Cartas al Director

 

La dignidad del deber

 

La verdadera fortaleza de una nación no depende del poder que acumula, sino del sentido del deber de quienes la gobiernan y de quienes la integran.

 

 

 

“El cumplimiento del deber es la mejor definición de la dignidad.”
(Inspirado en el pensamiento de José Ortega y Gasset.)

 

 

 

 

 

 

César Valdeolmillos Alonso | 05.08.2026


 

 

 

Hay acontecimientos que desaparecen de los titulares con la misma rapidez con la que llegaron a ellos. Durante unos días ocupan portadas, abren informativos, llenan tertulias y provocan discusiones apasionadas. Después, casi sin advertirlo, otro suceso ocupa su lugar y la vida continúa.

Pero existen acontecimientos cuya verdadera importancia comienza precisamente cuando dejan de ser noticia.

Mientras ocupan las portadas describen lo que ha sucedido. Cuando desaparecen de ellas, empiezan a revelar quiénes somos.

Los sucesos vividos en Ceuta y Melilla pertenecen a esa clase de acontecimientos.

La preocupación expresada por una amplia mayoría de los Estados miembros de la Unión Europea y el debate abierto sobre la respuesta común ante esta situación no constituyen únicamente un episodio diplomático. Son también una ocasión para formular una pregunta mucho más profunda.

No tanto qué ha ocurrido, como qué revela todo ello acerca de nosotros.

Las crisis internacionales rara vez nacen de un solo acontecimiento. Casi siempre ponen de manifiesto fortalezas o debilidades que llevaban tiempo creciendo silenciosamente.

Y quizá la mayor debilidad de una nación no consista tanto en sufrir una presión exterior como en olvidar cuáles son los deberes que le corresponde cumplir para afrontarla con dignidad.

 

La dignidad nunca precede al deber

Hace algún tiempo, hablando precisamente de la dignidad, una persona me lanzó una pregunta que nunca he conseguido olvidar.

    ¿Y eso para qué sirve?

No era una pregunta inocente. Tampoco respondía a un deseo sincero de comprender. Detrás de ella se adivinaba una forma de contemplar la vida en la que sólo merece consideración aquello que proporciona una utilidad inmediata, un beneficio tangible o una ventaja personal. Todo lo demás parecía pertenecer al mundo de las palabras hermosas, pero inútiles.

Sin embargo, cuanto más he reflexionado sobre aquella pregunta, más convencido estoy de que encerraba, sin proponérselo, uno de los grandes problemas de nuestro tiempo.

Vivimos en una época que ha terminado acostumbrándose a medir casi todo por su utilidad. Y, casi sin advertirlo, hemos empezado a formular la misma pregunta incluso cuando hablamos de las virtudes.

¿Para qué sirve la dignidad?

La respuesta quizá decepcione a quien sólo entiende el lenguaje del provecho.

La dignidad no sirve para hacer la vida más cómoda. Sirve para hacerla más noble. No proporciona ventajas materiales. Con frecuencia exige renunciar a ellas. No garantiza el éxito. A veces conduce incluso al sacrificio. Pero precisamente por eso constituye una de las expresiones más altas de la condición humana. Porque hay realidades cuyo valor no depende de la utilidad que proporcionan. Nadie pregunta para qué sirve la honradez, la lealtad o la palabra dada cuando comprende que, sin ellas, la convivencia termina por desmoronarse. No existen para facilitarnos la vida, sino para sostener aquello sin lo cual ninguna sociedad puede perdurar.

Con la dignidad ocurre exactamente lo mismo. La dignidad se conquista, sólo cuando previamente se ha cumplido con el deber.

 

El deber del Gobierno

Gobernar nunca ha significado simplemente administrar. Significa asumir la responsabilidad de custodiar aquello que pertenece a todos y que ningún gobernante tiene derecho a considerar patrimonio propio.

El primer deber de cualquier Gobierno consiste en proteger la integridad del Estado que representa porque ésa es la razón misma de su existencia.

