Cartas al Director

 

Nubes en el horizonte

 

Cómo desmantelar una nación sin romper un solo cristal

 

 

“No hay tiranía más cruel que la que se ejerce
a la sombra de las leyes y bajo el calor de la justicia.”

Montesquieu

 

 

 

 

 

 

César Valdeolmillos Alonso | 21.09.2026


 

 

 

Sobre el arte silencioso de convertir la ley en la mejor de las trampas para perpetuar un régimen

Imaginemos por un momento la escena: amanece en una ciudad cualquiera. Los colegios electorales abren sus puertas a la hora exacta, las urnas de metacrilato lucen transparentes sobre las mesas, los ciudadanos hacen cola con su documento de identidad en la mano y las autoridades proclaman con solemnidad el triunfo de la democracia. Todo parece estar en su sitio. Sin embargo, en el interior de esa maquinaria aparentemente impecable, el resultado del escrutinio estaba ya decidido meses antes en el silencio de un despacho; lejos del pucherazo zafio del siglo XIX, asistimos a una sofisticadísima orfebrería leguleya. Contemplamos el nacimiento de un despotismo ataviado con ropajes de gala, al que le basta la tinta del Diario Oficial que publica las leyes y la complicidad de un árbitro con la camiseta cambiada para adueñarse del futuro.

A lo largo del tiempo, la historia nos enseñó a temer a los enemigos estridentes del orden constitucional. Aprendimos a recelar de las marchas militares, de los cierres intempestivos del Parlamento y de los decretos dictatoriales firmados de madrugada. Pero los tiempos han cambiado y la autocracia —aunque siempre conserva algún doberman nombrado adrede para que permanentemente enseñe los colmillos del sistema— ha perfeccionado sus modales. La verdadera amenaza del siglo XXI viste traje a medida, sonríe ante las cámaras de televisión y habla el lenguaje impecable de la tramitación administrativa.

Nos hallamos ante el fenómeno de la perversión del Estado de derecho por sus propios cauces. Ocurre cuando un gobierno descubre que para perpetuarse de manera indefinida en el poder cuenta con la posibilidad de convertir el propio texto legal en una tela de araña donde la libertad ciudadana queda atrapada. Se trata de un proceso de carcoma institucional: se conserva intacta la cáscara del huevo para que nadie dé la voz de alarma, mientras por dentro se absorbe hasta la última gota de su contenido democrático.

Para comprender la magnitud de esta ingeniería, conviene mirar primero el tablero de juego. En cualquier competición limpia, las reglas son sagradas e iguales para todos los participantes. La tragedia comienza cuando uno de los jugadores arroja sobre la mesa la capacidad de rediseñar las casillas a mitad de la partida.

El primer movimiento de esta estrategia consiste en moldear el censo electoral a la medida de los intereses de quien gobierna. Queda lejos la necesidad de inventar votantes fantasmas o de alterar las actas durante el agónico recuento de la noche electoral. Resulta infinitamente más eficaz promulgar una disposición administrativa —una modesta instrucción de rango inferior— que relaje los requisitos para conceder la nacionalidad a cientos de miles de personas en el extranjero. A través de este atajo legal, lo que la ley ordinaria concibió como una justa reparación histórica para los descendientes de quienes sufrieron el exilio, se transforma mediante una argucia interpretativa en un coladero masivo. Se otorga la condición de elector a quien jamás ha pisado la tierra que va a decidir, creando así un gran granero de votos agradecidos. Es la alquimia perfecta: el poder fabrica su propio pueblo en lugar de someterse al dictamen del pueblo existente.

Sin embargo, alterar las reglas del juego resultaría inútil si el árbitro del encuentro hiciera sonar su silbato. Por eso, el segundo paso indispensable de esta maquinaria consiste en neutralizar a los guardianes del sistema.

En una democracia sana, el equilibrio de poderes enseñado por los clásicos exige que el poder frene al poder para que la libertad respire. Cuando el Poder Ejecutivo decide colonizar la Fiscalía General del Estado y el Tribunal Constitucional, el contrapeso salta por los aires. Se colocan en los sillones de la alta magistratura a perfiles afines, personas que no tienen el menor escrúpulo en desviar su lealtad de la norma suprema para quedar atada a la mano que las encumbró. El árbitro deja de ser imparcial y empieza a vestir de manera solapada la camiseta del equipo de casa. A partir de ese instante, cualquier intento de la judicatura ordinaria o del Tribunal Supremo por embridar los excesos del Gobierno tropieza con el muro infranqueable de un órgano constitucional sumiso, dispuesto a bendecir lo indefendible con ropajes de alta jurisprudencia.

Aquí entra en juego el factor más perverso de la ingeniería legal: el dominio del reloj. El tiempo, que en la vida cotidiana cura las heridas, en la justicia tardía se convierte en la mejor arma del tirano con piel de cordero.

Supongamos que el Tribunal Supremo, en el ejercicio de sus competencias de control de la legalidad, detecta que la norma que amplió masivamente el censo electoral padece un vicio de nulidad radical y dicta una medida cautelar para suspender sus efectos antes de unos comicios. De inmediato, la maquinaria gubernamental activa el recurso de amparo ante un Tribunal Constitucional previamente capturado. El órgano guardián de la Constitución invalida la medida del Supremo alegando la protección in extremis del derecho de sufragio de los nuevos ciudadanos. Las elecciones se celebran con el censo inflado. Pasan los meses, discurre la legislatura, se nombra al nuevo Gobierno y se inviste al Presidente. Cuando, tres o cuatro años después, los tribunales dictan sentencia firme sobre el fondo del asunto reconociendo que la instrucción inicial violaba la ley, la realidad se ha vuelto inamovible.

