Opinión
30/10/2026
Los curas de Toledo, a pie de vía
José María Alsina Casanova
Agentes de los Servicios de Emergencias trabajan en el lugar de los hechos,
a 28 de octubre de 2026, en Urda, Toledo

Desde la distancia, en Navarra, desde las parroquias del Valle de Egüés donde me encuentro, he seguido con profundo dolor y con mi oración los acontecimientos del trágico accidente ferroviario sucedido en Urda, en las queridas tierras toledanas.
Mi vínculo con Toledo es grande. Soy sacerdote diocesano de esta archidiócesis, en la que he desarrollado la mayor parte de mi vida sacerdotal. Allí tengo muchos amigos sacerdotes y a tantas personas que llevo en el corazón. Por eso, cuando conocí la noticia, pensé enseguida en cómo acudirían, sin tardar, a acompañar a las víctimas y a sus familias.
No me equivoqué. Pronto comenzaron a aparecer nombres que me resultaban familiares: Fernando Fernández de Bobadilla, párroco de Los Yébenes; José Manuel Pastrana, de Consuegra; José Miguel Fernández, de Urda; Juan Jesús, de Madridejos, y tantos otros sacerdotes que han estado allí, junto a los heridos, los fallecidos, sus familiares y los equipos de emergencia.
Los medios han contado algunos de sus testimonios y, detrás de todos ellos, aparece una misma realidad: sacerdotes que han rezado con quienes sufrían, han bendecido y administrado los sacramentos a quienes estaban al borde de la muerte, han escuchado a familiares y han ofrecido consuelo en unas circunstancias que difícilmente pueden describirse con palabras.
Una vez más, los sacerdotes de Toledo han sabido estar a la altura de lo que su pueblo necesitaba, con esa cercanía y disponibilidad que nacen de una vocación vivida con entrega.
Al leer estos testimonios recordaba a tantos sacerdotes de Toledo a los que quiero y admiro. Ya de seminarista aprendí de muchos de ellos el entusiasmo por la entrega, el celo por anunciar el Evangelio, la capacidad de hacerse amigos de todos y la preocupación por los más necesitados.
Siempre he visto en ellos una manera de entender el sacerdocio muy pegada a la vida de las personas, a sus alegrías y también a sus sufrimientos. Recuerdo que nuestro rector nos decía: «El seminarista que eres ahora, el cura que serás mañana». Aquella frase vuelve hoy a mi memoria con especial fuerza.
Porque los sacerdotes que han estado «a pie de vía» en una situación como la de Urda no se improvisan. Son el fruto de una vida entregada poco a poco, de muchas horas de oración, de la celebración cotidiana de los sacramentos y de haber aprendido a mirar a las personas con los ojos de Cristo.
Detrás de su presencia en la tragedia hay años de fidelidad, de trabajo pastoral muchas veces escondido y de amistad con la gente. Una vida sacerdotal que encuentra su sentido cuando se pone al lado de quien sufre.
Al terminar estas jornadas, seguramente habrán dado gracias a Dios por haber podido estar allí, conscientes de que no han hecho nada extraordinario, sino aquello para lo que un día fueron llamados y a lo que han dedicado su vida: estar con la gente cuando más lo necesita.
Situaciones como la de Urda nos recuerdan lo que significa ser sacerdote. Acompañar al que sufre, sostener una mano, escuchar un llanto, rezar junto a un moribundo o llevar una palabra de esperanza también es una manera de anunciar el Evangelio.
Desde aquí me he unido en oración a sus trabajos y desvelos, y he dado gracias a Dios por ser hijo de esta diócesis, por tantos sacerdotes buenos que he conocido en ella y por una Iglesia diocesana que, a lo largo del tiempo, ha sembrado y sigue sembrando el Evangelio en sus pueblos y ciudades.
Al contemplar a estos sacerdotes junto a las víctimas, uno entiende de nuevo qué significa ser un cura según el corazón de Dios: estar allí donde está el dolor, llevando con sencillez la presencia de Cristo y recordando, incluso en las horas más oscuras, que Dios no abandona nunca a sus hijos.