Las fronteras no son una simple línea dibujada sobre un mapa. Constituyen el espacio dentro del cual un Estado garantiza la vigencia de la ley, la seguridad de los ciudadanos y el ejercicio efectivo de sus derechos. Proteger la integridad de España es un deber institucional tan elemental como garantizar la independencia de los tribunales, la seguridad interior o la igualdad de todos ante la ley.

Cuando una frontera es sometida a una entrada masiva organizada o instrumentalizada con fines de presión política, la primera obligación del Gobierno no consiste en buscar una explicación que atenúe la gravedad de lo ocurrido. Consiste en restablecer el pleno ejercicio de la soberanía, proteger el territorio nacional y garantizar que la ley continúe siendo la única autoridad vigente dentro de nuestro espacio.

Ése es el deber que justifica la existencia misma del Estado. Todo lo demás viene después.

La política podrá debatir las causas. La diplomacia deberá trabajar para evitar que vuelvan a repetirse. La cooperación internacional tendrá su papel. Pero ninguna de esas responsabilidades puede sustituir al deber primero del Estado: garantizar la integridad de su territorio y la vigencia de la ley dentro de él.

Porque el día en que un Estado deja de cumplir con firmeza esa obligación, el problema ya no se limita a una frontera. Comienza a extenderse una duda mucho más profunda: si el propio Estado vacila en el cumplimiento de su deber, ¿por qué habrían de creer los demás que está dispuesto a defender aquello cuya custodia le ha sido confiada?

Gobernar exige ejercer esa prioridad y asumirla incluso cuando hacerlo resulte incómodo.

 

El deber de quienes gobiernan

Las instituciones no actúan por sí solas. Detrás de cada decisión, de cada firma y de cada silencio hay personas concretas. Hombres y mujeres que aceptaron libremente una responsabilidad pública y que, desde ese mismo instante, dejaron de decidir únicamente sobre sí mismos. Cada una de sus decisiones empezó también a proyectarse sobre la vida de los demás.

Con demasiada frecuencia tendemos a hablar del Gobierno como si se tratara de una realidad abstracta, casi impersonal. Decimos que «el Gobierno ha decidido», «el Gobierno ha respondido», «el Gobierno ha actuado». Y, sin embargo, esa forma de expresarnos encierra un riesgo: el de diluir la responsabilidad de quienes lo integran.

Las instituciones no poseen conciencia. La conciencia pertenece únicamente a las personas.

Cada ministro, cada alto cargo, cada servidor público responde moral, legal y políticamente de aquello que hace, pero también de aquello que omite o consiente. Ninguna disciplina de partido, ninguna estrategia parlamentaria y ninguna razón de oportunidad política pueden sustituir al debido sometimiento de la ley.

Quien ejerce una responsabilidad pública debe recordar siempre que las instituciones no existen para servir al poder, sino para limitarlo mediante el cumplimiento del deber que la ley les encomienda.

La Historia está llena de hombres que justificaron sus decisiones diciendo que obedecían órdenes, que respetaban la disciplina o que actuaban conforme a la conveniencia del momento. Con el paso del tiempo casi nadie recuerda las órdenes recibidas. Lo único que permanece son los actos que finalmente realizaron.

Serán muchas las ocasiones en las que la decisión más conveniente para su permanencia en el poder no coincidirá con la que el deber le exige en beneficio de la nación. Es entonces cuando se revela la verdadera talla de un hombre de Estado.

En política suele hablarse mucho de liderazgo. Quizá deberíamos hablar más de ejemplaridad.

Un pueblo puede soportar errores. Ningún gobierno está formado por personas infalibles. Lo que difícilmente soporta una nación durante mucho tiempo es la sensación de que quienes la dirigen han dejado de distinguir entre el interés general y el interés propio.

