Cartas al Director

 

Ceuta: la excepción amenaza con convertirse en destino

 

El Estado reconoce un «ataque híbrido», admite fallos de anticipación y prepara a la ciudad para una «realidad estructural». La pregunta ya no es sólo cuándo recuperará Ceuta la normalidad, sino qué normalidad le están preparando.

 

 

 

“Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.”
José Ortega y Gasset

 

 

 

 

 

 

César Valdeolmillos Alonso | 10.09.2026


 

 

 

Hay momentos en los que una noticia modifica un artículo entero porque cambia la realidad sobre la que estaba escrito.

Eso ha ocurrido con Ceuta.

Durante semanas hemos intentado comprender qué había sucedido los días 30 y 31 de julio; por qué una ciudad de poco más de ochenta mil habitantes pudo recibir en unas horas a decenas de miles de personas; qué sabía el Estado; qué sabía Marruecos; qué falló; por qué cuarenta días después los ceutíes seguían sin recuperar completamente la vida que tenían y por qué algunos responsables políticos parecían empeñados en explicarles que una parte de aquello que sentían pertenecía al terreno de lo «subjetivo».

Pero el 9 de septiembre han sucedido dos cosas que obligan a contemplar el problema desde otro lugar.

Por una parte, el Gobierno ha hecho públicos decenas de informes y comunicaciones de Policía Nacional, Guardia Civil, CNI e inteligencia militar sobre las semanas anteriores a la crisis.

Por otra, Pedro Sánchez ha pronunciado dos expresiones que, leídas conjuntamente, tienen una trascendencia política extraordinaria.

Ha hablado de «ataques híbridos de esta naturaleza». Y acto seguido ha dicho que Ceuta y Melilla deben prepararse para una «realidad estructural» derivada de la enorme diferencia de renta y oportunidades existente a ambos lados de la frontera. Añadió después que Ceuta necesita instalaciones de acogida mucho mayores y que se trabaja para disponer de hasta 6.000 plazas.

Es entonces cuando cambia la pregunta. Ya no basta con preguntarnos qué ocurrió en Ceuta. Tenemos que empezar a preguntarnos qué Ceuta puede quedar después de lo ocurrido.

 

Los papeles cambian la historia

En el mes de julio la presión sobre la ciudad de Ceuta fue aumentando. Los servicios españoles observaban un crecimiento extraordinario de las entradas a nado. La Guardia Civil había advertido de la necesidad de reforzar medios. Policía analizaba ya el 28 de julio el riesgo de entradas masivas coincidiendo con la Fiesta del Trono. Y el 29 de julio el CNI comunicó que circulaban convocatorias para intentar entrar al día siguiente por la valla y por el mar, difundidas en grupos cuya audiencia conjunta alcanzaba alrededor de 180.000 seguidores. El aviso fue trasladado a Marruecos, a la Delegación del Gobierno y a la Guardia Civil.

La conclusión resulta bastante sencilla: El Estado no sabía con precisión cuántos vendrían. Pero sí sabía que la presión estaba creciendo, sí sabía cuándo podía producirse un intento importante, sí sabía por dónde podía producirse y sí sabía que en las redes sociales circulaban convocatorias para entrar en Ceuta ese día.

Eso demuestra —cuando menos— un fracaso de anticipación. Y el propio presidente lo ha reconocido al afirmar que España necesita mejorar precisamente su capacidad para anticipar y prevenir movimientos de esta naturaleza.

El problema no fue que no hubiera señales como se ha venido negando hasta ahora. El problema fue no tomar a tiempo las medidas que pudieran haber evitado lo que todas aquellas señales juntas anunciaban.

 

Marruecos: la pregunta que sigue abierta

Hay otra conclusión todavía más grave.

Durante los días anteriores, una parte esencial de la seguridad española dependía de que Marruecos continuara haciendo al otro lado de la frontera lo que venía haciendo: impedir que grandes grupos llegaran hasta ella.

Cuando aquella contención desapareció o resultó insuficiente, Ceuta quedó desbordada.

Los documentos conocidos describen pasividad y un cambio evidente del comportamiento de las fuerzas marroquíes. La propia inteligencia militar calificó su actuación de negligente o pasiva y contempló posibles intereses políticos.

Por tanto, ¿alguien abrió deliberadamente la puerta?

Pero hemos descubierto algo quizá más inquietante: que nuestra seguridad dependía en buena medida de que alguien al otro lado quisiera mantenerla cerrada.

Y Ceuta no es una frontera cualquiera. Es la frontera con España y con Europa frente a un país que mantiene una posición histórica reivindicativa sobre Ceuta y Melilla.

Por eso la cuestión estratégica debería provocar una profunda reflexión: ¿Puede España aceptar que la tranquilidad cotidiana de una parte de su territorio dependa hasta ese extremo de la voluntad de colaboración del país vecino?

Si la respuesta es no, el problema que tenemos delante es bastante mayor que la inmigración.

 

De la «inseguridad subjetiva» al «ataque híbrido»

Hace apenas unas horas discutíamos las palabras del ministro del Interior.