El Derecho procesal contempla la inviolabilidad de los actos administrativos firmes y la protección de los derechos adquiridos. Para cuando llega la justicia, la cosecha del engaño ha sido almacenada. Las leyes aprobadas por ese Gobierno constituido bajo sospecha siguen vigentes, los presupuestos han sido ejecutados, las alianzas internacionales selladas y los nombramientos consolidados. Es la política del hecho consumado: la lentitud del procedimiento judicial otorga impunidad a la trampa.

Pero la sima no termina en la impunidad del pasado, sino en la hipoteca del futuro. Lo verdaderamente pavoroso de este escenario radica en la capacidad de ese Ejecutivo —impecable en la forma del papel, pero ayuno de legitimidad en su origen— para reescribir desde su atalaya la arquitectura misma del Estado. Valiéndose de una mayoría moldeada a su medida, cuenta con la facultad de retocar los resortes legislativos de tal suerte que la alternancia política quede convertida en un recuerdo del pasado. El régimen logra así el sueño acariciado por toda autocracia de guante blanco: garantizar su supervivencia prácticamente “sine die”, atando y bien atando su permanencia sin haber tenido que quebrantar, en la apariencia exterior, un solo precepto del ordenamiento jurídico.

Frente a las críticas de la oposición, de los medios independientes o de los juristas rigurosos, el Gobierno repetirá hasta la saciedad una consigna tranquilizadora: “Todo se ha hecho conforme a la ley”. Y en cierto modo, desde una perspectiva estrictamente jurídica y formal, su afirmación parece impecable. Cada decreto lleva la firma del ministro correspondiente, cada resolución cuenta con el sello de la oficina adecuada, cada recurso ha sido tramitado por el cauce oficial.

Se invoca aquí el fantasma del positivismo jurídico más árido, aquel que sostiene que la ley debe acatarse simplemente por haber seguido el procedimiento formal de su creación, sin importar cuán monstruosa sea su sustancia. La cáscara del huevo permanece pulida, pero la yema de la justicia ha sido absorbida por completo. Nos encontramos ante una cobertura formal: un entramado donde la legalidad del papel es utilizada como un escudo protector para cometer la mayor de las ilegalidades sustanciales, que es el secuestro de la voluntad popular.

Es aquí donde la figura de Miguel de Unamuno cobra un significado desolador cuando recordamos su célebre advertencia: «Venceréis, pero no convenceréis». El Gobierno que recurre a esta orfebrería tramposa podrá vencer en las urnas gracias a la alteración del censo, podrá conservar el poder formal respaldado por el Boletín Oficial y por un Tribunal Constitucional arrodillado; pero habrá perdido para siempre la convicción moral y la legitimidad sustantiva.

Para sostener semejante ficción, el poder se ve obligado a levantar un muro ideológico que divida a la sociedad en dos bandos irreconciliables. Se pervierte el lenguaje cotidiano con un cinismo escalofriante: las mentiras flagrantes se rebautizan piadosamente como “cambios de criterio”; las angustias y el miedo real de la población ante situaciones de caos o inseguridad se despachan con desdén calificándolos de “sensaciones subjetivas”; la responsabilidad propia ante la corrupción o la mala gestión se volatiliza, atribuyendo sistemáticamente las culpas a oscuras conspiraciones de agentes externos reales o imaginarios. Y cuando los periodistas independientes, los jueces de carrera, los fiscales dignos o las fuerzas de seguridad intentan investigar la verdad, caen sobre ellos la descalificación feroz y el señalamiento público desde la tribuna del poder.

Sin el menor pudor se atraviesa la línea roja y se rompe así la lealtad constitucional, ese pacto no escrito que sostiene la convivencia pacífica de una patria. El ciudadano deja de reconocer en el Estado a un protector neutral y empieza a percibirlo como una corporación hostil dispuesta a todo con tal de mantener el sillón.

Llegados a este punto del camino, la pregunta que nos sobrecoge a todos los que amamos la libertad resulta amarga pero inevitable: ¿cabe la esperanza cuando el propio templo de la ley ha sido profanado por los mercaderes de la perpetuación?

El mensaje final debe huir de la resignación para convertirse en una profunda y vigilante advertencia ciudadana. La historia de nuestros progenitores se repite y demuestra que las estructuras levantadas sobre el fraude de ley y la manipulación del lenguaje terminan carcomidas por su propia podredumbre moral. La ingeniería legal logra engañar a las instituciones durante un tiempo, consigue burlar los plazos de los tribunales y puede comprar árbitros con el dinero de todos; pero jamás alcanzará a acallar la conciencia colectiva de un pueblo que decide abrir los ojos.

Las democracias sufren tanto por el impacto de un golpe traumático como por el goteo silencioso de la apatía de sus ciudadanos. El remedio contra la tiranía de guante blanco habita en la firmeza serena de una sociedad civil que se niega a tragar con el lenguaje pervertido, que respalda a sus jueces independientes frente al acoso y que recuerda que la verdadera fuerza de la Constitución reside en el corazón libre de cada uno de nosotros. Quien pretenda vencer sin convencer, tarde o temprano descubrirá que el poder construido sobre el barro de la trampa se derrumba en cuanto el pueblo recupera la dignidad y la palabra.

 

 

César Valdeolmillos Alonso