Cuando esa frontera desaparece, empieza a erosionarse algo mucho más valioso que la popularidad de un gobierno. Empieza a erosionarse su verdadero patrimonio: la confianza moral que inspira a la sociedad. Y cuando ésta desaparece, ninguna mayoría parlamentaria, ningún discurso brillante y ninguna estrategia política consiguen sustituir aquello que únicamente devuelve una conducta fiel al deber en el servicio temporal prestado a una comunidad permanente.

Porque los gobiernos pasan. Pero España permanece. Y quienes hoy ejercen una responsabilidad pública, únicamente administran una herencia que no les pertenece. La recibieron de generaciones anteriores y tienen el deber de entregarla, al menos, con la misma dignidad con la que la recogieron.

Ésa es, quizá, la primera obligación moral de todo gobernante. No gobernar pensando únicamente en el siguiente debate parlamentario. Gobernar pensando en la siguiente generación.

 

El deber de la sociedad

Existe una tentación tan antigua como la propia política. Consiste en pensar que el destino de un país depende exclusivamente de quienes lo gobiernan.

Esa es una idea demasiado cómoda, además de falsa.

Es cierto que los gobiernos influyen sobre los pueblos, pero los pueblos terminan siendo —casi siempre— el reflejo de aquello que están dispuestos a tolerar.

Ésa es probablemente la lección más incómoda que nos deja la Historia, porque nos obliga a abandonar la confortable posición del espectador para convertirnos en parte del problema y, por tanto, también de la solución.

Con frecuencia nos preguntamos hasta qué punto determinadas conductas han llegado a parecernos normales.

Las sociedades no cambian únicamente por causa de las leyes. Cambian cuando cambia la conciencia de quienes las elaboran y las aprueban. Y esa transformación casi nunca comienza en un parlamento. Empieza mucho antes en la familia, en la escuela, en la conversación cotidiana, en la forma de hablar de cada uno de nosotros delante de nuestros hijos, en el respeto que mostramos hacia la verdad cuando confirma nuestras ideas y, sobre todo, cuando las contradice.

Una nación no se sostiene únicamente por sus instituciones. Se sustenta, sobre todo, por los hábitos morales de su gente.

Las leyes pueden castigar la corrupción, pero nunca podrán crear por decreto la honradez. Pueden perseguir el fraude, pero jamás podrán imponer la rectitud. Pueden proteger la libertad. pero serán incapaces de conservarla si los ciudadanos dejan de considerarla un bien por el que merece la pena asumir sacrificios.

Toda sociedad posee una especie de conciencia silenciosa que le permite distinguir entre aquello que simplemente ocurre y aquello que nunca debería llegar a suceder.

Cuando esa conciencia permanece despierta, el pueblo conserva intacta su capacidad de reacción. Cuando comienza a adormecerse, las renuncias dejan de producir escándalo y empiezan a presentarse como simples adaptaciones a los nuevos tiempos. Y ese es el instante verdaderamente peligroso. No cuando aparecen los problemas. Sino cuando dejamos de sentir la obligación moral de afrontarlos.

Una nación no empieza a perderse cuando otros la desafían. Empieza a perderse cuando sus propios hijos dejan de sentirla como propia.

 

El deber del ciudadano

Al final, detrás de todas las palabras colectivas, queda una sola realidad: el ciudadano. No la masa. No el electorado. No esa abstracción a la que todos apelan y a la que nadie puede mirar a los ojos.

Una nación está formada por hombres y mujeres concretos. Personas que cada día toman decisiones aparentemente insignificantes, pero de cuya suma termina naciendo el carácter moral de un pueblo.

En esas decisiones, silenciosas y casi siempre invisibles, empieza realmente el destino de una nación.

Porque la patria —permítame amable lector utilizar ahora esta palabra— nunca ha sido únicamente el lugar donde nacemos. Es, sobre todo, el lugar del que somos responsables y nadie vendrá desde fuera a cumplir el deber que sólo corresponde a quienes vivimos en él.