Fernando Grande-Marlaska había hablado de una «sensación de inseguridad subjetiva» entre los ceutíes y había recordado las buenas cifras de criminalidad existentes antes de la crisis.

Pero no se puede explicar el miedo de hoy con la normalidad de ayer.

Hasta el 30 de julio Ceuta tenía unas cifras de criminalidad bajas y sus habitantes no vivían con el miedo que existe hoy. El miedo llegó después.

Y ahora sabemos algo más.

Al día siguiente de aquellas palabras, el presidente del Gobierno ha utilizado para describir acontecimientos como los de Ceuta una expresión de una naturaleza completamente distinta: «ataques híbridos».

No hace falta ser jurista, militar ni politólogo para comprender la contradicción humana que se produce.

Si el propio presidente considera que el Estado debe aprender a defenderse de «ataques híbridos de esta naturaleza», resulta muy difícil explicar al hombre que vive allí que su temor carece de fundamento porque sus estadísticas policiales eran buenas antes de la invasión sufrida.

El miedo del ceutí no es gratuito. Nació de lo que vio y de la angustiosa realidad que, cuarenta días después, lleva sufriendo en sus calles y en su vida.

 

LA FRASE QUE LO CAMBIA TODO

Pero de cuanto Sánchez dijo ayer quizá lo más inquietante y trascendente no sean las palabras «ataque híbrido». Es otra la expresión: «realidad estructural».

El presidente sostiene que Ceuta y Melilla deben prepararse para una realidad permanente determinada por la diferencia de renta y oportunidades existente entre ambos lados de la frontera. Inmediatamente después habla de reforzar el perímetro fronterizo, pero también de construir infraestructuras de acogida mucho mayores y de pasar en Ceuta hasta las 6.000 plazas activadas.

Sánchez no ha dicho que las personas que hoy permanecen en Ceuta vayan a quedarse definitivamente allí. Ha hablado de devoluciones, asilo, filiación, reagrupaciones y diferentes soluciones administrativas.

Tampoco ha dicho que España vaya a dejar abierta la frontera. Al contrario: anuncia más inversión en vigilancia y control.

Y todos sabemos que las palabras de Sánchez merecen ser grabadas en mármol. Eso sí, con letras de quita y pon por si cambia de opinión.

Pero políticamente sus palabras contienen un mensaje difícil de ignorar: el Gobierno ya no contempla la presión migratoria que sufre Ceuta como una anomalía pasajera. La considera estructural y está preparando la ciudad para gestionar su futuro.

Y ahí aparece la pregunta que debería preocupar a cualquier ceutí: ¿Preparar Ceuta significa impedir que vuelva a ocurrir lo ocurrido o preparar la ciudad para soportarlo mejor cuando vuelva a ocurrir?

Probablemente el Gobierno responda: ambas cosas. Y precisamente ahí está el problema. Porque una cosa es fortalecer una ciudad para devolverle la normalidad que tenía y otra muy diferente es modificarla para que pueda convivir permanentemente con aquello que ha destruido su normalidad.

 

¿De qué realidad estructural estamos hablando?

Durante agosto el Gobierno insistió en que su objetivo era «recuperar la normalidad cuanto antes». El 25 de agosto llegó a declarar la situación de Ceuta de interés para la Seguridad Nacional. Después aprobó un plan de choque de 309 millones de euros para apoyar su economía, sus servicios, su seguridad y su capacidad de acogida y está preparando a la ciudad para que disponga de 6.000 plazas de acogida.

Por tanto, sería incierto decir que el Gobierno no está haciendo nada.

La cuestión es otra: ¿hacia dónde conduce lo que está haciendo?

Porque mientras un ministro promete recuperar la normalidad, el presidente explica que hay que prepararse para una realidad estructural. Y esas dos expresiones no significan lo mismo.

Hasta ahora entendíamos por normalidad que Ceuta pudiera volver a parecerse a la ciudad del 29 de julio.

Después de escuchar al presidente, tenemos derecho a preguntar si el Gobierno entiende ya por normalidad una ciudad diferente: con miles de plazas de acogida disponibles y capacidad administrativa para afrontar futuras llegadas masivas.

Los ciudadanos tienen derecho a saber no sólo qué medidas se toman, sino también qué futuro se está construyendo con ellas.

 

Los que pueden marcharse

Pero el aspecto más preocupante del futuro de Ceuta quizá no sean quienes llegan. Son quienes pueden irse.

Según la encuesta de Sigma Dos realizada entre el 26 y el 31 de agosto, el 33,4 % de los ceutíes había pensado en marcharse después de la crisis. Entre los jóvenes de 18 a 29 años, el porcentaje alcanzaba el 51,7 %. Entre los habitantes de 30 a 44 años, el 41,1 %.

Y aquí cambia por completo la naturaleza del problema.

Porque ya no estamos hablando solamente de quienes cruzan una frontera para entrar. Estamos hablando de quienes podrían cruzar otra para marcharse.

España sabe lo que sucede cuando un territorio comienza a quedarse sin su gente.

