizar la perfección digital: pieles impecables y miradas congeladas sin huella de biografía. Cuando lo extraordinario se vuelve cotidiano, lo natural empieza a vivirse como una falta. Y ahí reside el problema real: no en el deseo de verse bien, sino en la sospecha de que el propio rostro necesita una enmienda continua para ser aceptable.

Es aquí donde la estética cede el paso a la salud mental. Una autoestima sólida no debiera depender de un rostro inmóvil ni del visto bueno ajeno. Sin embargo, cuanto más peso concedemos a la mirada exterior, más frágil se vuelve nuestra arquitectura interna. Una arruga deja de ser un pliegue de la piel o una huella de nuestra historia para convertirse en una amenaza: la señal prematura de una pérdida de atractivo, de relevancia o de vigencia. Por eso, la prisa por intervenir aparece cada vez antes. Ya no buscamos rejuvenecer cuando envejecemos; intentamos neutralizar el tiempo por adelantado.

Jamás se había hablado tanto de longevidad, cuidamos la nutrición, preservamos la masa muscular, optimizamos el sueño y buscamos llegar con fuerza a edades que antes parecían lejanas. Deseamos vivir más y mejor, pero nos incomoda que el cuerpo conserve las huellas del trayecto. Quizá porque envejecer nos confronta con el único límite irrenunciable: el control. La piel que cede o los rasgos que maduran nos recuerdan que no todo se puede gestionar a voluntad. La medicina estética ofrece una gratificante ilusión de control sobre el tiempo. No hay nada de malo en querer verse mejor para ganar seguridad, el riesgo emerge cuando nuestra estabilidad emocional depende de no cambiar nunca.

Es entonces cuando conviene recordar que la verdadera plenitud no es un asunto puramente físico. La madurez trae consigo un valioso contrapeso: a medida que perdemos la juventud, vamos construyendo con los años la seguridad interna, la serenidad y la propia estima. Con los años, uniendo voluntad e inteligencia moldeamos una identidad elegida que no necesita pedir permiso ni aprobación. Nos convertimos en quienes realmente queremos ser. Pretender que la plenitud resida únicamente en la tirantez de la piel es reducir la existencia a su envoltorio más efímero.

Cuando el valor personal se deposita en la apariencia, la meta se vuelve inalcanzable. El ojo se acostumbra con rapidez a la nueva imagen y lo que ayer parecía suficiente, mañana exige un nuevo retoque. La mente funciona por adaptación: primero se corrige un rasgo, luego otro, no porque existan más defectos, sino porque cada alteración modifica la vara de medir con la que juzgamos el conjunto. La autoestima queda atrapada así en un bucle inacabable.

Por todo ello, urge hablar del envejecimiento desde la psicología antes que desde la cosmetología. Hacerse mayor exige reorganizar nuestra propia identidad, aprender a aceptar los cambios del cuerpo sin interpretar cada uno de ellos como una derrota. Una mente equilibrada no es la que adora cada imperfección a cualquier edad (eso sería una ingenuidad), sino la que posee la madurez suficiente para sobrevivir al cambio, a dejar de ser la persona más joven del lugar, y a descubrir que, conforme aparecen las arrugas, hay otras cosas que por fin empiezan a importar mucho más.

Somos la primera generación capaz de disimular el paso de los años como nunca hasta ahora. Sin embargo, la eterna juventud sigue siendo una ilusión, y perseguirla puede distraernos de lo verdaderamente importante: disfrutar de la vida que tenemos. La gran conquista de la madurez consiste en aprender a vivir el presente, cultivar una autoestima que no dependa del espejo, encontrar la paz interior y conservar la alegría y la ilusión por todo lo que aún nos queda por vivir. Además, tenemos la obligación de transmitir a quienes vienen detrás una forma más libre, serena y alegre de entender la vida. Porque envejecer también es ganar perspectiva, descubrir nuevas ilusiones y comprender que el tiempo no está para detenerlo, sino para llenarlo de vida.