Amar un país tampoco significa negar sus errores. Al contrario. Sólo quien ama de verdad es capaz de mirar de frente las heridas sin dejar por ello de reconocer a quien las sufre. Ésa fue la grandeza de quienes, en los momentos más difíciles de nuestra Historia, no confundieron el amor a España con la complacencia hacia sus gobiernos y comprendieron que una cosa era el poder y otra muy distinta la nación.

Los gobiernos pasan. España permanece, y precisamente por eso cada generación recibe la responsabilidad de entregar a la siguiente una nación moralmente más fuerte de la que recogió. No más rica. No más poderosa. No necesariamente más grande. Simplemente más digna. Porque la dignidad de un pueblo nunca depende de la fortuna que posee. Depende del deber que está dispuesto a cumplir.

 

Lo único que permanece

La Historia posee la serenidad que a los hombres nos falta. Es la serenidad de lo permanente. Es la serenidad de los siglos.

Nosotros creemos que el tiempo pasa. En realidad, somos nosotros quienes pasamos por el tiempo.

Las generaciones se suceden, los gobiernos cambian, las pasiones se apagan y los nombres terminan desvaneciéndose.

La Historia permanece, y precisamente por eso, cuando quienes la protagonizaron hace tiempo que desaparecieron, nunca pregunta quién ganó una elección, quién pronunció el discurso más brillante o quién consiguió conservar el poder años más tiempo.

Formula preguntas mucho más sencillas: ¿Qué clase de sociedad dejaron tras de sí? ¿Qué hicieron con la herencia que recibieron? ¿Entregaron a sus hijos un país más fuerte moralmente o simplemente los despojos de la destrucción que causaron?

Quizá ahí resida el verdadero juicio de la Historia. No en los acontecimientos extraordinarios sino en la suma silenciosa de los deberes cumplidos... o abandonados.

Ninguna nación desaparece en una tarde ni se salva mediante un gesto heroico. Las naciones se construyen lentamente y lentamente se deterioran.

Cada generación añade algo que fortalece el edificio o contribuye a erosionar sus cimientos pensando que la responsabilidad pertenece siempre a quienes gobiernan. A quienes legislan. A quienes administran justicia. A quienes ocupan cargos públicos.

Y es verdad que sobre ellos pesa una responsabilidad mayor. Pero no exclusiva. Porque la nación no termina en sus instituciones. Empieza en la conciencia de sus ciudadanos.

Una sociedad no se mantiene unida porque todos piensen igual. Ni porque desaparezcan sus diferencias. Permanece unida mientras conserva algo infinitamente más valioso: la voluntad de seguir compartiendo un mismo destino. Y esa voluntad nunca nace de la fuerza. Ni del miedo. Ni siquiera de la costumbre.

Nace del deber. Del deber de decir la verdad cuando la mentira resulta más cómoda. Del deber de servir cuando sería más rentable servirse. Del deber de proteger aquello que no nos pertenece únicamente a nosotros, porque un día tendremos que entregarlo a otros.

Ésa es, quizá, la forma más alta de patriotismo.

No la que más grita. No la que demanda más obligaciones al Estado. No la que constantemente exige derechos.

El verdadero patriotismo es el que comienza preguntándose cuáles son sus obligaciones.

Tal vez por eso el porvenir de España no dependa exclusivamente de quienes hoy ocupan responsabilidades públicas. Dependerá, sobre todo, de que los españoles volvamos a comprender que la dignidad de una nación nunca es superior al sentido del deber de quienes la componen.

Porque los gobiernos pasarán como pasaron todos los anteriores.

También nosotros pasaremos como pasaron quienes nos precedieron.

Lo único que permanecerá será la España que dejemos a quienes aún no han nacido.

Ellos nunca sabrán cuáles fueron nuestros afanes, nuestras vergonzosas supercherías, nuestras ridículas justificaciones.

Sólo recibirán el resultado de nuestras decisiones porque cuando nosotros ya no estemos, quienes vengan detrás serán quienes pregunten que hicimos con la herencia que recibimos. Y entonces ya no hablarán nuestras palabras. Hablará la España que les hayamos dejado.

 

 

César Valdeolmillos Alonso