Primero se van algunos jóvenes. Después nacen menos niños. Cierran negocios. Se reducen servicios. Hay casas cuyas persianas dejan de levantarse. Y lentamente el lugar continúa existiendo en el mapa mientras desaparece una parte de la vida que contenía.

Pero Ceuta no es un pueblo cualquiera de la España vaciada. Es una ciudad española situada en el norte de África frente a Marruecos. Si una parte importante de sus jóvenes comenzara a marcharse, no estaríamos solamente ante un problema demográfico.

Estaríamos ante un problema nacional.

Ceuta no comenzaría a perderse cuando cambiase su bandera. Podría conservarla durante años y, sin embargo, ir perdiendo lentamente a quienes todavía querrían vivir bajo ella.

 

El rey ha entendido que el problema es mayor

En medio de todo este sinsentido ha ocurrido otro hecho que adquiere una significación diferente.

Felipe VI reunió en La Zarzuela a la ministra de Defensa, al jefe del Estado Mayor de la Defensa y a los principales mandos militares operativos, incluido el comandante general de Ceuta, para examinar la situación «desde el punto de vista de la defensa».

La reunión no había sido anunciada previamente. Después, la Casa del Rey decidió hacerla pública y mostrar al Rey con uniforme de Capitán General.

No resultaría razonable en las actuales circunstancias tratar aquella fotografía como si fuera una reunión administrativa más.

Hacia fuera, envió un mensaje a Marruecos recordándole que Ceuta es España y que su defensa compete al Estado.

Hacia dentro, transmite otra cosa: que la crisis ya no puede reducirse a una cuestión migratoria. El propio presidente habla de ataque híbrido. El Consejo de Ministros habla de Seguridad Nacional. El Rey examina Ceuta desde la defensa. La Unión Europea considera su frontera una frontera europea y está destinando nuevos recursos para reforzarla.

Las palabras empiezan, finalmente, a corresponderse con la gravedad de los hechos.

 

LA PREGUNTA QUE NADIE DEBERÍA ESQUIVAR

Llegados hasta aquí, quizá tengamos que abandonar algunas discusiones que ya empiezan a resultar pequeñas.

No importa demasiado si una advertencia llegó mediante un informe, un mensaje o una llamada.

Importará jurídicamente para depurar responsabilidades. Pero políticamente la cuestión es bastante mayor.

Había señales y el Gobierno no calculó su magnitud.

Marruecos dejó de ejercer la contención de la forma en que España esperaba.

La frontera cedió y la ciudad cambió.

El Gobierno reconoce ahora que debe prepararse contra ataques híbridos y simultáneamente anuncia que Ceuta debe prepararse para una realidad estructural.

Todo ello junto dibuja un escenario que ningún documento aislado revela por sí mismo.

La cuestión ya no consiste en averiguar solamente quién falló el 30 de julio.

Consiste en preguntarnos: ¿qué estamos haciendo para que dentro de diez años siga existiendo en Ceuta una sociedad que quiera continuar siendo lo que hoy es?

Porque una frontera puede protegerse con policías, guardias civiles, soldados, cámaras, vallas y sistemas tecnológicos.

Pero una ciudad sólo se conserva si sus habitantes quieren seguir viviendo en ella.

 

Cuando una ciudad empieza a cambiar de dueño sin que nadie la entregue

Sobre la crisis de Ceuta se sabe lo que se sabe, pero no sabemos cuánto tiempo tardará la Audiencia Nacional en esclarecer aquello que pueda esclarecerse.

No sabemos cuántas de las medidas anunciadas ayer terminarán aplicándose exactamente como han sido prometidas.

Pero sabemos ya lo suficiente para no refugiarnos en la comodidad de no saber.

Sabemos que España recibió señales. Sabemos que no se sabía su verdadera dimensión. Sabemos que la seguridad de Ceuta dependía en una medida inquietante de la contención marroquí. Sabemos que el propio presidente denomina ahora a lo sucedido un «ataque híbrido», y sabemos sobre todo que considera estructural la realidad que alimenta esa presión y que pretende preparar Ceuta para afrontarla mediante una capacidad de acogida mucho mayor.

El problema, por tanto, ya no consiste únicamente en impedir que vuelvan a entrar decenas de miles de personas.

Consiste en evitar que, mientras nos preparamos para recibir a quienes puedan llegar, terminemos dando razones para marcharse a quienes ya estaban allí.

Porque ésa sería la paradoja definitiva.

Una política concebida para administrar una frontera podría terminar modificando la sociedad que pretendía proteger.

Y entonces Ceuta no necesitaría ser conquistada, ni ocupada, ni entregada.

Bastaría con que, poco a poco, sus habitantes dejaran de creer que allí pueden construir su futuro.

Las ciudades no se pierden solamente cuando alguien entra en ellas.

A veces empiezan a perderse cuando quienes estaban dentro comienzan a marcharse.

Por eso la pregunta que España debe responder ya no es sólo qué ocurrió en Ceuta el 30 de julio.

Es mucho más grave: ¿Estamos protegiendo Ceuta para que pueda seguir siendo Ceuta o la estamos preparando para acostumbrarse a dejar de ser la que era?

 

 

César Valdeolmillos Alonso