Tribunas
08/11/2026
Si mi párroco, don Antonio, hubiera vivido este día…
José Francisco Serrano Oceja
Nada hay más difícil que esculpir el pensamiento y dar forma a las ideas, con las palabras adecuadas, cuando las emociones se agolpan en el imaginario de la vida.
Pertenezco a una generación que nació al compromiso cristiano en una parroquia que era compañía de vida y de verdad. Una parroquia, la de San Francisco, en Santander, que se había convertido en motor potente de afirmación católica en un tiempo en el que, inaugurado el pontificado de san Juan Pablo II, las aguas revueltas del postconcilio comenzaban a clarificarse.
En esa parroquia, que traía de cabeza en ocasiones al obispo de la diócesis, mi querido don Juan Antonio del Val, la memoria de los que aún no eran mártires oficiales, por tanto declarados por la Iglesia, de la persecución religiosa en los meses posteriores al 18 de julio de 1936 estaba muy viva. Para nosotros eran testigos y ejemplo. Pero faltaba que la Iglesia lo declarara solemnemente. Existía la fama de martirio.
No por una razón, por muchas. Por razón de la vida de nuestro párroco, don Antonio, cuyos hermanos, Fernando, José María y Eduardo, habían sido asesinados en el barco-prisión Alfonso Pérez.
Pero sobre todo por convicción de los benéficos efectos, en la formación de la conciencia de los jóvenes, de lo que es y significa para la identidad cristiana la teología y la espiritualidad del martirio. Era la forma de hacernos entender que la fe no es una ideología política, ni una emoción, sino el sentido pleno de vida, en un contexto de procesos de secularización avanzada.
A medida que íbamos creciendo, incluso en las etapas universitarias, fuimos más conscientes de que nuestra diócesis tenía una asignatura pendiente, la causa de beatificación de los mártires en una tierra, Cantabria, que se había convertido, hasta agosto del 1937, en un inmenso calvario.
Don Antonio, nuestro párroco, imaginaba, soñaba, rezaba con insistencia por el día en que, en la Catedral de Santander, la Iglesia, la Iglesia nacida sobre el martirio de Pedro y de Pablo, el Papa, que preside a las Iglesias en la caridad, hiciera pública profesión de reconocimiento del martirio de los sacerdotes, religiosos y laicos que dieron su vida perdonando y proclamando que Cristo era el Señor de su existencia.
Don Antonio lo soñaba y nosotros alentábamos ese sueño con la oración y con el estudio, sobre todo. Aquellas lecturas, casi clandestinas, del libro de don Antonio Montero en fotocopias; de la primera edición del escrito por Bustamente Quijano; del clásico de Fernando de la Lama.
Confieso que años después, por las noches más que por los días, solo en la Biblioteca de Corbán, releía aquel suplemento del Boletín Oficial Eclesiástico de 1940 titulado “Martirio y ruinas”. Esa también era mi diócesis.
Ese día, el día anhelado por don Antonio, llegó.
Ese día fue ayer.
Ese día, un día grande de acción de gracias por quienes, en el camino de la Iglesia, nos precedieron en el testimonio de la soberanía plena de Dios en sus vidas.
En un sencilla, bella, organizada con exquisito cariño, perfecta como todo lo humano, ceremonia litúrgica de beatificación de Francisco González de Córdoba y sus 79 compañeros mártires, el Señor del Historia le ha hecho el mayor regalo que la diócesis de Santander podía anhelar. Un acontecimiento de esos que marcan la historia.
Una diócesis, por cierto, en cuya razón histórica está el martirio, como lo demuestra el hecho de que los patronos sean los mártires San Emeterio y Celedonio.
Santander enarboló ayer, ante una sociedad cántabra entre sorprendida y admirada, la palma del martirio, que es esa bandera que avanza hacia la esperanza.
La mística del martirio no es la mística del sufrimiento, de la violencia, de la victoria del mal sobre lo bueno, bello y verdadero. La mística del martirio es la de la lealtad, la coherencia, la del sí al sentido pleno de la existencia.
Santander, una diócesis probada en sus entrañas, que sirvió de campo de experimentación del postconcilio, ya desde sus orígenes tardíamente romanizada y evangelizada, ha recibido a raudales la gracia que se derrama con la sangre de los mártires.
Gracia de la memoria de fe, de la memoria de caridad, de la memoria de verdad, que fueron sus vidas. Porque el martirio, al fin y al cabo, de lo que nos habla es de la última ratio de la verdad del Evangelio en la vida. El sí final es el sí amplificado del día a día.
Los mártires que fueron arrojados en la boca de la bahía de Santander, atadas sus manos y pies a una piedra; los que fueron fusilados en la barco-prisión Alfonso Pérez; los asesinados a sangre fría en el alto de Jesús del Monte, en el alto de San Cipriano, lo arrojados por el faro, y en otras muchas localidades de esta geografía altiva por montañosa, dieron testimonio de la verdad que daba sentido a sus vidas.
La santidad no es más que una forma de expresión de esa verdad que plenifica. No es un lema del pasado, ni un color raído en una hornacina. La santidad es una vocación de todos, todos, todos, desde el momento mismo del bautismo.
Santander, la Iglesia, la diócesis, la ciudad, la Comunidad Autónoma de Cantabria, ha sido grandemente bendecida.
La espiritualidad del martirio siempre ha acompañado el camino de la Iglesia en la historia. Hoy es tan necesaria como ayer, como siempre en el tiempo. Al fin y al cabo, todo está en la Cruz y en la luz de vida del crucificado resucitado.
Si mi párroco, don Antonio, hubiera vivido este día… No dudo. Lo ha hecho como fiesta en la intimidad de la Gloria.
José Francisco Serrano Oceja