Tribunas

El vivir de los muertos

 

 

Ernesto Juliá


Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos.

 

 

 

 

 

La muerte continúa siendo un tabú para un cierto número de personas. Algunos, incluso, consideran poco civilizado tratar de la muerte en una conversación, como si fuera algo de mal gusto o, por lo menos, poco delicado.

En los sueños actuales de algún que otro personaje que se autodenomina “científico”, y que de científico no tiene nada, aparecen robots a los que se quiere dar un cierto grado de inteligencia y de sensibilidad que, según ellos, harían posible la continuidad de la vida del ser humano años y años, casi sin límites. Ganas de soñar y de engañarse.

La realidad de la muerte lleva consigo un cierto cambio en las perspectivas humanas. Obliga a pararse, a meditar, a ponderar las cosas: ejercicios de pensamientos, de la memoria, de la inteligencia, en definitiva, que quizá a algunos se les puedan hacer particularmente, penosos y arduos. La muerte, sin embargo, en una realidad inevitable, ineludible.

Quizá para algunos hablar de miedo a la muerte pueda sonar demasiado fuerte y poco agradable. Y aclaro enseguida que no me refiero a esos miedos momentáneos, profundísimos en ocasiones, por los que todos los seres humanos hemos de pasar de frente a la separación, al desgarramiento, y a una cierta sensación de aniquilamiento de un modo de ser persona, alma y cuerpo material unidos, que la muerte comporta.

Ni siquiera la certeza de la resurrección hace que las cosas sean lo mismo, al otro lado de la vida terrena. Para que el hombre recupere el sentido de su vida temporal, es muy necesario superar en nuestro espíritu el hiato que conlleva la muerte, y lanzar una maroma que amarre para siempre la vida con la muerte en la eternidad.

Para conseguirlo nos es de ayuda impagable el vivir de los muertos que hemos amado en vida. El convivir de la esposa con la falta del marido muerto, el añorar del hombre la cercanía de su mujer fallecida; la vida del amigo en la muerte del amigo; del hijo en la madre fallecida; de la madre en el vacío que dejó su hija..., facilita la continuidad entre el tiempo de la tierra y la eternidad. Y empuja a dar entrada, de alguna manera, a la vida eterna en nuestro espíritu. Cristo escogió este camino, invitándonos a convivir con Él, muerto y resucitado, en la Eucaristía: “prenda de vida eterna”.

Y que no se diga que la vida sin fin nos la hemos inventado los hombres, en la búsqueda de un consuelo a los males de la tierra. La afirmación de algunos que en el temor a la muerte está el comienzo de la religión, me ha parecido siempre poco inteligente, y todavía menos racional y científica. Si no hubiera sido creado por Dios, el hombre no podría descubrir, ni en su espíritu ni fuera de él, esa inefable “memoria de Dios”, esa “nostalgia de Dios”, único fundamento de la relación del hombre con Dios; y que hasta el más empedernido “ateo” quiere ahogar en su espíritu, pero no lo consigue. En algunos momentos son ellos los que más hablan de Dios, pretendiendo negar su existencia.

Por eso el creyente se esfuerza, y pide la gracia de alcanzar esa visión cristiana –la objetivamente verdadera- de la muerte, que tan bien expresó José Luis Martín Descalzo en su último poema:

“Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir en una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba”.

 

Los cementerios, en noviembre, vuelven a invitarnos a descubrir ese amabilísimo “vivir con los muertos”, y compartir con ellos nuestro camino terreno. No tengo nada contra la incineración, porque al fin de cuentas nuestro cuerpo acaba reduciéndose a ceniza; pero un cementerio donde está enterrada una persona querida, nos invita a hacerle una visita, a recordar su existencia, a pedirle que no se olvide de nosotros allá en la eternidad con Dios. Hasta el silencio de los difuntos nos facilita la tarea: no son necesarias palabras escogidas, ni grandes discursos de ocasiones; basta un rezo, una flor, y que nuestra alma en libertad se abra ante ese ser querido.

 

 

Ernesto Juliá Díaz
ernesto.julia@gmail.com